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4 DICIEMBRE 2016
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El vocero Leonardo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  145 votos
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En estos días, junto a la limpia alegría de la fe que expresan los jóvenes peregrinos y el potente anuncio de Francisco, de Cristo que sacia el corazón del hombre, se libra también una sorda batalla por la narración de este joven pontificado. Los constructores de realidad virtual están echando el resto para dibujar un momento de ruptura respecto de cuarenta y cinco años de historia de la Iglesia y para ello han encontrado en tierras brasileiras un vocero de lujo, el mismísimo Leonardo Boff.

Boff se había pronunciado durante el Consistorio contra una hipotética elección del Cardenal Bergoglio, cuya dura oposición a la contaminación ideológica del anuncio cristiano conoce de sobra. Pero una vez elegido el primer latinoamericano para la silla de Pedro ha trocado su malhumor en entusiasmo. Ahora habla de auténtica revolución en la Iglesia y hasta parece encantado con las multitudes que aclaman a Francisco: hace treinta años, cuando los pobres de las favelas rodeaban con cánticos a Juan Pablo II hablaba de papolatría y consideraba estas manifestaciones populares en torno al Papa como escandalosa traición al Evangelio.

Empecemos por aclarar que los pobres, de los que tanto hablan algunos, siempre han estado sencilla y limpiamente junto al Papa, se llamase como se llamase. Lo estuvieron en México, Filipinas, la Amazonia… y también en las favelas de Brasil en torno a Juan Pablo II. Durante el viaje a Perú le preguntaron a Gustavo Gutiérrez si estaba de acuerdo con el Papa, y el fundado de la Teología de la Liberación respondió: “yo estoy con mi pueblo, y el pueblo está con el Papa”. Así tal cual. Pero lo mismo sucedió con Benedicto XVI, al que Boff no puede perdonar que le colocara en su sitio: el de un profesor que se negaba a enseñar la doctrina de la Iglesia y que por tanto hacía daño a los más pequeños, aquellos a los que debe proteger en primer lugar el servicio de los apóstoles y sus sucesores.  

Con el Papa Francisco ha entrado un viento recio, una plenitud de fuerzas de cuerpo y de espíritu para la siempre necesaria reforma de la Iglesia. Pero esa reforma, que de uno u otro modo no ha dejado de producirse en veinte siglos, siempre es para alcanzar una mayor fidelidad al origen, no para cumplir los proyectos utópicos de algunos. El camino iniciado con el Vaticano II y sostenido con heroica fidelidad por los sucesivos papas,  prosigue ahora con Francisco. Él mismo recordaba en Copacabana el inicio de las JMJ con el ímpetu de aquel Papa llegado del Este, y la sabiduría humilde y centelleante de un Benedicto XVI que ha dispuesto a la Iglesia para un diálogo en igualdad de condiciones con el mundo postmoderno.

Dejemos las cosas claras: el problema de Leonardo Boff con la Iglesia nunca ha sido su solicitud por los pobres sino su deficiente confesión de fe, su rechazo del ministerio apostólico y su incurable gusto por el aplauso de los medios. Su hermano Clodovis Boff reconocía abiertamente hace poco que en el debate de los 80 con la Teología de la Liberación “era Ratzinger quien llevaba razón”, y que precisamente sus Instrucciones han permitido incorporar lo mejor de esa teología al camino común de la Iglesia, como vemos estos días en la predicación de la Iglesia.  

Pero Leonardo decidió en su momento colgar el hábito franciscano, casarse y bautizarse en las aguas del Pacífico según un nuevo culto que combina elementos cristianos, de las religiones cósmicas y de la pachamama. Está en su derecho, pero que ahora no venga como intérprete del camino de la Iglesia.  

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