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2 DICIEMBRE 2016
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La presencia de los judíos en Rusia es fundamental

Marta Dell` Asta | 0 comentarios valoración: 3  68 votos
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Desde el pasado año Moscú es una gran metrópoli no sólo por sus millones de habitantes, por sus negocios, por sus hoteles de lujo, por la intensidad de sus espectáculos y exposiciones, sino también por la presencia de un gran museo ultramoderno, virtual e interactivo, que se mide con los museos más vanguardistas de todo el mundo. El museo está dedicado a la historia del judaísmo ruso y es al mismo tiempo un “centro sobre la tolerancia”, abierto a toda la esfera de problemas interétnicos e interculturales que los judíos han experimentado tantas veces y con tanta dureza a lo largo de la historia.

La iniciativa de “mostrar visualmente la vida cotidiana y la cultura de los judíos rusos”, así como de ilustrar la historia rusa a través del prisma de una de sus minorías, pertenece a la Federación de las comunidades judías de Rusia, y en particular a su presidente, Aleksandr Boroda, y al rabino Berel Lazar. Verdaderamente, han sabido crear una potente sinergia en torno a este proyecto, que ha movido grandes capitales privados y que ha implicado al propio gobierno ruso y al ayuntamiento de Moscú. Se dice que Vladimir Putin ha ofrecido una contribución mensual propia, y que el director de de la FSB (la antigua KGB) ha colaborado donando 16 documentos referidos a Raoul Wallenberg; por otra parte, en los primeros años de este siglo XXI el ayuntamiento de Moscú concedió el uso gratuito a la Federación de las comunidades hebreas de un edificio histórico de 17.000 metros cuadrados.

También ha colaborado la comunidad judía internacional y el Estado de Israel, cuyo presidente Shimon Peres (nacido en un pueblo bielorruso) participó en la inauguración oficial, junto al ministro de Exteriores ruso Sergej Lavrov. Además del autor del proyecto y el arquitecto judío Ralph Appelbaum, toda una autoridad mundial que ha contado con la ayuda de diseñadores, editores, historiadores, especialistas en psicología infantil, un poeta, un pintor y un astrofísico, y que cuenta ya en su haber con el Memorial del Holocausto en Washington, definido como una verdadera piedra angular en el ámbito de la museología.

Teniendo en cuenta el relieve de las personalidades presentes en la inauguración, el presupuesto de 50 millones de dólares y la fama del autor, puede decirse que se dan todas las premisas para que nazca algo excepcional, y la obra ha cumplido con las expectativas: el Museo hebreo de Moscú es el más grande del mundo, y fascina con su despliegue de alta tecnología: desde las numerosas pantallas táctiles al diorama con los noticieros de la Segunda Guerra Mundial, los hologramas, la proyección en pantalla panorámica 4D, una técnica que combina el elemento tridimensional con efectos físicos como los sillones móviles, fuentes de agua, rayos láser, viento. Puede decirse que el vastísimo complejo del museo es una auténtica criatura del siglo XXI, porque hace sólo quince años algunas de las tecnologías utilizadas no estaban disponibles aún.

En el coro de los elogios, algunos en la prensa rusa han comentado que quizá la tecnología se hace demasiado protagonista, favoreciendo la dimensión espectacular dejando a un lado el contenido, marginando la presencia palpable de objetos materiales históricos: y aquí se abre el discurso sobre la sustancia de todo este enorme esfuerzo creativo. El judaísmo es un tema enorme y crítico para Rusia, lleno de cuestiones polémicas para ambas partes, porque si los judíos pueden culpar a los judíos del pogromo antihebreo en el zarismo y del antisemitismo staliniano, los rusos pueden señalar la fuerte presencia hebrea entre los terroristas del movimiento revolucionario. Pero decir que el compromiso de los promotores ha sido muy serio a la hora de evitar partidismos y embarazosos silencios, sobre todo el silencio más fácil en nuestros días, el que se refiere al núcleo religioso: el primer paso en el museo, de hecho, está representado por un video introductorio que narra sucintamente la historia del pueblo hebreo y de su relación con Dios, sin la cual nada de lo que ha sucedido después tendría explicación.

Luego, con el comentario de historiadores y estadistas sobre la diáspora mundial del pueblo hebreo, encontramos la reconstrucción edulcorada y melancólica al mismo tiempo de losshtetl, los pueblos hebreos de Bielorrusia, Ucrania y los países bálticos, con su miseria tejida de tradiciones seculares; y escuchamos incluso las voces y cantos originales. De la nostalgia por este mundo armonioso violado por los pogromos y las leyes que no dejaban esperanza alguna, surge la ardiente pregunta que se plantea directamente al visitante del museo: ¿qué deben hacer los judíos, constreñidos entre un ambiente hostil y las promesas utópicas de la ideología marxista? Así, sin justificar nada pero también sin descargar en otros todas las culpas, se explica con calma la adhesión hebrea a la revolución. Una ilusión, como se muestra inmediatamente después, que los judíos han pagado cara. Esto es sólo un ejemplo de cómo el recorrido por las explicaciones del museo, con datos y hechos, sin retórica ni proclamas, entra en los nudos de una historia a menudo trágica que ha reducido a la mayor comunidad hebrea del mundo de los cinco millones iniciales a los 150.000 actuales.

El nuevo museo de Moscú muestra que en Rusia es posible hacer historia sin ser apologetas, hacer memoria sin acusar; que es posible ser rigurosos sin renunciar a transmitir el sentido vivo del pasado. Un sentido que viene dado por los elementos históricos, etnográficos y culturales, ofrecidos de un modo fascinante: para entenderlo, basta con tener ganas de tocar, escuchar y mirar; el recorrido ofrece 18 horas de materiales en video, además de fotografías y audio, la lectura y la escucha de todo el material disponible necesitaría 48 horas.

Aquí se ve la esencial presencia judía en todos los campos del arte, de la ciencia, de la literatura rusa y soviética; se muestran las luces y las sombras de un modo absolutamente especial y desconocido. Creo que es una suerte de “tratado de paz” con el mundo ruso que lo acoge, al que se reconoce, de una vez por todas, estrechamente ligado. Por eso, dejando a un lado los elencos de méritos y culpas, incluso más allá de las tentaciones antisemitas, suena paradójico pero verdadero lo dicho por el presidente Peres en la inauguración: “Mi madre cantaba cantos rusos… Y yo he venido a daros las gracias. Gracias por mil años de hospitalidad”.

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