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7 DICIEMBRE 2016
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>Fotografías de Weston y Callahan

La verdad y la mentira, desnudas

Javier Restán | 0 comentarios valoración: 3  510 votos
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Son los últimos días para visitar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la exposición de fotografía que contrasta las obras de Edward Weston y de Harry Callahan en su aproximación al desnudo femenino. La originalidad de este enfoque comparativo es también su debilidad, porque el parangón entre estos fotógrafos americanos deja al espectador común una sensación de no haber podido conocer bien la obra de ninguno de los dos. En cualquier caso nos introduce en su obra y deja el incomparable gusto de haber pasado unas horas ante fotografías que dejan huella, que quieren decir algo, aunque sean cosas muy diferentes. Nos da la ocasión, como pretendía PhotoEspaña en esta edición 2013 que ahora termina (y en la que se inscribe esta exposición), de reflexionar sobre las posibilidades del cuerpo como motivo, como objeto de búsqueda en dos de los mejores fotógrafos que han experimentado este camino.

Weston y Callahan son parte de la mejor cepa de la fotografía norteamericana pero no pertenecen a la misma generación y sólo puede hablarse de una vinculación entre ellos en un sentido muy aproximado. Se llevan un cuarto de siglo e inevitablemente bebieron de fuentes diferentes. Aún así, después de ver la exposición, uno no puede negar la similitud de algunas fotografías, al menos en los motivos escogidos y su composición. Y sin embargo son dos miradas tan distintas que, incluso en fotografías muy similares, se percibe su enorme diferencia.

Comencemos por Weston, sin duda uno de los mejores y más influyentes protagonistas de la corta e intensa historia de la fotografía. La mayor parte de sus desnudos no fueron conocidos, o al menos no fueron publicados en vida de Weston, circunstancia a la que no fueron ajenas las estrictas leyes de censura norteamericanas. Entre sus contemporáneos fue más conocido como retratista, pero una vez publicadas estas fotografías de desnudos, Weston ha pasado a la historia vinculado a ellas. Por algo será. Basta recorrer la exposición para comprenderlo: son fotografías de sensualidad seductora, contenida, formalmente perfectas, que se quedan en la memoria.

El énfasis en la forma es total. Hace gala de un purismo estético absoluto, manejando una idea de belleza entendida formalmente, cuya clave es conseguir una impresión de perfección visual mediante líneas suaves  generadas por el contraste de blanco y negro y el brillo justo. Son fotografías nítidamente enfocadas, como establecía el estricto código del grupo F/64 que Weston impulsó junto a otros grandes fotógrafos del momento: Imogen Cunninghan, Ansel Adams, entre los más conocidos.  Su fotografía es directa, pulida, atenta al mínimo detalle, limpia. Pero el resultado de este modo de hacer fotografía, no es necesariamente un mayor realismo, al contrario, ese formalismo a ultranza, deja una sensación de irrealidad: casi todos sus desnudos sumergen en un sueño.  

Naturalmente estas fotografías cuando se publicaron por primera vez produjeron un gran impacto desde el punto de vista “moral”. Pero lo que en la intención del fotógrafo trataba de ser muy probablemente una ruptura con el puritanismo de la época, en realidad es de un sofisticado gusto burgués: preciosista pero superficial.  

Uno de los aspectos sobre los que más insiste la exposición es la famosa comparación que Weston hace del cuerpo femenino con objetos de la naturaleza ¿Se trata de un juego visual? Sí, es un juego, el juego de las formas para producir sensaciones. Por eso en cierta manera da lo mismo un cuerpo perfecto de una mujer que un pimiento brillante y bien iluminado. La exposición, recoge un comentario del propio Weston sobre una de sus fotografías de una hoja de col con todos sus pliegues y ondulaciones: en esta hoja, dice el fotógrafo, se reconoce toda la "fuerza de la vida"… Uno se pregunta si Weston nos está tomando el pelo, o realmente su concepción de la vida y su fuerza era tan limitada.  

En cierta manera con estas comparaciones (con cuerdas, hortalizas, hojas, etc.) Weston despersonaliza aún más sus desnudos, que se reducen a la abstracción, como meras sugerencias eróticas sin nexo con el sujeto fotografiado.

Los desnudos de Weston tienen todos nombre y apellido. Sus modelos, sin excepción, no sólo formaron parte de su vida profesional, sino también de su vida afectiva. Y sin embargo, casi ninguna de estas fotografías nos lleva hacia esas personas. Lo que interesa a Weston es la belleza simple de la forma, y en cierta manera las mujeres que fotografió son un pretexto. Los desnudos de Weston no sugieren preguntas, no abren a otra cosa, están hermosamente replegados sobre sí mismos.  

Weston se ponía frente a sus modelos con su cámara de fuelle de 8x10 pulgadas, como si estuviera frente a un objeto al que escrutar en sus líneas, en la textura y el brillo de su piel, midiendo cada pliegue… como una realidad que se acaba en sí misma, cerrada, buscando el placer puro de la forma, tal como reivindicaba Cartier Bresson. Es poco, pero en eso Weston no falla, y nos regala algunos de los desnudos más bellos de la historia de la fotografía.

La visión de Callahan es diferente. También él comenzó su recorrido influido por ese grupo de fotógrafos que, como Weston, trataban de huir del pictorialismo a través de una fotografía directa y formalmente perfecta. En su caso la influencia parece que fue de Ansel Adams, el gran fotógrafo de paisajes de Norteamérica. Pero Harry Callahan era un tipo muy autodidacta, no era hombre de escuela y su obra se fue alimentando de diferentes fuentes y alejándose de esos inicios.

Sus desnudos tienen la contundencia de la realidad, como real era su mujer, Eleanor, que fue siempre su única modelo. Por eso carecen de esa perfección formal de las modelos de Weston. Su mujer no era formalmente perfecta, simplemente era su mujer, de manera que estas fotografías son una historia personal: su implicación con la mujer fotografiada es total y explícita.

Pero tal vez lo más fascinante de esta selección de obras de Callahan es su uso de la luz, que se convierte en auténtica protagonista de cada fotografía. En muchas de ellas hay un foco de luz natural, normalmente una ventana, que inunda el cuerpo de Eleanor de claridad y de sombras. Estas ventanas no son sólo un recurso estético para contar con un foco de luz que permite una imagen llena de sutilezas, sino que son una auténtica metáfora de la apertura al mundo, a la realidad.

En este sentido el contraste entre los dos fotógrafos es espectacular: mientras que en Weston las formas de sus desnudos y también de los objetos que fotografía, siempre se repliegan hacia dentro en curvas concéntricas, en Callahan las fotografías de desnudos están planteadas como aperturas, ventanas abiertas a la luz, relación con el mundo. Esta interpretación se ve reforzada por toda la serie de experimentaciones de Callahan con sobreexposiciones  fotográficas en las cuales Eleonor aparece bien en una ventana dentro de un bosque o bien directamente sobreimpresa en paisajes diversos.

En definitiva, la preocupación de Callahan es menos formalista y autocomplaciente, y se percibe en sus fotografías una voluntad de indagar, de comprender, de preguntarse. Su mujer, su cuerpo, es una ventana al mundo, el punto a partir del cual se pregunta por todo.  

También Callahan hizo comparaciones del cuerpo con aspectos particulares de la naturaleza, algunos de ellos de una gran sencillez y belleza: dos hojas temblando en unas ramas, apenas unas hiervas sobre el suelo nevado... Entre estas comparaciones vale la pena fijarse en dos fotografías, formalmente muy similares, una de su mujer embarazada tomada frontalmente, y a su lado otra de la cabeza de su hija ya nacida. En la elementalidad de ambas fotografías se insinúa, aquí sí, la fuerza de la pregunta por la vida.

Él, ella, ello. Diálogos entre Edward Weston y Harry Callahan.

Círculo de Bellas Artes, Madrid.

Hasta el 1 de septiembre

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