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5 DICIEMBRE 2016
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>EDITORIAL

Pedagógica decepción olímpica

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Madrid se queda sin los juegos olímpicos de 2020. La sorpresa entre los españoles, al conocer la decisión que el COI tomó este sábado en Buenos Aires,  ha sido grande. Muchos estaban convencidos de que, después de dos intentos, el tercero tenía grandes posibilidades de éxito.

La decepción fue colectiva y profunda cuando Madrid fue eliminada en la primera votación. Quedaba por detrás de Estambul y sin opciones para competir con Tokio. Derrota humillante.

Madrid ha perdido los juegos porque el sistema de voto en el COI es poco transparente y porque París necesitaba una capital asiática para 2024. Las leyes no escritas no permiten repetir continente. También ha influido el hecho de que España haya dejado de ser  sexy. La Barcelona de 1992 estaba en un país que volvía a ser joven y atractivo, en el que todavía vibraban los ecos de la movida de los 80. Ahora por el contrario forma parte del club de los problemáticos  del sur (con mucho paro y una burbuja inmobiliaria por digerir), en una Europa que es cada más irrelevante,  en una planeta donde lo que cuenta está en Asia o en el Pacífico.

Geostrategias aparte,  la decepción del ciudadano “Juan Español”, que de forma cotidiana tiene que lidiar con el desempleo, el fracaso escolar de sus hijos  y un profundo desconcierto sobre  lo que pasa en su vida y en su mundo,  ha sido un fenómeno interesante.

El  hombre normal, aunque parezca infantil, había visto en las olimpiadas una noticia, por fin, positiva. Madrid 2020 era la posibilidad de que una existencia heroica, como las de los deportistas, estuviera cerca. Durante unos días el clima social en España cambió. La lucha por la candidatura olímpica elevó el horizonte, introdujo  la posibilidad de sentirse parte de una historia  que iba  más allá del gris de lo habitual, de la polarización política e ideológica, del cansancio por una durísima recesión. Por unos instantes,  el sentimiento más generalizado no fue el de la  queja.

Puede parecer exagerado, pero el deseo de  contar mucho para el mundo durante unos días, de hacer algo bonito y grande,  había introducido un milímetro de tensión hacia el ideal. Esa tensión que permite reconocer, en un clima de enfrentamiento y dialéctica que cansa  a todos, una cierta unidad. España ha vivido en su reciente historia momentos luminosos de ese tipo. La transición a la democracia tuvo ese color. Como también lo tuvieron algunas manifestaciones populares contra el terrorismo. El perdón mutuo, tras una larguísima postguerra o la sublevación ante la injusticia, como en menor medida un  proyecto de sede olímpica, ponen de manifiesto que una democracia no puede vivir solo de los procedimientos o de un ajustado equilibrio entre mayorías y minorías. Hace falta un factor diferencial. Sin ese factor que podríamos llamar “ingrediente de verdad” o “ingrediente de belleza”, el orden formal está en pie pero la mezquindad de la ideología acaba por hacer muy dura la existencia personal y la existencia común.

El “ingrediente de verdad” o el “ingrediente de belleza” tienen unos rasgos  bien precisos. No basta, aunque sea necesaria,  una verdad teórica redactada  en una Constitución. Si no es algo tangible, capaz de conmover, inevitablemente, el otro deja de ser un bien y se convierte en un enemigo.

La historia reciente de Europa tiene ejemplos de otra dinámica. El ansia de  la libertad en los países comunistas antes de la caída del muro era algo bien concreto y tangible. Y obró en muchos casos el milagro de que los opresores miraran al  funcionario del partido opresor,  y al dirigente de la dictadura, no como un enemigo sino como alguien hecho de la misma tela. Así fue en Polonia. La reconstrucción del Viejo Continente  tras la segunda Guerra Mundial es otro caso ilustrativo. El deseo de paz permitió a alemanes y franceses reconocer que era más lo que les unía que lo que les separaba.

El “altius” (más alto) del lema olímpico, sea cual sea origen, encierra un buen secreto.

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