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4 DICIEMBRE 2016
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Más allá  del desastre

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Es una nueva literatura del desastre. Como la que surgió en España después del 98 tras la pérdida de las colonias. Ahora no se llora por la liquidación de los restos del imperio. Pero se empieza a denunciar con lucidez que hayan desaparecido los valores de concordia de la transición y que reine la desorientación. Se le echa la culpa a la confrontación ideológica y al enriquecimiento desmedido de los años del boom inmobiliario.

Algunos escritores de izquierda empiezan a hablar de la falta de verdad. Una palabra que no era muy utilizada hasta ahora. Es el caso de José María Guelbenzu que ha titulado su última novela Mentiras aceptadas. En ella se refleja una sociedad en la que mentimos “para defendernos de una vida difícil”. Guelbenzu, que sitúa en el centro de su obra la preocupación de un padre por la educación que está recibiendo su hijo, confiesa que vivimos en el desconcierto.

En Antonio Muñoz Molina, otro novelista “progresista”, la conciencia del desastre se convierte en recuerdo del pasado de aquel “país real, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a criar niños y educarlos, a construir cosas sólidas”. Nostalgia de lo sólido después de que casi todo se haya desmoronado.

Este anhelo por un modo de vivir donde haya verdad y consistencia ya supone un gran avance. Porque hay quien piensa, sin embargo, en clave tecnocrática- la clave dominante en la derecha - que se trata solo de “ajustar el sistema”, obtener los ingresos necesarios para cuadrar el presupuesto y rebajar el ruido social. Por eso no se acomete con profundidad el cambio en la enseñanza y no se inicia una conversación nacional de fondo sobre cómo es posible vivir juntos sin tener que defendernos de una existencia poco soportable.

A la derecha le gusta pensar que todo se resuelve con un poco más de orden y la izquierda, cuando no patalea por la irremisible pérdida del Estado del Bienestar, suele reducirlo todo a moral. En este caso la solución es ponerle límites a la codicia.

La salida del desastre será en falso si solo se apoya en la ética, el desconcierto del que habla Guelbenzu está en otro nivel. El momento más brillante de la reciente historia de España, la transición a la democracia, al que la nueva literatura mira con añoranza, no fue posible gracias a un consenso moral. Existía ese concierto pero había otra cosa, había “razones de vida”, certezas sobre la conveniencia del perdón, evidencias para estimar al otro. Quizás sin formularlo claramente, se pertenecía a una tradición en la que se sabía por qué la vida merecía la pena ser vivida. Pero ese tesoro, tan presente en el momento de la refundación de la nación durante los años 70, se formuló en términos exclusivamente éticos. Faltó una cultura a la altura de la experiencia y por eso no se transmitió a las nuevas generaciones. Se hizo el silencio. Las tres grandes tradiciones: la católica, la laica y la de izquierdas se privatizaron.

No hay otro modo para salir del desconcierto que empezar a contarnos mutuamente, para descubrir cada uno las suyas, esas “razones de vida”. Experiencia y cultura se necesitan. Vaclav Havel sería un buen guía para realizar este camino. El checo fue un genio en su capacidad de describir la inexorable conexión entre la existencia personal y la democracia. Por eso se preguntaba si para construir un futuro más luminoso no sería necesario partir “de algo que ya está aquí desde hace tiempo y que sólo nuestra miopía y nuestra fragilidad nos impiden ver y desarrollar alrededor nuestro y dentro de nosotros”. Ese Algo, en la experiencia cristiana, es Alguien.

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