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3 DICIEMBRE 2016
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>Argentina

La valija de Antonini, símbolo de un poder que no reconoce la centralidad de la persona

Osvaldo A. Bodean

La valija incautada en el aeropuerto de Ezeiza tenía 800.000 dólares no declarados. La traía un empresario venezolano-norteamericano, Alejandro Antonini Wilson, que llegó a Buenos Aires en un vuelo privado procedente de Caracas, alquilado por la empresa estatal argentina ENARSA. La justicia americana dice tener pruebas de que el dinero era para la campaña de Cristina Fernández de Kirchner y venía de PDVSA (Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima).

Para el analista político Enrique Zuleta Puceiro, "medido desde la perspectiva de su impacto sobre los niveles de apoyo a la presidencia de CFK, el caso Antonini fue acaso más importante que la mismísima crisis del campo".

Al argentino de a pie le basta con enterarse de que una empresa del Estado casi inexistente contrató un avión privado por 90.000 dólares a Venezuela cuando hay cuatro vuelos diarios a ese país, para que las sospechas se transformen en certezas.

El escándalo reinstaló la ya vieja preocupación por la "financiación" de la política. La Corte Suprema de Justicia reaccionó incrementando los controles sobre los aportes de empresas privadas a las campañas electorales. Para eso designó a cuatro nuevos auditores en el equipo que ejerce el control sobre el dinero que ingresa a los partidos.

Pero los magistrados no sólo se preocuparon por los dólares de la valija. Semanas atrás, tres personas murieron acribilladas en un crimen mafioso que estaría ligado al tráfico de efedrina. Sebastián Forza, una de las víctimas, fue contribuyente a los fondos del Frente para la Victoria (FPV), el partido de la actual presidenta. También aportaron otros laboratorios relacionados con él y, en consecuencia, con la red de narcos.

El "caso Antonini" ocurre en el contexto de las relaciones entre los Kirchner y el líder Hugo Chávez, aliados en base a una visión estatista y concentrada del poder, de marcado desprecio hacia todo aquél que se atreva a disentir con sus dictados.

Para la mentalidad totalitaria del matrimonio presidencial argentino, tan en sintonía con la ideología que inspiró a los movimientos guerrilleros de los 70, es el Estado y sus gobernantes quienes "construyen" la sociedad. Y así como tres décadas atrás se justificaban asesinatos políticos como medio para alcanzar el modelo anhelado, menospreciando el valor central de la persona humana, del mismo modo se recurre hoy a los negocios con el dinero que hombres y mujeres producen con su sacrificio diario.

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