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29 MARZO 2017
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Intemperie, sencillamente una obra maestra

Guadalupe Arbona Abascal | 0 comentarios valoración: 3  172 votos
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Jesús Carrasco, Intemperie, Seix barral, Barcelona, 2013

Intemperie cuenta la huida de un niño, a través de una llanura inhóspita y de un lugar en el que impera la violencia. Se trata de un relato que se desarrolla en territorios ibéricos, en un tiempo que podría ser el de la posguerra y cuyos protagonistas no son designados por sus nombres propios. Signos todos de que siendo una obra muy española y con un lenguaje impecable, ofrece una honda vocación universal. La novela ha sido recibida muy bien por la crítica y se ha traducido, aún siendo la primera del autor, a numerosos idiomas. Y es que la buena obra literaria no se confunde. Podría emparentarse con la mejor narrativa norteamericana (C. Mc Carthy,  R. Carver o F. O’Connor),  con la narrativa española rural (C. J. Cela, J. Jiménez Lozano, J. A. González Sainz, Ana M. Matute o M. Delibes) o con los relatos de aprendizaje (A. Chéjov, ‘Isak Dinesen’ o G. Maupassant).  Intemperie es sencillamente una obra de arte. Entra en la serie de esas piezas literarias que ofrecen una experiencia tan verdadera y con un lenguaje tan apropiado y limpio que el lector se siente afectivamente involucrado con la historia y su significado.

Parte de la fuerza de la novela es que se sitúa a la intemperie: entre carrascos y carrizos, pedregales resecos y arcillas agostadas, a la sombra de jaras calcinadas y olivos retorcidos y exhaustos. El mundo del niño y el pastor al que encuentra en su huida  es el del queso correoso, la carne seca y la leche de cabras sedientas. El niño ha escapado de una violencia sorda, la del alguacil de su aldea y con la complicidad infame de su padre. El cabrero, anciano y solitario, es parte del paisaje pedregoso. Los dos se encuentran en situaciones extremas: el niño indefenso y perseguido por un poderoso y pervertido alguacil, en medio de una llanura hostil y desconocida, donde es difícil sobrevivir solo. El cabrero, cansado, enfermo, como pegado al suelo, ya solo espera la  muerte. Los dos desconocidos se ligan, y a través de una relación tensa casi sin palabras, habrán de afrontar los oprobios de una persecución infame. La novela es el relato austero de esa sucesión de días bajo el sol y la extenuación.

Cabría preguntarse cuál es el sentido de la novela: ¿reposa en la descripción del infierno de sed en el que se mueven?, ¿está en la aterradora persecución del alguacil?, o ¿podríamos fijarlo en  la infamia, la humillación y la degradación que sufren estas dos víctimas del poder arbitrario y pervertido? Es todo eso y mucho más. Cada palabra de la novela revela que las circunstancias sórdidas y extenuantes en las que viven el niño y el cabrero son un apunte hacia otra cosa. Así lo explicaba el autor: «El mal y la violencia son el resultado de la fricción entre personajes que habitan un territorio empobrecido. Sucede cuando hay poco pan y muchas bocas. Sin embargo, el mal, la mezquindad o la violencia son temas accesorios. Intemperie gira en torno a la idea de dignidad», (Entrevista a J. Carrasco de A. Fontana en ABC). La novela, escrita con la sobriedad y parquedad que la historia de ignominia exige, procura una verdad sólida y una belleza firme. Las dos proceden de una búsqueda de la dignidad en circunstancias terribles. Es mucho más que tremendismo, es una nueva épica hispana que da espacio al drama humano en su desnudez y fuerza secreta.  

Es el drama de la dignidad que busca el niño al huir de casa. Es la dignidad que se descubre en la vida serena del pastor donde cada cosa espera ser hallada, conocida y valorada en su justo peso. Naturalmente es la dignidad que descubren juntos. El niño tardará en aceptar la guía sabia del viejo. El viejo acoge al niño sin aspavientos, atendiendo con parquedad a sus necesidades. En la reserva y mesura del pastor se descubre su tozuda voluntad: se pone en marcha para evitar el peligro, guía al niño hacia el agua, cura sus heridas, le enseña a ordeñar  las cabras y a cargar cuidadosamente al asno, le salva de la muerte. Todo llevado con un respeto paciente, por eso dejará  espacio para que la libertad del chaval se mueva y reconozca su estima y, entonces, le mostrará el deber con los muertos o le corregirá cuando el niño se dejé llevar por el odio y el rencor.

La relación llega  a ser un camino educativo, el cabrero ayuda al niño a entrar en su nueva realidad y lo hace con discreción y casi sin palabras. Será ya bien avanzada la historia cuando el chaval comience a confiar y a comprender lo que le ofrece el cabrero: «Recordó la primera vez que vio al viejo enrollado en su manta en medio de la noche y también el tiempo que había necesitado tan solo para poder sentarse en el suelo. Entendió entonces que la vida del pastor, antes de su encuentro, seguramente se limitaba a llevar a las cabras de un barbecho a otro, sin recorrer largas distancias. ¿Por qué se había volcado en su ayuda? ¿Por qué ese vagar por encima de las posibilidades de su cuerpo? ¿Por qué no le había entregado al alguacil en el castillo? Su silencio le había hecho perder la mayor parte de su rebaño y, además, lo había colocado en la puerta misma de la muerte» (p. 166) Este descubrimiento ha requerido que el niño, aterrado por sus experiencias anteriores, haya verificado una vez y otra que  con el pastor no ha de temer nada.

Al mismo tiempo, el encuentro del niño y su compañía son ocasión para que se desvele la razón última de la dignidad del viejo. Si el cabrero acompaña al niño es porque él ya está acompañado, solo es aparente la soledad del paisaje casi desértico. Está acompañado por las cosas que le sirven de sustento y que trata con el valor de lo sagrado (p. 55), por sus pocas pertenencias y animales (p. 97), se acompaña de las palabras de  su vieja Biblia (p.86, 87 y 93) y vive el dolor como parte del sufrimiento de Cristo, que le ha precedido en el tiempo,  y que el viejo asume en su cuerpo para que el niño viva (pp. 118-119)

En el marco de esta relación sobria y de una hermosura profunda,  el niño aprende del pastor y el pastor desvela toda su grandeza. Por eso las últimas páginas muestran cómo el chico hace suyas las enseñanzas del viejo;  y en la frase final de la historia, el chaval llega a pronunciar agradecido el nombre del amor que acompaña al pastor, Dios: «Luego volvió a la puerta y allí permaneció mientras duró la lluvia, mirando cómo Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento» (p. 221)

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