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4 DICIEMBRE 2016
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La lección de Oxford

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El otoño inglés empieza a dorar las hojas de algunos robles, aunque el verde césped cuidadisimo de los college de Londres sigue tan intenso como siempre. Desde la torre medieval de uno de ellos se ve esta ciudad tranquila, reserva de conocimiento y lugar de formación para la clase dirigente británica, como un mosaico de lo que la iniciativa social ha construido a lo largo de muchos siglos.

Oxford sigue dando una gran lección al mundo, al menos al occidental, en un momento como este en el que tantos se preocupan con razón sobre cómo mantener en pie un sistema educativo y un sistema del bienestar que siga siendo la seña de identidad de Europa, en un mundo globalizado.

Desde el púlpito en el que predicaba Newman parecen seguir oyéndose sus palabras en favor de una razón iluminada por la fe. Y las librerías atestadas de títulos de Tolkien o Lewis dejan claro la gran aportación que supuso el movimiento de católicos que ha hecho conocida en el mundo entero a la universidad británica. Los personajes del señor de los anillos, la gran mitología de referencia del inicio del siglo XXI, nacieron entre los canales, los prados y las tabernas de este pequeño mundo que se encuentra al oeste de Londres.

Pero antes aún de que el movimiento de Oxford desarrollara una historia de compañía, gracia y libertad, el mismo origen de la universidad en la Edad Media es un interesante relato.

En el origen de Oxford no hay un proyecto. Hay personas que estudiaban tanto y con tanta pasión que su fama saltaba las tapias de los conventos, recorría millas y millas y llegaba hasta lugares muy remotos. Algunos jóvenes, y otros no tan jóvenes, deseosos de encontrar un maestro se trasladaban hasta el pueblo, se instalaban donde podían y conseguían una buena reacción de sabiduría. En el origen de la universidad hay una relación libremente buscada. El deseo y la necesidad de aprender de la mirada y del conocimiento de los sabios hizo posible todo lo demás.

Los posaderos de Oxford viendo que llegaban muchos estudiantes, subieron los alquileres de las habitaciones. Para solucionar el problema y evitar los abusos, maestros y alumnos fundaron los colleges, empezando por las capillas y las torres. Y como necesitaban dinero para mantenerlos lo buscaron entre los ricos. Encontraron tierras con que financiarse. La dinámica, en gran medida, sigue viva. Cada profesor de Oxford, además de investigar y dar clases, tiene que dedicar una cierta parte de su tiempo a seguir buscando recursos.

Luego llegó el poder que en este caso se llamaba Enrique VII, el Enrique que ya había hecho ajusticiar a su amigo Tomás. Tenía miedo de la fuerza de esas grandes instituciones que eran demasiado libres para su afán de domino. Declaró la guerra a todos los que querían ser fieles a sí mismos. Y algunos de ellos resistieron.

La historia puede parecer demasiado bonita. Lo curioso es que además es cierta. El Estado es absolutamente necesario. Nadie lo cuestiona. Pero la lección que Oxford sigue dando al mundo es que en el origen de esta gran obra está la búsqueda de la verdad. Una búsqueda que se convierte en relación y que es capaz de afrontar la necesidad de una forma sistemática, gracias a hombres que están unidos. Es una buena lección para el momento presente en el que vemos con tanta perplejidad que un mundo se acaba y no sabemos cómo empezar a reconstruir el próximo.

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