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9 DICIEMBRE 2016

Jan Twardowski y el humanismo del Amor

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  256 votos
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Los poemas del sacerdote polaco Jan Twadorwski (1915-2006) beben en las fuentes evangélicas. Son expresión simultánea de belleza y fe profunda. Nos demuestran que poseía un corazón joven, como lo es del todos aquellos que sienten un agradecido asombro por todo lo que nos rodea y no se dejan invadir por el tedio y la soledad. Nos habla de fe, esperanza y amor en un mundo que carece de ellas. No cae, sin embargo, en los recursos fáciles de ciertos poemas afectados y grandilocuentes. Reflejan una mística en la que la contemplación de Dios no olvida olvidara a los seres humanos. El autor se inclina ante el hombre, ante la  grandeza de su dignidad.  Algunos filósofos y muchos políticos proclaman la sacralización del ser humano. Su visión materialista les lleva a coronar al hombre aunque ese rey esté desnudo, despojado de su dimensión espiritual. En cambio, Twadorwski es un humanista que quiere abrirse a una realidad espiritual más allá de la mera experiencia de los ojos. El amor al hombre de este sacerdote polaco está impregnado de misericordia, palabra que horrorizará a esos ingenieros sociales que creen que esa palabra es un atentado contra la justicia. Pero misericordia es sinónimo de cristianismo, por no decir de comprensión y de una sonrisa. Hay quien calificaría esto de ingenuidad o de simpleza, pero quien lo vea así, probablemente tenga una visión limitada del amor. Tampoco entenderá que el amor sea desinteresado. El Dios cristiano practica un amor así. Quiere ser amado libremente aunque esto le lleve a dar una imagen de debilidad: “El Omnipotente, cuando ama, sabe ser el más débil”.

Muchos de los mejores poemas de Twardowski corresponden a las dos últimas décadas del siglo XX, cuando su autor ha superado los límites de los setenta y ls ochenta años. La única forma de superar los achaques del tiempo es verse como un enamorado de Dios, al que se ama con un corazón humano, no desde la fe seca, propia de la creencia en el abstracto e inmóvil Dios de los filósofos, sino desde la que nace del amor forjado en la esperanza de ver a Alguien que ahora está oculto a la vista. Es comprensible para alguien que proclama: “Yo, un sacerdote, creo en Dios como lo haría un niño”.

Con todo, se nos argumentará que esto es utópico frente a la dura realidad del ambiente, donde abundan las incomprensiones y los desprecios para todos aquellos que pretendan estar abiertos a la trascendencia. Sin embargo, Twardowski tiene en sus versos respuesta a esta objeción: “Cualquiera que sale a nuestro encuentro viene de Su parte, mas nos resulta tan cabalmente corriente, que no nos percatamos de ello”. ¿Y qué decir a los que no quedarán tan satisfechos con este consejo porque quieren milagros, con o sin comillas, porque buscan la reciprocidad del otro por medio de su conducta? La convivencia humana no puede reducirse a simples tácticas. ¿Hemos olvidado la existencia de la libertad humana? ¿Queremos un mundo de siervos, que temen y no aman? Polonia y otros países ya lo experimentaron cuando estaban sometidos al comunismo “benefactor”. Por el contrario, nuestro poeta y sacerdote nos da una respuesta al escribir estos versos para niños en 1993, cuando ha llegado la decepcionante época del poscomunismo: “Cuando no seas querido, no esperes en reciprocidad rosas y una llamada; no gimas, no solloces. Lo que más importa justamente es que seas tú quien ame”.

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sobre este blog
Antonio R. Rubio Plo

Doctor en Derecho y licenciado en Geografía e Historia. Profesor de política comparada y de política exterior de España. Siempre interesado por las raíces cristianas de la cultura.
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