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3 DICIEMBRE 2016
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Francisco: ¿demasiado Francisco?

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Sigue en boca de todos. En la peluquería, en la cola de la compra o en las cenas más selectas. Este domingo un semanario español le hacía una entrevista a Aznar con motivo de la publicación de su segundo tomas de memorias. Y la única pregunta no dedicada a cuestiones políticas era sobre el Papa. El ex presidente, después de asegurar que lleva poco tiempo en la sede de Pedro, añadía: “los no creyentes están muy contentos con Francisco y algunos creyentes un pocos desconcertados”.

El ex presidente del Gobierno expresaba así de un modo bastante sintético una situación que pocos se atreven a confesar. Muchos no católicos siguen con curiosidad al Papa. A través de Francisco descubren un mundo nuevo, un cristianismo que no es, ante todo, un juicio moral (perplejidad positiva ante sus declaraciones sobre la homosexualidad) ni la afirmación de los valores de derecho natural sino el anuncio de una misericordia, del abrazo de la gracia y de un acontecimiento de alegría. Sus gestos de pobreza, de dolor por los inmigrantes muertos, de devoción por las periferias han provocado que todo un mundo que daba por cerrada la cuestión de la fe, esté ahora interesado en lo que siempre había visto con recelo.

Al tiempo, muchos de los de siempre, de los de casa, se revuelven inquietos. Hay  zozobra ante la idea, casi no formulada, de que Francisco sea demasiado Francisco, demasiado ingenuo. Temor porque se haya dejado enredar en un idilio con los medios de comunicación de masas postmodernos que al final acabe mal. Como si la prensa y la televisión, que tanto le admiran, al final lo estuvieran instrumentalizando para proyectar una imagen del cristianismo demasiado mundana y naif.

Es lógico que haya cierta perplejidad. Pero los hechos son recurrentes y no hay que tener miedo de ellos. No es descartable que muchos hayan querido ver en Francisco una confirmación de sus esquemas previos. Pero el “éxito” del Papa no es una moda sino el resultado de una forma de vivir y de poner el cristiano ante el mundo. Cuando un hombre, ante todos, deja claro que no tiene más riqueza personal, más que aportar y más criterio de gobierno que la alegría que le ha alcanzado a través de Jesús, sucede lo que estamos viendo desde ya hace más de seis meses. Hasta los más lejanos, a esos a los que nunca llegarán los programas pastorales, se siente atraídos por algo que explícitamente o implícitamente siempre habían deseado: una experiencia en la que la ternura del Misterio de Dios es compañía habitual, un amor palpable que atraviese los días y las horas, que los llena de belleza y que permite mirar a los demás con una compasión inimaginable. A la gente le interesa esta forma de vivir la fe que va directamente a lo esencial y que se hace transparente a través de una humanidad más grande.

Este retorno a lo esencial, a “Cristo y a todo lo que deriva de Él”, que diría Soloviev, es el criterio que Francisco está poniendo ante todos para afrontar los retos de una postmodernidad global. Lo esencial está en el Papa en acto. Esa es la fuerza de su testimonio. Quizás, para comprender mejor la fecundidad de su posición, a los dentro les convenga mirar con los ojos de los de fuera. La sorpresa con la que los judíos, los ateos, los periodistas cínicos y un largo etcétera de postmodernos miran al Papa puede ser un buen referente para los cristianos de siempre.

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