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11 DICIEMBRE 2016

Camboya. Tenía que haber algo.

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Habíamos hecho las maletas y nos habíamos ido al otro lado del mundo. En busca de algo grande. Deseando aportar algo grande a ese nuevo lugar. Necesitando encontrar algo grande, también.  

Nos recibió un hombre muy amable. Había vivido el horror del genocidio de su país. Yo no sabía nada acerca de Camboya. Nada más aparte del documental que había visto sobre las niñas que acababan en prostíbulos; documental que había despertado en mí ese deseo de conocer y de ir a aquel lugar que no hace tanto había sido maltratado por Pol Pot y los Jemeres Rojos.

Mi amiga y yo pasamos apenas un mes en una aldea. Intentábamos dar clases de inglés, pero los niños y jóvenes casi no sabían hablar y escribir en su propia lengua. Por las mañanas acompañábamos a los más pequeños a desayunar, y luego jugábamos con ellos. También les enseñamos a entonar las notas de la escala musical básica.  

Solía hacer un calor abrasador hasta mediodía y, entonces, llegar un chaparrón muy grande que hacía que todos nos refugiásemos en el lugar más cercano.  

Los camboyanos vivían con la misma falta de sentido que nosotros, europeos, sólo que en ellos era más evidente, porque tenían menos cosas que hacer. Los niños, en vez de estar frente a una pantalla de ordenador, embobados, como en occidente, allí se pasaban las tardes mirando el horizonte, la nada. ¿Esperando algo? Quizás, pero sin saberlo.

Una tarde llegué a casa (una cabaña, muy bien acondicionada, para los invitados) y, al ver a mi amiga española, lloré. “Siento que no tengo nada que aportarles.”  

Había una niña de 15 años llamada Somaly. Era guapísima. Su hermana, Dina, era algo más pequeña que ella y siempre andaba con la expresión del rostro muy seria, llena de gravedad. Somaly se alegraba siempre que me veía y estaba conmigo. Yo no podía entenderlo y, de hecho, sentía que ella veía en mí algo que yo no tenía. Un día fuimos unos cuantos de paseo y ella me dio la mano. Yo se la cogí, sin decir nada. Ella parecía feliz. Yo, sin embargo, permanecía inquieta. ¿Qué era lo que me faltaba a mí?

Unos meses después de haber vuelto a España, me enteré de que una de las niñas – una de mis favoritas- estaba sufriendo abusos por parte de un familiar. La noche que lo supe estuve llorando un largo rato sin cesar, preguntándome por qué no ir allí y salvarla de ese infierno, preguntándome qué podía hacer yo; preguntándome qué es lo que salva el mundo. La pregunta quedó abierta, las lágrimas se secaron, y un trozo de mi corazón se quedó con esa niña de la provincia de Pursat.

Hoy me he acordado de ella. He recordado el calor de Camboya, a los niños medio desnudos y medio descalzos que correteaban en las grandes ciudades vendiendo libros que trataban sobre la época de los Jemeres Rojos; libros mal hechos por los que cobraban precios irrisorios. He recordado que les compré uno aquel verano de 2008, y de que la historia del libro encerraba una explicación a por qué eran así los seres humanos con los que había estado conviviendo unas pocas semanas de mi vida.

Cuando volvimos a España, mi amiga estuvo varios días sin ver a nadie, impactada por la pobreza. Yo volví con la misma pregunta que tenía antes de ir: ¿qué era lo que había que encontrar en la vida, aquello que te permitiría vivir de verdad? ¿Dónde había que buscarlo? ¿Qué podía hacer yo? La cultura europea y la de ese país colindante con Tailandia parecía opuesta, pero en una cosa se parecían: ambos mundos estaban perdidos. Y yo estaba perdida tanto en un mundo como en el otro.

Tenía que haber algo, algo que todos pudiéramos entender: un tesoro que sirviera para los niños de aquí y de allí, los adultos de un lado y del otro; su corazón y el mío. Tenía que haber algo.

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Farfallina

De formación, periodista. En realidad, sólo vividora.
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