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8 DICIEMBRE 2016
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Camus o el combate del  deseo

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Albert Camus es un maestro para todos aquellos que buscan, en medio de la bruma ideológica, leer y formular su experiencia humana de forma limpia, directa. Estos días, en los que celebramos el centenario de su nacimiento, se hace más evidente.

A Camus le gustaba definirse como un combatiente. Y combatió por muchas causas: rompió la tiranía de un marxismo que se consideraba imprescindible, utilizó sus artículos de prensa para luchar contra múltiples abusos de poder. Pero su combate primordial fue por rescatar la vida en un siglo como el XX que había sido especialmente despiadado con las razones elementales que a cualquiera le permiten estar de pie. Una herencia, la del siglo y la de nuestro argelino, que pervive hasta el presente.

En pocos como en Camus se puede percibir una indagación sobre el deseo, sostenida con intensidad para intentar atravesar la oscuridad de ciertos tiempos modernos. En el protagonista de El extranjero (1942), retrato de un nihilismo que conocemos bien, ese deseo parece muerto. Si algo sigue llamando la atención de esa novela, que fue revolucionaria en su momento, es que su personaje principal vive todo - la muerte de su madre, el asesinato, la condena a muerte- sin inmutarse, como si le estuviera sucediendo a otro. “Todo el mundo sabe que la vida no merece la pena ser vivida”, confesará. Extranjero de sí mismo sólo se rebela  ante quien le asegura que las cosas tienen un sentido. Si tiene alguna aspiración es la de la muerte. “Para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores”. ¿No nos es acaso familiar esta extranjería de nosotros mismos a todos los que hemos vivido y vivimos la ilusión de construirnos el destino con nuestras manos?

Pero Camus no se detiene. Sabe que no está todo dicho. Es imposible permanecer impasible, sobre todo con lo que uno tiene dentro. Y dos años después su Calígula es la historia de un emperador que, a pesar de todo, sigue anhelando. No cualquier cosa, quiere la Luna. Todos le tienen por loco y él explica cuál es su enfermedad: “lo que deseo hoy con todas mis fuerzas está por encima de los dioses”. No hay respuesta pero el motor que le conduce hacia el infinito no puede detenerse. Y al no encontrar satisfacción, siembra con el poder del imperio un río de sangre que brota bajo los golpes de su capricho y de su infelicidad. El lector se siente retratado: no hay modo de frenar el ardor que clama por lo inalcanzable y que, sin respuesta, se convierte en una fuente de arbitrariedad y de violencia.

Hubiera sido mucho llegar hasta ese punto. Pero Camus, el combatiente, va más allá. El Calígula despiadado se convierte en el Jacques de El Primer Hombre, su novela póstuma. Ahora el gran personaje, contra todo el legado de Freud, busca en el padre la paz. Es alguien marcado por “un apetito de vida devorador” que “no desea ningún lugar, sino la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida y que no se compra ni se comprará jamás”. La búsqueda ya no es destructiva, es deseo de más vida: “quería huir a un país donde nadie envejeciera ni muriera, donde la belleza fuese imperecedera, donde la vida fuera siempre resplandeciente y salvaje”. De hecho, él no es más que “ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, antes de morir”. Es consciente de que “no le basta toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo”. Y se abandona así “a la única esperanza ciega de que esa fuerza oscura, que durante tantos años lo había alzado por encima de los días y había alimentado sin medida, le diese también con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía”.

Este deseo de  “más vida” y de “más allá” es tan potente en el último Camus, es tan fuerte en nosotros, que no puede ser hijo de un padre cuyo rostro se esconda tras una tumba anónima. Es más bien el tono de una voz bien viva.

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