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9 DICIEMBRE 2016
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Dos años de derecha hermética

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A Rajoy le gusta definirse como un hombre previsible. Lo que para cualquier amante de la creatividad sería casi un insulto, a este registrador de la propiedad que gano en España hace dos años las elecciones le parece el mejor elogio.

El gran mérito del Gobierno del centro derecha es haber impedido un rescate que hubiera supuesto retroceder 20 años. El rescate fue parcial, sólo de la banca, y la pasada semana se dio por cerrado. Rajoy supo aguantar la presión y tras los primeros titubeos ha conseguido, gracias al buen hacer del ministro de Economía, Luís de Guindos, reestructurar y sanear las cajas de ahorro. Los inversores han recuperado la confianza en los activos españoles, el diferencial de la prima de riesgo se ha olvidado y parece que se va a cumplir el objetivo de reducción de déficit para 2014 sin mayores problemas.

En el primer año de legislatura se hicieron reformas importantes, como la laboral. Pero la fatiga del cambio ha llegado demasiado pronto. Los ajustes, a través de las Comunidades Autónomas, se hicieron notar donde más dolía: en sanidad y en educación y ahora a Rajoy le cuesta seguir con las transformaciones que todavía son necesarias. Para cumplir con el objetivo de reducción de déficit al 3 por ciento en 2016 y, sobre todo, para que España no se instale en una altísima tasa de paro endémica.

El Gobierno está convencido de que el crecimiento económico moderado de los próximos años permitirá empezar a generar puestos de trabajo y ajustar el desequilibrio de las cuentas públicas. Tiene que conseguir reducir el gasto o aumentar los ingresos en 38.000 millones. Espera hacerlo con mayor recaudación. Hay quien dice que es demasiado optimista. Un test decisivo de la voluntad reformadora va a ser la modificación fiscal que presente en 2014. Las clases medias pagan muchos impuestos, las familias están claramente discriminadas y el fraude es muy elevado. Además todavía queda mucho por hacer para ganar competitividad. Y el gasto de las Administraciones, sobre todo de las Comunidades Autónomas, sigue siendo excesivo en algunos capítulos. El mercado interior continua fragmentando y no hay un proyecto claro para desarrollar un modelo económico que complemente a los servicios y el turismo con conocimiento.

El balance económico a corto plazo es positivo, ya veremos que se puede decir dentro de unos años. Pero no todo es economía. Y en otros frentes se ha generado insatisfacción. La forma de hacer política de Rajoy durante estos dos años ha abierto muy poco el Gobierno a la sociedad. Domina el verticalismo. En realidad el Ejecutivo entero está en manos de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, que teledirige casi todos los ministerios. Ese centralismo excesivo unido a la incapacidad para comunicar ha provocado que los españoles, a los que se les han pedido grandes esfuerzos, tengan cada vez menos estima por los políticos. Crece la antipolítica por una gestión muy fría.

Precisamente el hermetismo ha sido una de las causas de que la reforma educativa que está a punto de ver la luz nazca casi muerta. La mejora de la enseñanza era y es una de las cuestiones decisivas para que el país vuelva a coger fuerza. Pero se ha desperdiciado una gran ocasión con un cambio de mínimos. La nueva ley desprecia el valor de las humanidades, desaprovecha la ocasión para tutelar de forma efectiva la libertad educativa, que es la que proporciona mejores resultados, y se limita a poner parches al fracasado modelo socialista. La mejora de las universidades se ha aplazado sine die, la política de fomento de la investigación ha quedado relegada y la política cultural ha estado en manos de personas que podrían militar en la izquierda.

Era previsible que Rajoy no hiciera una contrarreforma del radicalismo social de Zapatero. Su satisfacción porque el Tribunal Constitucional convalidara el matrimonio homosexual ha certificado que la suya es una derecha laica. Lo muestra también el hecho de que dentro del PP haya una resistencia grande a una modificación de la ley del aborto que mejore la tutela de la vida. Y, a pesar de todo, la frialdad de los populares sigue siendo preferible, de momento, al laicismo agresivo de la izquierda.

Esta voluntad del PP de distanciarse de lo que en otros tiempos se llamaba de un modo un poco ambiguo el “humanismo cristiano” puede ser una buena oportunidad. Aleja todo posible proyecto de construir una presencia católica desde arriba que de por supuesto el contenido de la fe. El paisaje está más despejado. Ninguna hegemonía es posible, ninguna hegemonía es deseable. La presencia cristiana sólo se mantendrá en pie por el testimonio de una vida más humana que reclama espacios de libertad. La capacidad de tutelar esa libertad, de dar mayor protagonismo a la sociedad, de poner en marcha el cambio del sistema del bienestar para hacerlo más sostenible, así como el uso que se haga de una energía serena para frenar al nacionalismo y sus pretensiones secesionistas, serán algunos de los criterios para valorar una legislatura a la que le quedan dos años. Será entonces insuficiente que utilice como argumente electoral el miedo a que vuelva el viejo frente popular, el que unió en otros tiempos a la izquierda y al nacionalismo radical.

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