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5 DICIEMBRE 2016
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Secretaría para un tiempo nuevo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  178 votos
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El dinamismo de la renovación en la continuidad pertenece a la fisiología del cuerpo eclesial. Del mismo modo que es un principio de sana interpretación del Concilio o de la sucesión de los pontificados, lo es también para la comprensión de los relevos que tocan a la Iglesia en España, de los que ha sido anticipo la elección del sacerdote José María Gil Tamayo como nuevo Secretario general de la CEE.

Las circunstancias históricas (de las que forman parte las biografías de las personas) han dibujado un curioso escenario en el que convergen los cambios en la cúpula de la Conferencia Episcopal y los esperados relevos en las diócesis de Madrid y Barcelona, y todo ello con el telón de fondo del arranque de un nuevo pontificado marcado por una fuerte impronta reformadora. El anterior Secretario de la CEE, Mons. Martínez Camino, ha cumplido dos quinquenios consecutivos y era obligada su sustitución. También el Presidente, Cardenal Rouco Varela, finaliza en marzo de 2014 un segundo trienio consecutivo; culmina así un largo período que arranca en 1999 (con la interrupción del trienio 2005-2008) en el que ha sido máximo referente para el camino de la Iglesia en España. Y tanto el Cardenal Rouco como el Cardenal Martínez Sistach han presentado hace tiempo sus respectivas cartas de renuncia al frente de sus diócesis, al haber sobrepasado los 75 años preceptivos. No es una frase hecha si decimos que todo esto define un cambio de ciclo.

Lo sucedido esta semana en la Plenaria de otoño de la CEE permite calibrar mejor las dimensiones de ese cambio. Mons. Martínez Camino tenía un alto perfil teológico y buena aptitud para la dura confrontación cultural de estos años. Su sucesor, José María Gil Tamayo es un sacerdote de 56 años, muy bregado en el ámbito de la comunicación social, gran conocedor de los talleres y cocinas de la calle Añastro, con una solidez doctrinal reconocida que no le impide gozar de buenas relaciones también en ámbitos no precisamente favorables a la Iglesia. El amplio y rápido apoyo cosechado no deja lugar a dudas. Era evidente una especie de cansancio derivado de la batalla de los años del zapaterismo y también la sensación de que se había entrado en una especie de bucle que era preciso romper. La circunstancia político-social no ha despejado todas las nubes (mejor no hacerse ilusiones) pero sí ha descomprimido el escenario; y aunque el PP dista mucho de representar los denominados valores cristianos, sí ha cancelado el discurso del laicismo agresivo que ha marcado al poder político de 2004 a 2011.

Evidentemente también se ha buscado sintonizar con los subrayados del inicio de pontificado de Francisco: tensión misionera para alcanzar las periferias existenciales, diálogo activo con los no creyentes, primacía de la caridad… Desde luego estas prioridades no están reñidas con la batalla cultural allí donde es necesaria como servicio a la verdad y al bien común. En el tiempo que ahora termina no ha faltado el ímpetu de la misión ni el deseo de encontrar a los alejados; y en el periodo que se abre no dejará de ser necesaria una palabra profética que suscitará (se quiera o no) malestar y encono en muchos lugares. Pero es verdad que el Papa reclama hoy un acento nuevo, otra nota dominante en la melodía, y que además la etapa actual de la sociedad española puede permitir que ésta suene con mejor entonación y menos interferencias.

La vida de la Iglesia es como la de un árbol que crece bajo el sol y la lluvia, con frío y calor, a veces con buen abono y otras con sequedad en la tierra. Es importante captar esa vida que se desarrolla con acentos y perfiles nuevos para encarnar en cada momento histórico la sustancia del origen, la novedad de Cristo que sigue presente para abrazar y rescatar al hombre concreto. Y en ese sentido resultan absurdos, además de malvados, los esquemas de buenos y malos, y no digamos los ajustes de cuentas. Con algo más de perspectiva podremos calibrar el debe y el haber de estos años pasados, tan duros para la Iglesia en España. No hay rupturas en el camino de la Iglesia, no hay capítulos estancos. Siempre vivimos de una historia que se recibe, pero que busca nuevas formas de expresarse y realizarse en un mundo que cambia. Y en este nuevo ciclo, si se nos permite hablar así, hará falta toda la riqueza de matices, también en la galaxia episcopal.  

José María Gil, con todas sus cualidades y experiencia, está llamado a poner rostro público a esta nueva etapa que se irá configurando. No es pequeña tarea, aunque como dije en otro artículo hablando de su predecesor, un Secretario de la CEE no puede concebirse aislado del cuerpo eclesial al que sirve y al que presta su voz. Es lógica la expectación ante la Plenaria de primavera en la que se completará el dibujo con la elección del nuevo Presidente, y también ante los próximos relevos en Madrid y Barcelona. Bienvenida sea, porque la indiferencia interna ante estos movimientos denotaría una patología eclesial y la externa reflejaría irrelevancia social. Ahora bien, el interés radica en quiénes y cómo van a guiar y servir esta nueva estación misionera, de modo que las energías presentes en las comunidades cristianas den todo el fruto posible. El tiempo apremia y como dijo Francisco no existen fórmulas mágicas, nadie las tiene. Es hora de andar apasionada y humildemente a los cruces de los caminos, con la única riqueza de la fe, que es inteligencia y amor por el corazón de cada hombre. Desde el obispo hasta el más pequeño de los fieles cristianos.

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