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10 DICIEMBRE 2016
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¿La hegemonía norteamericana? Bien, gracias

Ricardo Benjumea | 0 comentarios valoración: 3  168 votos
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Si Xi Jinpin quería «un nuevo tipo de relación de superpotencia» con los Estados Unidos, la jugada no podía haberle salido peor. No hay un solo país vecino que no recele de la actitud de China, y que abierta o secretamente no desee ahora una fuerte presencia de los norteamericanos en la región.

«El único conflicto peor que el conflicto buscado es el no buscado», advertía el Vicepresidente de EE.UU., Joe Biden, el martes en Japón, antes de comenzar su visita de dos días a China. El Presidente Xi calculó mal cuando estableció unilateralmente, el 23 de noviembre, una zona de defensa aérea sobre un pequeño archipiélago que se disputan China y Japón. Cualquier avión que sobrevolara las islas sin permiso podría ser abatido, amenazó Pekín. Nada de eso ocurrió cuando, tres días más tarde, aparecieron dos B-52 norteamericanos en la zona. China empezó a recular en su retórica belicista. A oídos del resto del mundo, llegaron dos importantes mensajes: uno, que EE.UU. no dejará tirados a sus aliados del Pacífico, y dos, que China sigue sin ser un país de fiar.

Seguramente Xi necesita recurrir a la retórica nacionalista –su “sueño chino”– para legitimar las reformas internas, y para vengar un siglo de humillaciones a manos de potencias extranjeras, clavadas como una espina en la memoria colectiva china. Pero también debe mostrar al mundo, y especialmente a sus vecinos, un tono dialogante y conciliador que haga creíble esa voluntad de “ascenso pacífico” del país. Hoy por hoy, lo que tiene China son disputas territoriales con prácticamente todos sus vecinos, siempre en peligro de degenerar en conflicto abierto. Por el contrario, sus aliados internacionales se cuentan con los dedos de una mano: Corea del Norte, Laos, Camboya y –con muchos matices– Pakistán. Incluso Myanmar, la antigua Birmania, ha dado calabazas a Pekín, considerando mucho más atractivo el acercamiento a Occidente.

China ha tenido un impresionante desarrollo en las últimas décadas, pero es un país con fuertes fracturas territoriales y sociales, un PIB per cápita que no llega a la mitad del estadounidense y un gasto militar minúsculo en comparación con el de EE.UU. (en 2012, a pesar de los fuertes recortes, Estados Unidos invirtió en defensa tanto como los siguiente 11 países del ranking juntos: China, Rusia, Reino Unido, Japón, Francia, Arabia Saudí, India, Alemania, Italia, Brasil y Corea del Sur juntas). En tecnología, China sigue a años luz de América, a pesar de sus aventuras espaciales, y en capacidad de innovación, los norteamericanos siguen demostrado que no tienen rival en el mundo. En 2009, sólo tres de 10 las empresas mundiales con mayor valor en bolsa eran estadounidenses; hoy son 8.

Pekín no es una superpotencia mundial, sino una gran potencia regional, capaz, eso sí, de complicarles mucho la vida a los norteamericanos en el Pacífico. Pero la propia China es la última interesada en llevar demasiado lejos las tensiones. El Partido Comunista debe su legitimidad al crecimiento económico, y no puede permitirse cerrar su acceso a los mercados exteriores.

Tampoco Norteamérica quiere líos. El mayor desafío a su hegemonía mundial reside, hoy por hoy, en una opinión pública reacia a aventuras exteriores. De ahí el fuerte pragmatismo que impregna en los últimos tiempos la política exterior de Obama. Los acuerdos alcanzados con Siria e Irán son dos claros ejemplos, aunque, después de todo, es George W. Bush quien, con sus intervenciones en Iraq y Afganistán, ha forzado esta solución. Han quedado dinamitados el antiguo equilibrio y la vieja política de alianzas de EE.UU. en la región. El resultado más visible es que Irán ha salido reforzada. Israel, Arabia Saudí y el resto de monarquías del Golfo no se fían, pero el espectacular auge chií en Oriente Próximo, que multiplica la capacidad de influencia exterior iraní, coincide con un momento en el que Irán necesita desesperadamente salir de su aislamiento político y centrarse en el crecimiento económico interno. Ahora, más que nunca, Teherán está interesado en tener una presencia exterior constructiva. Washington ha visto la ocasión perfecta para la reconciliación con el régimen, y quiere aprovecharla.

Muchos han querido ver en todos estos acontecimiento un gran triunfo diplomático de Vladimir Putin. Más escépticos, otros recuerdan que Rusia sigue siendo un país en decadencia, al que simplemente le ha tocado la lotería, en forma de unos precios de la energía que se han quintuplicado en los últimos 15 años. Lo que sí parece confirmarse es la tesis de Mosiés Naím, según el cual conservar hoy el poder es más complicado que nunca, debido a la proliferación de actores que, cada uno en su ámbito –más amplio, o más restringido–, pueden desafiar a la primera potencia. En el mundo de comienzos del siglo XXI, la mayor potencia militar que ha conocido nunca la historia se encuentra con serias dificultades para derrotar a un grupo terrorista, y un informático desleal del servicio de inteligencia es capaz de hundir la reputación de su Gobierno en todo el mundo, con la única colaboración de un periódico británico dispuesto a difundir sus filtraciones.

Las nuevas bases de las hegemonía norteamericana serán dos tratados comerciales: el Acuerdo Transatlántico de Libre Comercio e Inversión y el Acuerdo de Asociación Transpácifico, en el que Washington espera, en algún momento, incorporar también a China. Pero incluso sin Pekín, ambas regiones concentrarán alrededor del 70% del comercio mundial, así que no parece que la Unión Euroasiática que impulsa Rusia ni ninguna otra alternativa similar en América del Sur pueda suponer una amenaza.

Eso no significa que el proyecto esté exento de riesgos y dificultades. La mayor de todas está en Washington, en el Capitolio, donde el Congreso deberá aprobar esos acuerdos.

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