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7 DICIEMBRE 2016
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"Nunca hay que tener miedo de la ternura"

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 3  93 votos
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“La Navidad para mí es esperanza y ternura…”. Francisco habla con el periódico La Stampa de su primera Navidad como obispo de Roma. Casa Santa Marta, martes 10 de diciembre, hora 12:50. El Papa nos acoge en una sala junto al comedor. El encuentro durará una hora y media. Dos veces, durante el coloquio, del rostro de Francisco desaparece la serenidad que todo el mundo conoce: cuando alude al sufrimiento inocente de los niños y a la tragedia del hambre en el mundo. En la entrevista, el Papa habla también de las relaciones con las otras confesiones cristianas y del “ecumenismo de la sangre” que  va unido a las persecuciones, aborda las cuestiones sobre matrimonio y familia que serán tratadas en el próximo Sínodo, responde a las críticas que llegan de Estados Unidos definiéndolo como “un marxista” y habla de la relación entre Iglesia y política.

¿Qué significa para usted la Navidad?

Es el encuentro con Jesús. Dios siempre ha buscado a su pueblo, lo ha conducido, lo ha cuidado, ha prometido estar siempre cerca de él. En el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos lleva de la mano como un papá hace con su hijo. Esto es precioso. La Navidad es el encuentro de Dios son su pueblo. Y es también una consolación, un misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa del gallo, he pasado varias horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la aurora. Con este sentimiento de profunda consolación y paz. Recuerdo una vez, aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, una noche de oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí, la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo.

¿Qué dice la Navidad al hombre de hoy?

Nos habla de la ternura y de la esperanza. Dios, viniendo a nuestro encuentro, nos dice dos cosas. La primera es: tened esperanza. Dios abre siempre las puertas, nunca las cierra. Es el papá que nos abre las puertas. Segunda: no tengáis miedo de la ternura. Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura, se vuelven una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se embrolla en las ideologías, en los comportamientos mundanos. Mientras que la simplicidad de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia. Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar. Quizá por esto, mirando al futuro, hablo a menudo de los niños y de los ancianos, es decir, de los más indefensos. En mi vida de sacerdote, yendo a la parroquia, siempre he buscado transmitir esta ternura sobre todo a niños y ancianos. Me hace bien, y me hace pensar en la ternura que Dios tiene con nosotros.

¿Cómo se puede creer que Dios, considerado por las religiones infinito y omnipotente, se haga así de pequeño?

Los Padres griegos lo llamaban “synkatabasis”, condescendencia divina. Dios se abaja y se queda con nosotros. Es uno de los misterios de Dios. En Belén, en el año 2000, Juan Pablo II dijo que Dios se ha hecho un niño totalmente dependiente de los cuidados de un padre y una madre. Por eso la Navidad nos da tanta alegría. No nos sentimos ya solos, Dios ha bajado para estar con nosotros. Jesús se ha hecho uno de nosotros y por nosotros ha sufrido en la cruz, el final más feo, el de un criminal.

La Navidad, a menudo, se presenta como una fábula azucarada. Pero Dios nace en un mundo donde hay también mucho sufrimiento y miseria.

Lo que leemos en el Evangelio es un anuncio de alegría. Los evangelistas han descrito una alegría. No se hacen consideraciones sobre el mundo injusto, sobre cómo se le ocurre a Dios nacer en un mundo así. Todo esto es el fruto de nuestra contemplación: los pobres, el niño que debe nacer en la precariedad. La Navidad no es la denuncia de la injusticia social, de la pobreza, sino un anuncio de alegría. Todo lo demás son consecuencias que nosotros sacamos. Algunas justas, otras menos justas, otras incluso ideologizadas. La Navidad es alegría, alegría religiosa, alegría de Dios, interior, de luz, de paz. Cuando no se tiene la capacidad o se está en una situación humana que no te permite comprender esta alegría, se vive la fiesta con alegría mundana. Pero entre la alegría profunda y la alegría mundana hay diferencia.

Es su primera Navidad, en un mundo donde no faltan conflictos y guerras…

Dios nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo. Si nos ofrece el regalo de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad de comprenderlo y recibirlo. Todos, del más santo al más pecador, del más limpio al más corrupto. También el corrupto tiene esta capacidad: pobrecillo, la tiene a lo mejor un poco oxidada, pero la tiene. La Navidad en este tiempo de conflictos es una llamada de Dios, que nos da este regalo. ¿Queremos recibirlo o preferimos otros regalos? Esta Navidad en un mundo atormentado por las guerras, a mí me hace pensar en la paciencia de Dios. La principal virtud de Dios –explicitada en la Biblia- es que Dios es amor. Él nos espera, nunca se cansa de esperarnos. Él da el regalo y después nos espera. Esto ocurre también en la vida de cada uno de nosotros. Hay quien lo ignora. Pero Dios es paciente y la paz, la serenidad de la Nochebuena, es un reflejo de la paciencia de Dios con nosotros.

En enero se cumplirán cincuenta años del histórico viaje de Pablo VI a Tierra Santa. ¿Va a ir?

Navidad siempre nos hace pensar en Belén, y Belén está en un punto preciso, en Tierra Santa, donde vivió Jesús. En la Noche de Navidad pienso sobre todo en los cristianos que viven allí, en aquellos que tienen dificultad, en tantos como han tenido que abandonar esa tierra por diversos problemas. Pero Belén sigue siendo Belén. Dios ha venido en un punto determinado, en una tierra determinada, allí se ha aparecido la ternura de Dios, la gracia de Dios. No podemos pensar en la Navidad sin pensar en Tierra Santa. Hace cincuenta años, Pablo VI tuvo la valentía de salir para ir hasta allí, y así comenzó la época de los viajes papales. También yo deseo ir, para encontrar a mi hermano Bartolomeo, patriarca de Constantinopla, y con él conmemorar este cincuentenario renovando el abrazo entre el Papa Montini y Atenágoras, que tuvo lugar en Jerusalén en 1964. Estamos preparándolo.

Usted se ha encontrado muchas veces con niños gravemente enfermos. ¿Qué puede decir delante de este sufrimiento inocente?

Dostoievksy ha sido para mí un maestro de vida, y esa pregunta suya, explícita e implícita, siempre me ha dado vueltas en el corazón: ¿Por qué el sufrimiento de los niños? No hay explicación. Me viene esta imagen: es un momento dado de su vida, el niño se “despierta”, no entiende muchas cosas, se siente amenazado, comienza a hacer preguntas a su padre o a su madre. Es la edad del “por qué”. Pero cuando el hijo pregunta, después no escucha todo lo que le tienes que decir, enseguida te asalta con un nuevo “¿por qué?”. Lo que busca, más que la explicación, es la mirada del padre que le da seguridad. Delante de un niño que sufre, la única oración que me viene es la oración del por qué. ¿Señor, por qué? Él no me explica nada. Pero siento que me mira. Y así le puedo decir: Tú sabes el porqué, yo no lo sé y Tú no me lo dices, pero me miras y yo me fío de Ti, Señor, me fío de tu mirada.

Hablando del sufrimiento de los niños, no se puede olvidar la tragedia de los que sufren el hambre.

Con el alimento que desperdiciamos y tiramos a la basura, podríamos dar de comer a muchísimos. Si conseguimos no malgastar, reciclar la comida, el hambre en el mundo disminuiría muchísimo. Me ha impresionado leer una estadística que habla de diez mil niños muertos de hambre cada día en el mundo. Hay muchos niños que lloran porque tienen hambre. El otro día, en la audiencia del miércoles, detrás de una valla, había una joven mamá con su bebé de pocos meses. Cuando pasé, el niño lloraba mucho. La madre lo acariciaba. Y le dije: “Señora, creo que el pequeño tiene hambre”. Ella me respondió: “Sí, es la hora…” Repliqué: “¡Pero dele de comer, por favor!” Ella tenía pudor, no quería darle de mamar en público, mientras pasaba el Papa. Pues eso, quisiera decir lo mismo a la humanidad: “¡Dadles de comer!” Esa mujer tenía la leche para su bebé, en el mundo tenemos suficiente alimento para que nadie pase hambre. Si trabajamos con las organizaciones humanitarias y logramos ponernos todos de acuerdo en no desperdiciar el alimento, haciéndolo llegar a quien lo necesita, haremos una gran contribución para resolver la tragedia del hambre en el mundo. Quisiera repetir a la humanidad lo que le dije a aquella madre: “¡Dad de comer a quien tiene hambre!” La esperanza y la ternura del Nacimiento del Señor nos sacuden la indiferencia.

Algunos párrafos de la Evangelii Gaudium le han acarreado acusaciones de los ultra-conservadores americanos. ¿Qué efecto produce en un Papa escuchar que le definen como “marxista”?

La ideología marxista está equivocada. Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenos como personas, y por eso no me he sentido ofendido.

Las palabras que más han impactado son esas de la economía que “asesina”…

En la exhortación no hay nada que no se encuentre en la Doctrina Social de la Iglesia. No he hablado desde un punto de vista técnico, he intentado presentar una fotografía de cuando sucede. La única cita específica era la de la teoría de la “recaída favorable”, según la cual cada crecimiento económico, favorecido por el libre mercado, puede producir por sí mismo una mayor equidad e inclusión social en el mundo. Estaba la promesa de que, cuando el vaso estuviera lleno, se desbordaría y lo pobres se beneficiarían. Ocurre en cambio que, cuando está colmado, el vaso mágicamente se agranda, de manera que nunca sale nada para los pobres. Esta ha sido la única referencia a una teoría específica. Repito: no he hablado como un técnico, sino según la doctrina social de la Iglesia. Y esto no significa ser marxista.

Usted ha anunciado una “conversión del papado”. ¿Los encuentros con los patriarcas ortodoxos le han sugerido alguna vía concreta?

Juan Pablo II ya habló todavía más explícitamente de un modo de ejercicio del primado que se abra a una situación nueva. Pero no solo desde el punto de vista de las relaciones ecuménicas, también en las relaciones con la Curia y con las iglesias locales. En estos primeros nueve meses he recibido la visita de muchos hermanos ortodoxos: Bartolomeo, Hilarión, el teólogo Zizioulas, el copto Tawadros. Este último es un místico, entraba en la capilla, se quitaba los zapatos y se ponía a rezar. Me he sentido hermano de todos ellos. Tienen la sucesión apostólica, les he recibido como hermanos obispos. Es un dolor no poder aún celebrar la Eucaristía juntos, pero la amistad está ahí. Creo que el camino es este: amistad, trabajo común, y rezar por la unidad. Nos hemos bendecido el uno al otro, un hermano bendice al otro, un hermano se llama Pedro y el otro se llama Andrés, Marcos, Tomás…

 

¿La unidad de los cristianos es una prioridad para usted?

Sí, para mí el ecumenismo es prioritario. Hoy existe el ecumenismo de la sangre. En algunos países asesinan a los cristianos porque llevan una cruz o tienen una Biblia, y antes de masacrarlos no les preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos. La sangre está mezclada. Para los que asesinan, somos cristianos. Unidos en la sangre, aunque entre nosotros todavía no hayamos conseguido dar pasos necesarios hacia la unidad y quizá todavía no ha llegado el tiempo. La unidad es una gracia, que se debe pedir. Conocía a un párroco de Hamburgo que seguía la causa de beatificación de un cura católico guillotinado por los nazis porque enseñaba el catecismo a los niños. Después de él, en la fila de los condenados, había un pastor luterano, asesinado por el mismo motivo. Su sangre se mezcló. El párroco me contaba que había ido a ver al obispo y le había dicho: “Prosiga con la causa, pero de los dos, no solo del católico”. Esto es el ecumenismo de la sangre. Existe también hoy, basta leer los periódicos. Quienes asesinan a los cristianos no te piden el carné para saber en qué Iglesia has sido bautizado.  Debemos tomar en consideración esta realidad.

En la exhortación invita a tomar decisiones pastorales prudentes y audaces en lo referente a los sacramentos. ¿A qué se refería?

Cuando hablo de prudencia no pienso en un comportamiento paralizante, sino en una virtud del que gobierna. También la audacia lo es. Se debe gobernar con audacia y con prudencia. He hablado del bautismo, y de la comunión como alimento espiritual para seguir adelante, de considerarla un remedio y no un premio. Algunos enseguida han pensado en los sacramentos para los divorciados vueltos a casar, pero yo no he entrado en casos particulares. Solo quería indicar un principio. Debemos buscar facilitar la fe de las personas más que controlarla. El año pasado en Argentina denuncié el comportamiento de algunos curas que no bautizaban a los hijos de las madres adolescentes. Es una mentalidad enferma.

¿Y en cuanto a los divorciados que se vuelven a casar?

La exclusión de la comunión para los divorciados que viven una segunda unión no es una sanción. Es bueno recordarlo. Pero no he hablado de esto en la exhortación.

¿Y se tratará en el próximo sínodo de los obispos?

La sinodalidad de la Iglesia es importante: del matrimonio en su complejidad hablaremos en las reuniones del consistorio de febrero. Además el tema será afrontado en el Sínodo extraordinario de octubre de 2014 y de nuevo durante el Sínodo ordinario del año sucesivo. En estas sedes se hablará y se profundizará sobre muchas cosas.

¿Cómo va el trabajo de sus ocho “consejeros” para la reforma de la Curia?

El trabajo es largo. Quien quería avanzar propuestas o enviar ideas lo ha hecho. El cardenal Bertello ha recogido el parecer de todos los dicasterios vaticanos. Hemos recibido sugerencias de los obispos de todo el mundo. En la última reunión, los ocho cardenales han dicho que hemos llegado al momento de avanzar propuestas concretas, y en el próximo encuentro, en febrero, me entregarán sus primeras sugerencias. Yo estoy siempre presente en los encuentros, excepto en la mañana del miércoles porque es la audiencia general. Pero no hablo, solamente escucho, y esto me hace bien. Un cardenal anciano he dijo hace algunos meses: “La reforma de la Curia  ya la ha comenzado usted con la misa cotidiana en Santa Marta”. Esto me ha hecho pensar: la reforma comienza siempre con iniciativas espirituales y pastorales, antes que con cambios estructurales.

 

¿Cuál es la relación adecuada entre la Iglesia y la política?

La relación debe ser al mismo tiempo paralela y convergente. Paralela, porque cada uno tiene su camino y sus diferentes deberes. Convergente, únicamente para ayudar al pueblo. Cuando las relaciones son primero convergentes, sin el pueblo, o pasando del pueblo, empieza ese connubio con el poder político que termina por pudrir la Iglesia: los negocios, los compromisos… Es necesario proceder en paralelo, cada uno con su propio método, sus propios deberes, su propia vocación. Convergentes solo en el bien común. La política es noble, es una de las formas más altas de caridad, como decía Pablo VI. La ensuciamos cuando la usamos para los negocios. También la relación entre Iglesia y poder político puede ser corrupta, si no converge solamente en el bien común.

¿Puedo preguntarle si tendremos mujeres cardenales?

Eso es una tontería que no sé de dónde ha salido. Las mujeres en la Iglesia deben ser valorizadas, no “clericalizadas”. Quien piensa en mujeres cardenales sufre un poco de clericalismo.

¿Cómo va el trabajo de limpieza en el IOR?

Las comisiones que se ocupan de eso están trabajando bien. Moneyval nos ha dado un informe favorable, estamos en el camino adecuado. Sobre el futuro del IOR, ya veremos. Por ejemplo, el “banco central” del Vaticano sería el APSA. El IOR se creó para ayudar a las obras de religión, misiones, las iglesias pobres. Después se convirtió en lo que es ahora.

Hace un año, ¿se hubiera imaginado que la Navidad 2013 la celebraría en San Pedro?

Absolutamente no.

¿Se esperaba ser elegido?

No me lo esperaba. No perdí la paz mientras aumentaban los votos. Permanecí tranquilo. Y esa paz la tengo todavía, la considero un don del Señor. Terminado el último escrutinio, me llevaron al centro de la Sixtina y me fue preguntado si aceptaba. Respondí que sí, dije que me llamaría Francisco. Únicamente entonces me alejé. Me llevaron a la estancia contigua para cambiarme la ropa. Después, poco después de asomarme, me arrodillé para rezar durante algunos minutos junto con el cardenal Vallini y el cardenal Hummes en la capilla Paulina.

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