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18 NOVIEMBRE 2017
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El poder del amor

Antoni Puigverd | 0 comentarios valoración: 3  57 votos
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No quisiera contribuir al almíbar laudatorio que diluvia sobre el cadáver de Mandela, a quien muchos locutores y comentaristas denominan, con ingenuidad algo kitsch, con el nombre de su clan, Madiba, un nombre que sólo se explica en el contexto cultural sudafricano pero que en boca de nuestro periodismo canta como una almeja, pues revela una candorosa falsificación de proximidad con el personaje. Mandela es un auténtico gigante de la historia y, como ha dicho Barack Obama, el último gran libertador, pero la fabulosa capacidad mediática del presente mundial lo está convirtiendo en un gadget global, en un personaje estrictamente viral. En un colosal, pero vacío y trivializado icono.

Paradójicamente, la trivialización del personaje forma parte inseparable de su éxito político y moral. Sin el éxito del single Free Nelson Mandela de The Special AKA, un grupo de ska británico que catapultó la historia de su encarcelamiento a todo el planeta, tal vez la causa y los valores de Mandela no habrían tenido un final tan exitoso. Gracias a esa canción, que se convirtió en un himno pop durante los ochenta, Mandela, entonces encarcelado y completamente desconocido, se convirtió en una bandera moral que penetraba en espacios mediáticos y en ambientes musicales en los que generalmente las ideas políticas nunca entraban. Artistas de cine, modelos, figuras del pop y del show business se apoderaron del nombre de Mandela, que sus fans y seguidores adoptaron. Muchos no sabían quién era, ni cuáles sus ideas. Bastaba saber que era un líder negro encarcelado en la Sudáfrica de la segregación racial. El ejército del pop intrascendente fue el mejor aliado del triunfo moral de Mandela. La cultura mediática tiene estas contradicciones.

Ahora bien, la trivialización de Mandela está eclipsando su legado moral y político. Lo que ha triunfado globalmente durante todos estos días de luto africano son los divertimentos y amenidades con que los medios intentan pescar las audiencias: la "selfie" de la primera ministra danesa flanqueada por Cameron y Obama; y la historia, primero cómica, después dramática, del intérprete de lenguaje de signos.

La trivialización de los actos funerales de Mandela forma parte del signo de los tiempos. La era mediática convierte todo lo que sucede en espectáculo. Guerras y anécdotas virales de internet, tensiones políticas y excentricidades de las celebrities, descubrimientos científicos y grandes tragedias naturales compiten por el gran pastel de la audiencia. La realidad siempre queda eclipsada por la anécdota excéntrica o curiosa. La cultura y el pensamiento actuales deben convivir con esta conversión de la actualidad en un infinita y estridente suma de anécdotas trágicas, grotescas o humorísticas destinadas llamar la atención del público masivo.

No puede extrañar, por lo tanto, que el entierro de Mandela se haya convertido en un formidable foro de la hipocresía política mundial. La concentración de jefes de estado y de gobierno no ha servido para despedir dignamente a aquel hombre, Nelson Mandela, que pasó media vida en prisión por haber defendido a los de su raza de la discriminación blanca. No ha servido para homenajear el legado moral de uno de los últimos gigantes de la historia, no. La gran concentración de mandatarios mundiales ha servido simplemente para enterrar a un mito global. El Mandela que enterraban los líderes del mundo era el colosal, pero vacío y trivializado icono planetario. El entierro de Lady Di ha encontrado un eco en el de Mandela.

Lúcido, Barack Obama se dio cuenta de ello y lo dijo: "Hay líderes que alaban a Mandela pero no toleran la disidencia". Con todos sus errores, que ya son muchos, Obama es uno de los pocos políticos mundiales puede afirmarse heredero de Mandela. Su primera campaña electoral coincidió con la de Evo Morales, el aimara que accedía a la presidencia de Bolivia. Y la diferencia era abismal. Mientras Morales apelaba al cambio de tortilla y estimulaba el rencor de los amerindios históricamente marginados, Obama animaba a los afroamericanos a no hacerse las víctimas y a responsabilizarse de su destino personal y familiar. Y proponía regenerar el viejo sueño americano, no restando, sino agregándole el sueño de los negros.

Y es que el legado moral de Mandela va mucho más allá de su capacidad de resistencia y de la fortaleza con que soportó tantos años de prisión en defensa de la dignidad humana. La gran aportación de Mandela a la historia de la humanidad es la negación del resentimiento. Es el reconocimiento del otro como paso imprescindible de la democracia. Y es la proclamación de esta verdad auténticamente revolucionaria: sin fraternidad no hay libertad.

Lo explica magníficamente John Carlin en La sonrisa de Mandela (Debate, La Campana), un libro que se lee de un trago, lleno de anécdotas que demuestran cómo Mandela respetaba reverencialmente al otro (fuera la secretaria blanca de los presidentes del apartheid, fuera hablando en afrikáner con el general Viljoen). El respeto de Mandela por el otro ganó el corazón de sus enemigos. Gracias al poder del amor, ya sin miedo, los afrikáners abandonaron la tentación de las armas y dejaron que la mayoría negra tomara el poder del país. Siento contradecir al gran Quim Monzó, que se quejaba el otro día de la instrumentalización religiosa del líder africano, pero el hecho es que Mandela, creyente o no, ha sido un líder radicalmente cristiano.

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