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9 DICIEMBRE 2016
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Entrevista a Monseñor Fisichella

Monseñor Fisichella, el caso de Eluana Englaro lo primero que provoca es una reacción inmediata de carácter puramente humano y emotivo: ¿qué se siente al pensar que una persona puede dejar a otra morir de hambre y sed?

En este caso lo primero que tenemos que mirar es a la propia Eluana. Delante de ella hace falta, sobre todo, respeto, y respeto quiere decir darse cuenta de que junto a nosotros hay otra persona. Y aquí está: una persona, una vida humana. Muchos tal vez no lo saben ni se dan cuenta, pero Eluana está viva; Eluana respira autónomamente; Eluana se duerme por la noche y se despierta por la mañana; Eluana se alimenta mediante una sonda, sí, pero esto no significa que no tenga una vida, irreductible, incomparable a la de un vegetal. Entender esto es sencillo: basta recordar que la propia forma de conocimiento humano pasa, antes incluso que por la inteligencia, por los sentidos. Aquí nos encontramos delante de una chica viva, cuya vida debe ser salvaguardada.

Se habla también, y es justo que así sea, del respeto a los familiares de Eluana.

También frente a la familia debemos mantener en todo caso, sea cual sea nuestra opinión al respecto, un profundo respeto. La heroicidad no se le puede pedir a nadie. Ninguno de nosotros está implicado, como lo están los familiares de Eluana, en una situación como ésta desde hace ya varios años y que evidentemente aporta a la vida de una familia un profundo dolor y un gran sufrimiento a todos los niveles, y eso se debe respetar. Dicho esto, la sentencia judicial tiene sin embargo un peso que va más allá del caso particular. Nuestra toma de posición respecto a la sentencia parte del particular pero sirve para considerar el principio general que aquí se pone en discusión.

El debate sobre estos temas se suele reducir a un enfrentamiento entre valores laicos y valores católicos, ¿es éste el problema? 

Yo en ningún momento me he movido, en todo este debate, por consideraciones relativas a la fe. Siempre me he movido, y sigo moviéndome, por consideraciones de orden ético y racional. La ética, por su propia naturaleza, es la búsqueda de los principios fundamentales, que se descubren a la luz de la razón -no a la luz de la fe- y que son el fundamento sobre el que podemos expresar nuestro comportamiento como búsqueda del bien, y por tanto de la felicidad. Le ética es lo que está en la base del juicio de la propia conciencia. Y la ética va en busca del bien. Es inevitable reconocer que en la sentencia lo que se pone en discusión es sencillamente el derecho inalienable de cada uno a la vida. Es más, también la indisponibilidad de la propia vida: los ordenamientos jurídicos, la Constitución, los códigos civil y penal, se han construido todos sobre este principio fundamental que es el principio de la inviolabilidad de la existencia humana y de su necesaria salvaguarda. Esto significa que ninguno de nosotros puede disponer de la vida para la muerte; estamos llamados a vivir, no a morir.

No ha pasado mucho tiempo del caso de Terry Schiavo. Entonces algunos decían: "por suerte, en Italia estamos lejos de una perspectiva así". Ahora, sin embargo, nos encontramos con esta sentencia. ¿Ha cambiado nuestra sensibilidad sobre esta cuestión, o será la propia sentencia la que genere un cambio de mentalidad?

Una sentencia crea jurisprudencia y de ella nacen inevitablemente comportamientos concretos. Lo mismo sucede cuando se aprueba una ley. No me cansaré de repetirlo: una ley hace cultura. Hecha la ley, pasados 15, 20 ó 30 años, es seguro que generaciones enteras pertenecerán a la cultura que nace de ahí. En nuestro país, por ejemplo, se ha dado una deriva progresiva respecto a los valores fundamentales: la primera deriva fue la de la familia, con la introducción de la ley del divorcio; la segunda deriva ha sido la de la ley de interrupción del embarazo, y podemos tocar con la mano la mentalidad que ha generado; la tercera podría ser la de la eutanasia, y la consecuencia será inevitablemente la pérdida del valor, todavía más, de la vida humana. El riesgo es que dentro de unos años sólo quien sea eficiente podrá pensar en disfrutar de su propia vida, mientras que a los ancianos, enfermos o discapacitados la sociedad tenderá progresivamente a considerarlos inútiles.

Hay además otro dato que no siempre tiene repercusión e los medios: el caso de Eluana es absolutamente excepcional, porque en casi todos los casos similares las familias no sólo quieren continuar con el cuidado sino que piden insistentemente más ayudas para llevarlo a cabo.

El caso de Eluana ha hecho emerger con fuerza no sólo los valores fundamentales, que han entrado en crisis, sino que además ha sacado a la luz que en nuestro país hay entre 3.000 y 4.000 casos similares. Desde el momento en que el caso se da a conocer en la opinión pública debería emerger también la necesidad de generar una profunda solidaridad con estas familias, que se sienten abandonadas. Creo que la solidaridad es un valor civil básico, que está incluso antes que el testimonio de caridad que nosotros los cristianos estamos llamados a dar en virtud de nuestra fe. Es necesaria una cultura de la solidaridad; no se debe dejar solas a las personas afectadas por situaciones como ésta, y las familias sobre todo no pueden quedar abandonadas a su suerte. Porque el suyo no es sólo un problema emotivo, sino también económico. El Estado debe ser tomar en consideración el valor de la vida sosteniendo también a las familias que viven esta dramática situación.

Ahora se plantea el problema de lo que sucederá después de la sentencia. Se habla cada vez más de la exigencia de una ley sobre este tema. ¿Cómo espera que se desarrolle el debate legislativo?

El hecho de que el Tribunal de Casación haya emitido sentencia hace inevitablemente urgente que el Parlamento legisle sobre esta cuestión. La única alternativa sería la de una jurisprudencia nefasta que se podría aplicar en muchos otros casos. No podemos asistir cada vez que esto sucede a situaciones de conflicto social y de profunda injusticia con las personas afectadas. Por eso es necesario y urgente que el Parlamento haga una ley al respecto. Yo espero que pueda ser una ley con el mayor consenso posible. De hecho, no estamos hablando de cuestiones económicas: aquí estamos hablando del valor de la vida y de la dignidad de la vida frente a al muerte. Espero que el Parlamento italiano no quiera apostar a favor de la eutanasia, ni activa ni pasiva, y tampoco por formas que puedan esconderla. Espero que haga una ley que pueda favorecer, promover y defender la vida de las personas. Es inevitable que el Parlamento afronte algunos elementos particulares y que los diputados entren en el debate y hagan una reflexión; pero más allá de esto, espero que se llegue finalmente a una situación que devuelva la serenidad a todo este asunto.

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