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4 DICIEMBRE 2016

Clara y los Reyes (Magos)

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Era enero, y el cielo estaba azul. Estábamos lejos de la ciudad… Por Navidad. Los niños íbamos en bicicleta a todas partes. Por la mañana, muy temprano, Clara y yo cogíamos las bicis y, haciendo una carrera a toda velocidad, pedaleábamos hasta la panadería. Allí nos esperaba cada día María, la panadera, que era muy delgada, al contrario de lo que yo siempre habría esperado de una panadera, tenía una sonrisa muy dulce, con hoyuelos en las mejillas, y sonreía más todavía cuando nos veía entrar en su panadería, que no era suya, sino de su padre. Pero como si lo fuera, porque llevaba allí desde niña, y cuando mi padre, de pequeño, iba a comprar el pan como lo hacía yo ahora, se encontraba con María enredando entre las baguettes, las chapatas y todos los demás tipos de panes y todos los tipos de bollos.

Clara llevaba una bolsa de pan y yo otra, porque en la familia, esos días de Navidad, éramos muchos y comíamos mucho pan, y la cantidad de pan nunca era suficiente. Pero aunque hubiésemos llevado cinco veces más pan, se habría agotado, porque en mi casa siempre querían aprovechar todo. Y la comida se aprovechaba lo que más, y teníamos que comer hasta terminar el último trozo no de nuestro plato, sino de las fuentes donde estuviera la comida. Y daba igual que estuviésemos a punto de explotar, siempre había algún mayor que venía y nos decía a los niños, que éramos muchos: “En África los niños se mueren de hambre. Vosotros tenéis comida, así que comportaos como adultos y arrebañad el plato”. Lo que pasa es que yo no veía que los adultos arrebañaran nada de su plato, entonces no entendía por qué nos decían que nos comportáramos como ellos. Pero me callaba y arrebañaba todo, que si no correría el riesgo de quedarme sin roscón el día 6, o, peor, de quedarme sin regalos de los Reyes Magos. Porque los Reyes Magos lo veían todo desde el cielo.

Un día por fin llegó esa noche en que vendrían los Reyes. Eran los mismos Reyes que habían ido a ver al niño Jesús al pesebre hacía mil novecientos ochenta años. Yo muchas veces tenía miedo de verlos, porque seguro que estaban llenos de arrugas, de tan viejos como debían de ser. Porque ellos eran humanos. Entonces, estarían arrugados como los árboles, viejos como un alcornoque viejo. Pero por suerte nunca los vi.

Fátima y Fernando, que eran hermanos y tenían mi misma edad, porque eran gemelos (yo no era gemelo de nadie, pero había nacido el mismo mes del mismo año que ellos), ordenaban perfectamente el cuarto donde dormían. Fátima era muy buena ama de casa, al menos, eso decía Clara de ella cada vez que jugaban a las muñecas, y esto le hacía tener una ventaja con respecto a los demás niños, y es que cogía un líquido para limpiar y limpiaba todo su cuarto de baño, que quedaba reluciente. Los mayores sólo nos decían que ordenáramos nuestra habitación, pero los efes (Fátima y Fernando) se pasaban, y por su culpa Clara y yo nos esforzábamos también por tener nuestro baño limpio. Pero nuestro baño era el mismo, igual que la habitación, que el de nuestros otros tres primos pequeños, que eran muy desordenados y encima lo eran sin querer. No sabían ser ordenados. Pero Clara siempre conseguía que nuestra habitación quedase tan reluciente como la de los efes. Clara quería mucho a los Reyes Magos. La noche del cinco nos mandaba, una vez nuestros padres nos habían obligado a ir a dormir, meternos en la cama y permanecer allí. Entonces iba al cuarto de Fátima y Fernando y les pedía el cristasol y el trapo, porque sólo había uno en la casa y siempre lo cogían ellos primero, y volvía a la habitación y se ponía a limpiar todo. Yo entonces, sin hacer ruido para no despertar a los pequeños, me levantaba y la ayudaba. Me daba envidia su seriedad. Trabajábamos en silencio durante lo que nos parecía una eternidad. Pero yo habría trabajado así para siempre, porque se creaba un clima que parecía mágico, un clima lleno de silencio, un silencio que sólo interrumpía la luna con su claridad, que entraba por la ventana porque las persianas no estaban bajadas. Porque la noche de Reyes nunca las bajábamos. Era más misterioso. Clara decía que así tendríamos más posibilidades de ver a los Reyes. Entonces yo dormía mirando hacia la pared, porque no quería ni por asomo ver a esos tres – buenos – hombres arrugados como pasas. Eran buenos, porque nos traían regalos – aunque claro, nos los traían porque nosotros también éramos buenos -, pero no podían ser agradables de mirar. Clara siempre me decía que en qué tonterías pensaba, que los Reyes tenían la misma cara que cuando fueron a ver a Jesús. Clara siempre decía cosas que me gustaban.  

La mañana del día seis los niños nos despertábamos antes que todos. No es que tuviéramos un despertador ni nada parecido, pero nuestro corazón estaba tan acelerado que nos despertaba con su ruido. Y esa mañana era la mejor mañana del año para mí, porque mi prima Clara era feliz. Y ver esa cara de alegría en su rostro, que tantas otras veces estaba preocupado por algo, era el mejor regalo de todo el año. La alegría del día de Reyes era la alegría más grande del año entero. Se contagiaba, ¡hasta las mujeres dejaban de cacarear como gallinas mientras los niños abríamos los regalos! Era el mejor día. Y hasta se me iba el miedo a los Reyes Magos, y hasta miraba por la ventana de mi cuarto justo después de haber abierto los regalos, sólo por si acaso los que adoraban a Jesús seguían por ahí.

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Farfallina

De formación, periodista. En realidad, sólo vividora.
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