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8 DICIEMBRE 2016
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Paredes desnudas, laicidad vacía

José Luis Restán

La apuesta de Cabrera parece sensata, y de haberse aplicado en el centro en cuestión habría permitido que los crucifijos siguieran en las aulas, porque allí la mayoría de los padres es partidaria de su permanencia, y ha sido el empeño de una minoría laicista el que ha llevado el asunto a los tribunales con el desenlace ya conocido. Pero hay que temer que la doctrina unificada del PSOE sea la que encarnan Blanco y Alonso, que ya advirtió la semana pasada, con motivo del affaire de la Madre Maravillas, que su partido pretende despojar paulatinamente el ámbito público de todo símbolo religioso. No podían recibir los socialistas mejor regalo que esta sentencia, que produce estupefacción al señalar que la presencia del crucifijo viola la libertad religiosa y atenta contra el artículo 16 de la Constitución.                

La cuestión del crucifijo en la escuela se ha planteado ya en otros países europeos y ha dado lugar a diversas soluciones políticas y judiciales. En Francia se apostó por la vía laicista de suprimir los símbolos religiosos en las aulas (llegándose incluso a regular la vestimenta) mientras que en Italia se ha reconocido que el crucifijo es un punto de referencia de la cultura común sobre la que se basa la laicidad de la República, y por tanto puede ser colocado en las aulas. La ley del Estado de Baviera va más allá y reconoce en el signo de la cruz la voluntad de realizar los valores constitucionales inspirados en valores cristianos y occidentales. Como se ve, la gama de soluciones es amplia y ofrece motivos para un debate en profundidad.    

En una entrevista concedida en noviembre de 2004 al vaticanista Marco Politi, el entonces cardenal Ratzinger abordaba el asunto explicando que pueden existir países en los que el crucifijo no expresa una herencia y una orientación moral común, porque la presencia cristiana no ha marcado su historia. Sin embargo para otros, entre los cuales se encuentra España, el crucifijo permanece como un punto de orientación que puede ser reconocido tanto por creyentes como no creyentes, como punto de referencia esencial del tejido ético-cultural compartido por la mayoría de la sociedad. A continuación el cardenal Ratzinger explicaba el significado del crucifijo: "la Cruz nos habla de un Dios que se hace hombre y muere por el hombre, que ama al hombre y lo perdona; y ésta es ya una visión de Dios que excluye el terrorismo y las guerras de religión  en nombre de Dios".

Toda la cultura occidental (la filosofía, la política, la ciencia y el derecho) hunde sus raíces en la concepción de Dios y del hombre que representa de manera suprema el crucifijo. Es precisamente esa concepción la que está en la raíz de la laicidad, que sólo ha podido desarrollarse en este sustrato. Sin la presencia de lo que significa y refiere el crucifijo, la laicidad será un vacío tan desolador como las paredes desnudas de los centros que pretende el PSOE de Zapatero. En un libro recientemente publicado por Ediciones Encuentro, Dios salve la razón, el filósofo ateo Gustavo Bueno explica por qué el Dios de los cristianos ha salvado a la razón humana de sus diversos delirios a lo largo de la historia de Occidente, y hasta qué punto tiene sentido decir que la seguirá salvando en el futuro, ante las amenazas del nihilismo, de la prepotencia del Estado o del fundamentalismo islámico. Para Bueno, que no profesa precisamente la muerte del Dios hecho hombre en la cruz, la noticia llegada de Valladolid sólo puede significar un empobrecimiento de las defensas de nuestra ya débil y acomplejada cultura.

La presencia de la cruz, como signo y brújula de la gran aventura de la cultura occidental, no viola los derechos de nadie ni provoca coacción o merma de libertad, sino que ofrece un punto de encuentro, una memoria de lo mejor de nuestra empresa común y un anclaje seguro con la historia. Por el contrario, la supresión de los crucifijos a golpe de decreto o de sentencia judicial significa el empeño de vaciar a una sociedad de su sustancia, de provocar una ruptura traumática y de excluir la dimensión religiosa de la construcción de la ciudad. Ésta parece ser la senda elegida por el socialismo español: no se atiende a la realidad social, que en la mayoría de los casos reconoce el valor de convivencia que supone la cruz y que puede resolver de manera pacífica las desavenencias que puedan surgir, sino que impone una ruptura y pretende dar forma a esa misma realidad social de acuerdo con sus parámetros ideológicos.

Por otra parte, en aquella misma entrevista el cardenal Ratzinger ya advertía que podría suceder en el futuro que un pueblo pierda su sustancia cristiana, de modo que el signo de la cruz deje de tener una relevancia que avale su presencia en el espacio público. Es una sabia advertencia porque el proceso en marcha apunta en esa dirección, y eso no se frena con recursos judiciales ni con acalorados discursos. Es indiscutible que la raíz de España es cristiana (y el crucifijo es el signo más elocuente de ese hecho) pero hace falta que esa raíz pueda nutrir la vida de los hombres y mujeres de esta generación, y eso nos lleva una vez más al desafío de una nueva misión, de un testimonio y de una educación que permitan experimentar en el presente la verdad y el bien que representa el signo de la cruz. Ésa es la única respuesta vencedora frente a cualquier laicismo.           

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