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7 DICIEMBRE 2016
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La presión internacional puede parar la guerra en Siria

Ricardo Benjumea | 0 comentarios valoración: 3  147 votos
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El 22 de enero arranca en Suiza la Conferencia de Ginebra2, para tratar de poner fin a la guerra en Siria, que ya ha generado cerca de 150.000 muertos y una cifra de refugiados que se acerca peligrosamente ya a los cuatro millones, más los 6,5 millones de desplazados internos. La Santa Sede convocó el lunes a un heterogéneo grupo internacional de expertos, según el cual las posibilidades de un alto el fuego pasan por abordar el conflicto como una guerra en la que, vía terceras partes, están involucrados los principales países de la región.

Ginebra2 es la gran cita diplomática de comienzos de año, aunque no será en esta ciudad, sino en el otro extremo del Lago Leman, en Montreaux, donde arrancará el 22 de enero la conferencia sobre Siria convocada por la ONU, con la participación de los cinco miembros del Consejo de Seguridad, y un amplio número de organizaciones regionales y de países, algunos directa o indirectamente implicados en la guerra, como Arabia Saudí, Turquía o Iraq. Habrá también una representación de España. En España, concretamente en Córdoba, la oposición siria celebró la pasada semana un encuentro para tratar de acercar posturas.

El gran ausentede Ginebra2 será Irán, el principal valedor regional del Gobierno sirio de Bashar Al Asad, pero EE.UU. promete acercar progresivamente al régimen de los ayatolás a la mesa de negociaciones, en la medida en que vaya verificándose que cumple el pacto nuclear acordado en noviembre en Viena. Los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica llegan a Teherán el 18 de enero.

El lunes, un encuentro de expertos internacionales organizado por la Santa Sede, por petición expresa del Papa, se pronunció decididamente a favor de la participación de Irán. La cita tuvo lugar en la víspera de la audiencia de Francisco al Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, que versó en primer lugar sobre Siria, y tuvo lugar en medio de una intensa actividad diplomática desplegada por el Vaticano en el Líbano, ante el temor cada vez más cierto a que el conflicto se contagie a este país, peligro que aumenta con el inicio, el 16 de enero, del juicio en La Haya por el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri. La Santa Sede no sólo realiza una gran labor (junto a las Cáritas locales) a favor de los refugiados y desplazados, sino que se ha convertido en un actor diplomático de referencia para todas las partes en este conflicto. Hace unas semanas, una delegación del Gobierno sirio visitó el Vaticano, con un mensaje del presidente Al Asad para el Papa.

La Academia Pontificia de las Ciencias había convocado a un heterogéneo panel de personalidades con gran conocimiento de la situación en Oriente Próximo, como el ex ministro de Exteriores español Miguel Ángel Moratinos; el director del Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas, el norteamericano Jeffrey Sachs; el Nobel de la Paz egipcio Mohamed El Baradei, o el embajador ruso en Israel. Estaban representadas las distintas afinidades con respecto al conflicto sirio, y eso da especial validez a un comunicado final que, por un lado, pide un alto el fuego inmediato y sin precondiciones políticas –para permitir inmediatamente la asistencia humanitaria a la población civil–, y que, por otro lado, pone el acento en que lo que se dirime en Siria son más bien «rivalidades de las potencias internacionales y regionales».

Ése es un punto importante. La primera conferencia sobre Siria fracasó porque abordó el conflicto en clave de guerra civil. Ese planteamiento es hoy todavía menos viable, en la medida en que cada parte ha consolidado su control sobre importantes partes del territorio sirio y cree aún posible la victoria total sobre el enemigo. Y en el caso de que no lo crea, sabe que el riesgo de ajusticiamientos masivos en caso de victoria del contrario es extremadamente elevado.

La guerra siria no se explica ya sin la participación indirecta, fundamentalmente, de Irán y de Arabia Saudí, ni fuera del contexto de un conflicto más amplio entre sunitas y chiítas. En otro círculo más alejado, habría que situar el apoyo ruso a Damasco, o el de EE.UU. y Occidente a una parte de la oposición al régimen. Más que una implicación militar, lo que hay aquí es más bien apoyo de tipo político, pero un acuerdo entre americanos y rusos (la opción hoy más al alcance de la mano) sería decisivo para empezar a encauzar el fin de las armas. Irán –con un gobierno chiíta en Iraq– ha adquirido ya un protagonismo en Oriente Próximo que no hubiera siquiera soñado hace unos años, y estaría dispuesta a hacer concesiones parciales, a cambio de salir de su aislamiento. Arabia Saudí también ha obtenido ya importantes logros en Siria, pero su apoyo a los insurgentes está alimentando un movimiento yihadista que se ha retroalimentado con el de Iraq (cerca de nueve mil muertos en 2013 en conflictos sectarios, y la violencia va en aumento), y que pone en peligro la estabilidad de toda la región, e incluso podría volverse contra la propia monarquía saudí.

En el momento en que dejaran de entrar armas del exterior y hubiera una presión internacional decidida a favor del alto el fuego, los bandos no tendrían más remedio que acatar. Ése es el único motivo de esperanza, el único de hecho, en que Ginebra2 pueda dar algún fruto positivo.

Qué tipo de acuerdo político se alcance después es algo que quedaría ya en manos de las partes. En el mejor de los casos, la solución llevaría años, y no estaría exenta de brotes violentos.

¿Elecciones libres? No es viable, ni probablemente deseable. Si un gobierno sunita se hiciera con el gobierno de Damasco, chiítas, alauitas, drusos y cristianos empezarían a tener serios problemas. Así que, ¿para qué iba prestarse a eso Al Asad? Un arzobispo siro católico lo ha advertido claramente hace unos días: el problema no son sólo los fundamentalistas; la oposición supuestamente moderada quiere también implantar la sharía.

Una opción claramente deseable, aunque improbable, sería implantar algo similar al complejo reparto de poder entre comunidades que existe en el Líbano, incluyendo a los kurdos, que controlan ya de facto amplias zonas del país. De cara a garantizar la unidad territorial de Siria, sería de gran ayuda una solución de este tipo, o bien una suerte de acuerdo inspirado en los millet del Imperio Otomano, un sistema que permitía cierta autonomía local, y conciliaba razonablemente bien las diferencias religiosas y étnicas.

Para bien o para mal, lo que ocurra en Siria tendrá, en todo caso, enormes repercusiones en el conjunto de Oriente Próximo, donde el actual trazado de fronteras, herencia del Tratado Sykes-Picot de 1916, amenaza con saltar por los aires en cualquier momento, provocando nuevos baños de sangre.

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