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8 DICIEMBRE 2016
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Occidente (el de verdad) siempre vuelve

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El siglo XXI va ser un siglo asiático. Pero de momento Oriente tiene que esperar. China seguirá creciendo mucho, pero menos. Menos del 7 por ciento. El dinero fácil que ha alimentado su industria se ha convertido en un problema. La corrupción amarilla alcanza niveles difícilmente tolerables y la desigualdad hace dudar de la sostenibilidad del sistema.

Los 50 hombres con más dinero del parlamento chino acumulan cinco veces más patrimonio que los 50 hombres más ricos del congreso estadounidense. Y además el gigante comunista se hace viejo antes de ser rico. Sobre India siguen pesando muchas incertidumbres. La mayor democracia del mundo puede dar, en las elecciones de este año, el liderazgo a Narendra Modi. El país, en realidad un continente, estaría entonces en manos de un partido nacionalista hindú que se ha distinguido por su complicidad en la persecución de cristianos y musulmanes.

Occidente, sin embargo, parece que ha vuelto. Estados Unidos va a crear más de dos millones de puesto de trabajo y va a crecer al 3 por ciento. La política monetaria expansiva de la FED está dando resultado. El Tío Sam ya no depende energéticamente del exterior y recupera, por eso, parte del orgullo perdido. La zona euro, a pesar de todas sus deficiencias, va a tener un incremento de PIB del 1,2 por ciento y sigue siendo una reserva de bienestar y de conocimiento.

¿Será que llevaban razón los que en la década pasada se levantaron contra el relativismo multicultural para proclamar que Occidente es superior? ¿Habrá llegado el momento de desprendernos del complejo que nos paraliza desde la descolonización? No hay que ir tan rápido. En Estados Unidos y en Europa avanza una crisis política que según algunos se parece a la de los años 30 del pasado siglo. Tanto a un lado como a otro del Atlántico, las instituciones están en cuestión. Las elecciones de medio mandato, el próximo mes de noviembre, reflejarán lo polarizada que está la vida pública americana. Y entre nosotros los partidos antisistema son una auténtica amenaza para las elecciones al parlamento europeo. Los liberales (The Economist) explican que todo ello es consecuencia de la crisis económica, que tan pronto como vuelva el crecimiento y no haya sacrificios las aguas retornarán a su cauce. Los economicistas no quieren reconocer que tras el desapego hacia la política se esconde un cansancio existencial, una fatiga de la razón que ya no encuentra motivos claros para la vida en común. Si algo nos ha enseñado la crisis es que el libre mercado y una democracia entendida en términos procedimentales no son respuesta suficiente. El consenso de Washington no basta.

Recuperar el “orgullo de Occidente”, en los términos en los que lo hizo la derecha hace diez años, es ingenuo. El nuevo conservadurismo, alimentado en gran medida por viejos troskistas, partía de premisas ideológicas y construía una imagen de las culturas y de las civilizaciones simplista, reducida. Las presentaba como sistemas perfectos y cerrados. Occidente era para esta concepción el precipitado de unos valores estáticos, un compendio de cristianismo anónimo que tenía poco de cristiano. De ahí su beligerancia con el islam y aquellas guerras que tanto mal hicieron.

El occidentalismo es enemigo del auténtico Occidente, un hijo de Atenas y de Jerusalén, educado en la escuela de Roma. La cultura romana no es un mundo cerrado, poseedor de ciertos principios superiores e inamovibles. Es una cultura que tiene que buscar fuera de sí lo que la define. Por eso es abierta y está marcada por el seguimiento. Aprende de Grecia y de Nazaret, y recrea lo aprendido. Depende siempre de una novedad que tiene su raíz en el pasado pero no se aferra a una historia sin vida. La auténtica cultura occidental no tiene miedo al mestizaje. Es su terreno de experimentación y verificación.

En este sentido se puede decir que Occidente es cristiano. No porque sostenga unos ciertos valores que han perdido la relación con la vida que los engendró y que ya no tocan a nadie. Ser auténticamente occidental es tener la experiencia de lo viejo como nuevo, la experiencia del comienzo como (re)comienzo. Y esa dinámica es la que aporta la fe. La fe vivida como acontecimiento. Sólo Aquel judío de Galilea está siempre presente, sólo Él hace todas las cosas nuevas, sólo Él está siempre abierto y siempre en relación.

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