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2 DICIEMBRE 2016
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>Fotografía de Chris Killip

Contar lo que sucede...

Javier Restán Martínez | 0 comentarios valoración: 3  141 votos
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El núcleo de la obra de Chris Killip lo constituyen sus series fotográficas sobre la clase obrera inglesa, la white working class, sometida a las consecuencias del declive de la industria que comenzó en el Reino Unido en los años 70 del pasado siglo. Visto con perspectiva, sin duda su obra tiene el valor de un documento histórico y social de primer orden, pero Killip no tenía esa pretensión, quería reflejar la vida real de la gente, contar sus vidas, captar “lo que pasa” realmente. Y vaya si lo consigue.

En 1973 el British Arts Council propuso al joven Killip formar parte del grupo de fotógrafos que debía documentar el proceso de desindustrialización del centro de Inglaterra. Marchó a Huddersfield con su cámara y aquel trabajo cambió no sólo la dirección de su obra artística (hasta entonces ligada a la fotografía publicitaria) sino seguramente su vida entera. Ahora tenemos el privilegio de ver su obra en la exposición “Work / Trabajo”, en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid, producida previamente para el Museum Folkwang de Essen, en Alemania; es el primer intento de una visión de conjunto de la obra de este magnífico fotógrafo que ahora vive en Estados Unidos y trabaja en la Universidad de Harvard.  

La mayoría de sus retratos y sus paisajes urbanos, siempre en blanco y negro, tienen una especie de evidencia contundente debido a su claridad y nitidez, pero al mismo tiempo siempre están cargadas de una sugerencia misteriosa que es precisamente lo que nos arrastra hacia dentro de cada fotografía y nos obliga a permanecer un rato largo delante de ellas para intentar comprenderla. Un ejemplo clarísimo es Youth on the wall: un muchacho sentado en un muro y plegado sobre sí mismo. No sabemos si ríe o llora, si está aburrido o rabioso. Es una fotografía que puede parecer ambigua, pero yo prefiero pensar que Killip es completamente consciente de lo que hace, y deja un espacio para que emerja el misterio de ese muchacho que él no puede ni quiere explicar.

En general, las personas que retrata están serenamente ensimismadas, tristes, sí, a veces con la mirada perdida, pero esperando algo que no sabemos. Todos los retratos de Killip tienen esta impronta característica, desde los campesinos, vecinos y amigos de sus padres, en la Isla de Man donde Killip nació y vivió sus primeros años, hasta las familias obreras del norte de Inglaterra, como ese joven padre desarreglado y con las manos sucias que lleva a su hijo al cuello durante un desfile…. Este margen de apertura, de misterio, de espera, es lo que dota a sus retratos de una personalidad inconfundible.

Killip es un fotógrafo serio. No divierte. En su fotografía no cabe nada superficial ni hace ninguna concesión oportunista. Necesita comprender a fondo lo que fotografía, y eso lleva tiempo. Pero además, sus fotografías muestran un afecto extraordinario por quienes retrata, y eso lleva aún más tiempo. Se trasladó a Newcastle, en el norte minero e industrial de Inglaterra, y se pasó 16 años yendo de modo recurrente a los lugares que le interesaban, para observar, para hablar con los jóvenes, con las familias, convirtiéndose en una presencia habitual entre ellos. Hasta el punto no sólo de llamar por su nombre a quienes fotografiaba, sino de conocer sus vidas y ser su amigo, como en el caso del pequeño pueblo pesquero de Skinninggrove, donde ha producido una de sus mejores series fotográficas: entraba en sus casas, les acompañaba a trabajar, perdía el tiempo con ellos, asistía al funeral de alguno de los jóvenes protagonistas de sus fotos… Son fotografías llenas de respeto y admiración, hechas “desde dentro”, no como un analista social que quiere fijar datos.

Uno de los aspectos más seductores de la fotografía de Chris Killip es la interrelación de paisaje y retrato. Su “retrato” de los proletarios ingleses no comenzó con unos primeros planos de obreros saliendo de las fábricas, sino con unas magníficas perspectivas de zonas industriales vacías de Huddersfield, donde apenas se insinúa alguna figura humana. Sobre todo es significativa su insistencia en las viviendas obreras, homogéneas y tristes, muchas de ellas clausuradas, otras quemadas. Y dentro de ese panorama desolador, los niños saltan, una mujer juega en la acera con sus hijos, una frágil anciana se asoma por la puerta poniendo un contrapunto a la mole del astillero, o una niña corre los visillos de una ventana con un fondo de torres industriales. Esa permanente desproporción o inadecuación entre los hombres y el espacio donde viven y trabajan, se refleja con una agudeza soberbia en sus fotografías en los astilleros de Tyneside. Cuando los astilleros cerraron, la desolación y la degradación de los espacios avanzó inexorable. Las fotos de casas en ruina donde antes había viviendas de obreros y niños jugando sobre el asfalto tienen un tono casi pedagógico.  

Creo que hay que interpretar el interés de Killip por los espacios, por las líneas y las formas arquitectónicas, por los paisajes industriales, como parte de su tensión por observar hasta el fondo y hacer un retrato “esencial” de estas familias obreras. Esto se ve también en sus fotografías de los recolectores de carbón en Lynemut: familias que viven en sus rulotes, dedicados a acumular el carbón que flota en la costa proveniente de las industrias cercanas. Es otro documento de una forma de vida que por casualidad Killip descubrió mientras viajaba por el norte. Aquí los espacios son abiertos, con el mar siempre de fondo, extremadamente pobres y fríos, y sin embargo Killip logra captar aquí algunas de las pocas sonrisas francas y abiertas que se pueden ver en toda la exposición: padres jugando con sus hijos en los pocos metros cuadrados de la rulote donde viven, o entre muebles abandonados a la intemperie.  

A pesar de ser un hombre cuyo padre “apagaba la televisión cuando sonaba el himno nacional y obligaba a ponerse de pie a todos cuando cantaba Paul Robeson”, sus fotografías carecen de cualquier esquematismo ideológico. Como él mismo afirma, no quiere contar la historia, sino simplemente lo que sucede. No le interesa el poder, sino la verdad, y por ello en su fotografía prevalece siempre la realidad tal como se impone, no hay “discurso” sobre la realidad. Un buen ejemplo pueden ser sus fotografías de las huelgas mineras de 1984: a Killip no le interesa documentar el pulso sindical contra Thatcher, sino mostrar la confusión en la que estaban inmersas las familias obreras. Chris Killip se identifica con la gente y, al hacer sus fotografías, adopta su perspectiva. El resultado es conmovedor. Así pues, no veremos en estas fotos líderes cogidos del brazo al frente de manifestaciones, sino grupos dispersos con estandartes sindicales tradicionales, unos padres ya mayores con su hija descansando entre desperdicios después de una protesta… Ninguna idealización: son “perdedores”.

Este intento de captar la conciencia que tienen las familias obreras de sí mismas le lleva a interesarse sobre todo por su vida cotidiana. Precisamente por eso abundan las fotografías de sus viviendas, pero también recoge ampliamente escenas de su tiempo libre: el fin de semana en la playa con niebla, las familias charlando, la siesta en la arena, fish and chips, adolescentes aburridos esperando en el camino… En todas ellas, incluso en ese duro retrato de varios jóvenes tristes y ausentes drogándose con pegamento, domina junto a una suerte de tristeza una mirada acogedora y respetuosa.  

Efectivamente, la fotografía de Killip tiene un tono respetuosamente “íntimo”, pero siempre guarda una distancia. Su modo de fotografiar es “lento”, pues se exige a sí mismo mucho tiempo hasta que encuentra lo que busca, y hasta que aquellos a quienes fotografía se han olvidado de él. Su modo de hacer fotografía no es en absoluto espontáneo, al contrario, es cuidadísimo: lo que trata de captar es la “espontaneidad” de la vida de aquellos a quienes fotografía. Busca la nitidez, sus fotografías son claras y sin artificios, ni técnicos ni en su composición.

Llegamos al final del recorrido de la exposición y, como si se tratase de un paréntesis, una sala está dedicada a las fotos del reportaje de encargo que realizó en la fábrica de neumáticos Pirelli en Staffordshire. Parece otro mundo. Seguramente si no hubiera visto las fotografías anteriores, estas me parecerían excelentes: una iluminación cuidada al máximo, hombres concentrados en un trabajo de precisión, una mezcla de hombre y máquina preciosa, pero idealizada. Ahora bien, después de que el propio Killip en las salas anteriores nos ha hecho ver y sentir la vida real de la gente real en el norte de Inglaterra, el reportaje de Pirelli sabe a poco y resulta demasiado esteticista. Son fotografías limpias, sin garra, con una claridad de flash e iluminación artificial que trastoca la realidad. No tienen la “suciedad” llena de vida ni la luz natural del cielo siempre gris de sus fotos del proletariado de Newcastle.  

En realidad, ese toque esteticista siempre está presente en sus fotografías. Era muy evidente en su primera etapa, especialmente en las fotos de la Isla de Man, que podemos contemplar en las primeras salas de la exposición, sobre todo en paisajes como la Trilla en Grenaby, que parece un escenario de teatro, o una pintura de Millet. En realidad, Killip comenzó su trabajo en el mundo de la publicidad y cuando comenzó su trabajo más documental y “artístico”, sus fotos siguieron siendo muy formalistas. En la medida que avanza la exposición y vamos viendo las fotografías tomadas en el norte de Inglaterra, vamos viendo cómo su estilo se fue haciendo más profundo, más personal, absorbiendo influencias de los grandes fotógrafos. Pero sobre todo dejándose penetrar de la realidad de la gente, de las familias, de los obreros, del paisaje duro y degradado que iba observando. De esta manera su fotografía se hace cada vez más rica y, diría, más auténtica, pero sin dejar esa inclinación a un cuidado estético extremado.

Killip puede parecer un poco pretencioso cuando, al ser preguntado sobre los fotógrafos que han ejercido influencia sobre su obra,  responde nada menos que Walker Evans, uno de los más grandes fotógrafos de la historia, que fotografió la época de la Depresión americana en los años 30. Pero esta influencia existe y es palpable. Como también lo es, y muy evidente, la de Bill Brandt, cuya obra sobre las familias trabajadoras inglesas de los años 30 y 40 pudo conocer directamente en una exposición durante un temprano viaje a Nueva York. Chris Killip está en esta estela, y seguramente su nombre deba ser incluido junto a ellos.

Work / Trabajo

Museo Nacional Reina Sofía, Madrid

Hasta el 24 de febrero

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