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7 DICIEMBRE 2016
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Israel

José Miguel García

Las dos guerras que los judíos de Israel realizaron contra el poder de Roma tuvieron como consecuencia la muerte de muchos de ellos, bien durante las contiendas bien durante el escarmiento posterior llevado a cabo por los ejércitos romanos, la destrucción de grandes ciudades, como Jerusalén, y también la migración de la mayoría de la población. La dispersión fue favorecida sobre todo después de la segunda revuelta judía, conducida por Simón bar Kokba en los años 132-135; el emperador Adriano castigó muy duramente a los judíos y destruyó totalmente Jerusalén, impidiéndoles además de entrar en  dicha ciudad bajo pena de muerte. Durante siglos el pueblo judío vivió en la diáspora, es decir, no tuvo una tierra propia.

Hacia finales del siglo XIX surgió en Alemania un movimiento antisemita, que se extendió rápidamente por Austria y Francia. En Rusia, poco después, comenzaron a realizarse sistemáticamente los terribles progroms, que arruinaron o exterminaron a miles de familias judías. Durante esa época tiene lugar una migración consistente desde los países eslavos a Estados Unidos y Canadá. Como consecuencia de ese período de fanatismo contra los judíos surge el Sionismo,  fundado por Teodoro Herzl (1860-1904). Poco a poco se comienza a favorecer el retorno de los judíos a Israel. Durante la primera mitad del siglo XX se organizan grupos consistentes de judíos que vuelven con la firme voluntad de luchar por recuperar la propiedad de aquel territorio que en el remoto pasado fue su heredad. Esta lucha llegará incluso a la violencia, pues se organizaron grupos terroristas contra la dominación inglesa sobre todo. El Sionismo obtendrá su gran victoria con la creación del Estado de Israel. El 29 de noviembre de 1947 la ONU vota a favor de la división de Palestina, y el 14 de mayo de 1948 se proclama la independencia del Estado de Israel.

Sólo comenzar su andadura Israel tuvo que hacer frente a una guerra contra Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak; fue la primera de una serie contra los países árabes limítrofes. En 1956 el ejercito israelí realiza una campaña militar para conquistar la franja de Gaza y la península del Sinaí. Once años después un nuevo ataque de las tropas israelíes contra Egipto y Jordania, la famosa guerra de los seis días de 1967. En 1973 tiene lugar la guerra del Yom Kipur como consecuencia de un ataque de Egipto y Siria. La última que recordamos todos fue en julio del 2006, contra Hezbolá. Prácticamente el Estado de Israel ha vivido en una guerra continúa. Y esa es la mentalidad que tiene la mayoría de la sociedad israelí. Quizá esto explica que muchos de sus primeros ministros hayan sido militares. Ciertamente no siempre hay acciones bélicas generalizadas, pero se vive en continúo estado de guerra. Por eso el estado de Israel y muchos ciudadanos están siempre a la defensiva o al ataque. Viven en una continúa dialéctica del "nosotros" y "ellos". La mayoría de sus juicios y decisiones nacen del criterio que domina siempre durante un período de guerra: "quien no está con nosotros, está contra nosotros".

Para poder entender esta posición tan difundida en Israel, nada mejor que estas palabras que he leído en un libro de David Grossman. Para quien lo ignore, Grossman es un famoso escritor judío israelí, pues nació en Jerusalén en el 1954 y en ella sigue viviendo en a actualidad. He aquí sus palabras: "El sentido de asedio y miedo a lo que se trama contra nosotros más allá de nuestras fronteras generan la búsqueda de consenso interno a cualquier precio, un consenso que a veces se asemeja al instinto gregario que experimenta un rebaño cuando advierte un peligro. Pero cuando llegue el día en que no tengamos que definirnos en términos de guerra y asedio, cuando nos veamos libres de la rígida, mezquina y unívoca distinción entre quien está ‘con nosotros' y quien está ‘contra nosotros', entre quien pertenece al ‘nosotros' y quien es un perfecto extraño (y, en cuanto tal, enemigo sospechoso), quizá podremos aprender, poco a poco, a ser más tolerantes hacia otros puntos de vista y otras voces, en cualquier contexto: política, religión, relaciones humanas y, a mayor razón, en las relaciones siempre tensas, llenas de miedo, entre árabes y judíos dentro del estado de Israel [...]. Porque las posiciones combativas, el instinto a la supervivencia, ejercen un influjo negativo dentro de la sociedad israelí. Porque después de más de cien años de incesante conflicto militar y nacional, de guerras y operaciones militares, de ciclos de venganza y represalia, la desconfianza y el hastío que los israelíes se han habituado a proyectar sobre el otro, hacia el enemigo, se han constituido en una actitud, un comportamiento casi automático respecto a cualquiera, también si éste es ‘uno de la familia', si es un hermano".

Ciertamente esta posición no es la más adecuada para favorecer la paz, pero tampoco para construir un país. Como el mismo Grossman reconoce, una posición así destruye los lazos internos, la misma cohesión social, y a la larga la existencia de la identidad nacional: "Está en juego la cohesión social y civil, el sentido de identificación que es el mínimo indispensable dentro de un estado. Está en juego el valor de una pertenencia común y una responsabilidad recíproca. Israel está perdiendo uno de los bienes más preciosos que un pueblo puede tener: el sentido de la identificación nacional". Estas palabras del conocido escritor israelí me han hecho pensar en lo que está sucediendo en nuestro país, favorecido sistemáticamente por el actual gobierno y buena parte de los medios de comunicación que le sostienen. También ellos se han situado en esta dialéctica belicista del nosotros y ellos. Semejante gobierno no sólo tomará decisiones instintivas y reaccionarias, sino que generará en la sociedad un clima de represalia, desconfianza y venganza que será muy difícil de superar en los próximos años.

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