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2 DICIEMBRE 2016
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Ni anónimos ni teocon, sólo cristianos

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Ha vuelto. En realidad nunca se fue. Es una de las polémicas habituales de cualquier democracia. En España levanta pasiones. Se sintetiza en una pregunta: ¿puede la ley en un Estado moderno reflejar una determinada concepción moral, incluso una experiencia religiosa? La novedad es que desde las páginas de El País, el periódico más laico, se haya respondido afirmativamente

Pero empecemos la historia desde el principio. El anteproyecto de ley que corrige la legislación del aborto de Zapatero ha sido acusado de “ideológico” por la izquierda y por cierta parte de la derecha. El fantasma del “nacionalcatolicismo” se pasea de nuevo por los corredores de la vida pública española. Si se protege más la vida del no nacido es porque se legisla desde un sistema de ideas y de valores. En este caso es el de los cristianos que no se han enterado de que el franquismo se ha acabado.

El abogado José María Rodríguez Soroa, en un artículo titulado “¿Y cómo se hacen las leyes?”, afirmaba hace unos días desde el diario de Prisa que las críticas parten de un postulado falso. En democracia todas las normas se alimentan de una determinada concepción moral. Y agarrándose a Habermas explicaba que los “ciudadanos religiosos” pueden hacer oír su voz en el debate público sin prescindir de su propia identidad. Lo que hace falta, añadía, es que moral y religión no recurran a “una ética derivada directamente de la tradición histórica” sino de un “racionalismo reflexivo”. La cuestión se formula lejos de viejos complejos. Desde El País a Soroa le ha respondido Rodrigo Tena, otro jurista que está en la dirección de UPyD. Tena no niega que las leyes deban responder a una concepción moral pero defiende (¿) que es más “práctica” una ley de plazos que una ley de supuestos.

En cualquier caso el debate ha quedado sobre la mesa. Se refiere a una cuestión que no está ni mucho menos superada. Es lógico que en España se tenga miedo a lo que Borghesi llama “teología política”. Durante cierto tiempo la dictadura se alimentó de una las muchas formas de identificación de lo político con lo religioso que se construyeron en el siglo XX. Siempre existe esa tentación que en realidad es una secularización de la verdadera religiosidad. La falta de distinción entre lo sacro y lo profano, el uso de lo religioso para generar lo político, sigue entre nosotros. Se podía oler en algunos de los gurús de Bush. En los neocon. Y ahora es fácil seguir su rastro tanto en cierto occidentalismo como en el yihadismo o en el hinduismo nacionalista que quizás llegue a gobernar la India. El catolicismo fiel a sus orígenes no tiene nada que ver con semejante falta de distinción. Benedicto XVI lo dejó claro en su discurso al Bundestag de septiembre de 2011: “contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación”.

Junto a la amenaza de la teología política, en el otro extremo (por eso se tocan), nos encontramos con el dualismo. Según esta posición la razón política y la razón religiosa (la fe) no deberían nunca cruzarse en el camino. Son dos esferas autónomas. Es la “solución” que muchos adoptaron antes y después de la transición a la democracia. No es casualidad que tanto la izquierda como la derecha católica de entonces hicieran una cierta lectura de Maritain que justificaba la “privatización” de la experiencia cristiana. La única aportación que podían hacer los católicos tanto al nuevo Estado que se creaba en esos momentos como a la vida social debía estar fundamentada en la mediación de la ética. En unos valores que, “por fuerza”, debían tener un origen anónimo.

En términos negativos las reducciones parecen claras. ¿Se puede decir algo en positivo? El Papa emérito aquel verano de 2011 daba pistas precisas: el cristianismo siempre se “ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho”. Hablaba no de una razón positivista y funcional (imagen del bunker) sino de una razón “abierta al lenguaje del ser”. El entendimiento que descubre las leyes de la naturaleza y que construye la convivencia es el mismo que reconoce al Creador y que se adhiere al Misterio hecho carne.

No se trata de repartir las tareas entre la fe y la razón. Ni de definir hasta dónde llega cada una. Es una cuestión de circularidad. Por eso el punto decisivo es hacer experiencia de que la razón puede ser sanada y ensanchada por el cristianismo de modo que se convierte en una mayor inteligencia de la realidad: para entender lo que es justo y lo que no lo es, para ofrecer un modo más humano de concebir el derecho, las leyes y ordenar la convivencia. Esa razón comparece en el espacio público sin privilegios y sin el respaldo de ninguna autoridad exógena al juego democrático. Se somete al tribunal de la vida. El examen no es percibido como un ataque sino como una provocación positiva. Hablamos de la provocación que recorre la modernidad y que ha servido para purificar la fe de muchas adherencias. Así es como se ha fraguado la mejor tradición europea que de forma fatigosa ha ido construyendo una laicidad positiva y una concepción de los derechos humanos que es expresión de la dignidad de la persona.

En última instancia la “mediación” entre lo religioso y lo político no está en la ética que será siempre una consecuencia. La mediación está en la persona, en el yo, que por fuerza es comunitario. Está en un yo que, marcado por la fe, vive el conocimiento y la construcción de lo social como algo nunca acabado. En apertura hacia todos.

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