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7 DICIEMBRE 2016
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Los esclavos felices: nueva ley catalana de voluntariado

Roberto Veira | 0 comentarios valoración: 3  73 votos
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El Parlamento catalán discute ahora el proyecto de ley de voluntariado. Nueva vuelta de tuerca al intervencionismo del Estado, que a cambio de obediencia debida, y con la connivente ignorancia de los ciudadanos, consolida su política clientelar.

A pesar de lo que propone la Carta europea para los voluntarios de que “el trabajo voluntario no debe ser un privilegio de ciertos grupos de la sociedad”, el propósito que se pretende con esta ley no es otro que el de beneficiar al sector más duro de las organizaciones de voluntariado con concesiones políticas.

El proyecto de ley se configura como un acuerdo entre las organizaciones de voluntariado catalanas y la Generalitat, para delimitar aquello que hacen las organizaciones más importantes o las que más peso político tienen y, diferenciándolo del resto, regular qué es y qué no es voluntariado. Las que no entren en el denominado censo de organizaciones de voluntariado dejarán de recibir subvenciones públicas, ni participarán de la interlocución con la Administración.

La inquietante redacción de la propuesta comienza en su objeto. Según éste, el voluntariado es la puesta en marcha de actividades encaminadas a “transformar la sociedad”, sin explicar a qué se refiere esto.

No se trata, por tanto, de fomentar oportunidades para todos y especialmente para los más vulnerables, sino de trabajar en los ámbitos previamente definidos en la ley (art. 4), en lugar de dar libertad, conforme a la supuestamente reconocida (art. 3) “independencia de los poderes públicos”.

Y es que sólo se consideran voluntarios los que realizan actividades de voluntariado a través de entidades privadas sin ánimo de lucro. Lo que descarta la posibilidad de que haya por ejemplo voluntarios dependientes directamente de la Administración Pública, en un polideportivo municipal, una biblioteca, en protección civil, etc.

También se excluye el voluntariado académico porque considera que si un estudiante recibe créditos, no es voluntariado.

Tampoco se honra la libertad de las organizaciones de regular el contenido de su relación, respetando su diversidad, tamaño e ideario, sino que se entra a regular pormenorizadamente derechos y obligaciones, sobradamente reconocidos en la Declaración Universal sobre el Voluntariado.

No se puede negar la herencia genética de los autores que, al hablar del fomento del voluntariado, en el artículo 15, no hablan de subvenciones, sino de convocar regularmente programas de apoyo, no sea que se comprometan los presupuestos futuros y haya que cumplirlos.

El proyecto de ley de Cataluña, al fijar límites en tantos aspectos sobre lo que es y no es voluntariado, resulta excluyente en algo tan abierto, espontáneo y libre como es el voluntariado y es contrario a la diversidad, riqueza y tradición del movimiento voluntario universal, y también del catalán.

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