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9 DICIEMBRE 2016

¡Proletarios del mundo, no tenéis derecho a la prole!

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Me van a permitir un juego de palabras y de pensamientos, que simplifica un tema, sin duda, de extremo interés por las pasiones que desata, tanto en su defensa, como en su ataque.

Permítanme decir que en el diccionario de la RAE (DRAE) -Real (y muy docta) Academia Española de la Lengua –castellana o española, aunque esto da para otro discurso, sobre si existe la lengua española o ésta es la suma de todas las lenguas habladas en España, más el dulce castellano iberoamericano y nortemaericano,  bla bla bla); decíamos, que en el DRAE, que es como decir, en Internet o en mi pueblo, la palabra “embarazo” se define, en su primera acepción, como un impedimento, dificultad y obstáculo. Vaya.

Sólo en su segunda acepción, nos ilustra el DRAE con que embarazo es el “estado en que se halla la hembra gestante”,  que resultaría de aplicación también a la hembra de la especie homo sapiens sapiens  (y otros homo, como el neandertalis, y los que van saliendo en Atapuerca del centro de la Tierra, de la mano de grandes prohombres de España como Arsuaga y compañía, que sí son profetas en su tierra).

Desconozco el mérito para ocupar la primera, la segunda o la tercera posición, y es algo que dejo para su estudio en esta web www.rae.es/publicaciones/53-acepciones .

La tercera acepción es aún más sorprendente, más si cabe cuando uno espera que la segunda ocupara la primera. Se trata de definir embarazo como aquel “encogimiento, falta de soltura en los modales o en la acción”.

Así me quedo al leerlo, encogido, falto de soltura, algo paradete, eso, embarazado aun siendo hombre -y venga si es cursi decir que un hombre lo esté, y más cursi sentirse, y vestirse o travestirse (de hembra gestante)-; iba a decir, o por seguir, que el verbo “embarazar”, es sinónimo de impedir, estorbar, retardar algo. Después, se define como “dejar encinta a una mujer”, se entiende que por medios tradicionales (usualmente los más divertidos), científicos (algo forzados) y mistéricos (cuestión de Fe). El DRAE sigue diciendo que embarazo “dicho de una mujer” es  “quedarse embarazada”. Es una útil precisión. Dicho de un hombre o de un hombre lobo, vaya usted a saber qué podría ser. La última y cuarta acepción supone “quedar impedido con cualquier embarazo”. Algo así como cualquier impedimento.

Si hacemos lo ídem con “gestar”, (Del lat. gestāre, llevar), su primera acepción es “dicho de una hembra: llevar y sustentar en su seno el embrión o feto hasta el momento del parto”. Seno, pueden ser muchas cosas, por cierto. En su segunda acepción significa “preparar o desarrollar algo, especialmente un sentimiento, una idea o una tendencia individual o colectiva”. Y con “aborto”, de la palabra latina “abortus”, pues tenemos que es la “acción de abortar”, la “interrupción del embarazo por causas naturales o deliberadamente provocadas, (que) puede constituir eventualmente un delito”, o bien, “ser o cosa abortada”, y finalmente, se asocia aborto con ser un “engendro, monstruo”.

En conclusión, digamos, de alguien que defienda la vida, el aborto sería aquello que sucede cuando una hembra que es gestante, porque ha quedado previamente embarazada por cualquier medio, experimenta en sus carnes la interrupción de la gestación, por cualquier causa y/o medio, del embrión o feto que llevaba dentro, de modo que éste, un ser humano concebido –pues no salen elefantes o pulgas, por lo general- en plena formación y crecimiento, no nace.

Para alguien que defienda el aborto me temo que es acabar con una cosa, que aparece por los medios expuestos dentro del cuerpo de la mujer, pero que no alcanza la condición humana más allá de la “idea de ser humano”, hasta nacer, o en función de unos plazos mutables. Es decir, el feto es pura potencia en vez de puro acto, de modo que es susceptible de ser destruido por la exclusiva voluntad de la gestante, sin que pueda tener derecho alguno (aunque el ordenamiento los reconozca en el caso de las herencias, por ejemplo). La gestante no se concibe –con perdón lo de “concibe”- como madre, sino como víctima de un impedimento, dificultad y obstáculo, o de una mala idea, y como tal salvable o cambiable, y por supuesto, justificable.

Es difícil aproximar ambas concepciones (perdón otra vez por lo de concepción), pues una es real y la otra es una invención. Esta separación de lo real y lo fantástico, en el mundo en que vivimos, se llama esquizofrenia, y es una incipiente epidemia.

Antes, siempre, el que abortaba sabía muy bien que lo que venía era un zagal o zagala, del vecino, del enemigo, o del colega, y que sin pan, pues no quería el bebé. Pero antes, la vida era más dura, dado que morían el 50% de los recién nacidos al año de nacer, y antes de los 3 años, otro tanto. Antes al bebé se le miraba ciertamente “cosificado” hasta el punto de no ponerles nombre muchas veces (siglo XVII), pues además era el mal parto la primera causa de mortalidad femenina.

Por eso, el que ahora exige un derecho a abortar está anclado en el pasado, y en un pensamiento muy muy antiguo, donde aborto y gestación son, como poco, impedimentos, en una confusa y compleja asociación de conceptos. En ese no tan lejano pasado, no había Declaración de Derechos (preexisentes) del Hombre, ni estaba reconocido el derecho a la vida, ni a la libertad, ni a nacer.

Ahora, además, se defiende el aborto como un derecho, como una idea, que parece mejor siempre que defender un acto que siempre ha significado un drama, una muerte, tangible, palpable y roja, por sangrienta, y ciertamente peligrosa para la mujer. Un drama. Una pena. Un dolor. Un riesgo. Un sufrimiento de la madre, que siempre es mujer, y de la mujer, que siempre es madre, al estar preparada mental y físicamente para dar un amor humano y una calidez y bondad, que conmueve al más maldito. En definitiva, un sufrimiento del que ya no nacerá. Y de eso se trata entonces, evitar un sufrimiento a la mujer causando otro, y pudiéndole provocar con altas probabilidades, secuelas psicológicas, tan difíciles y laboriosas de tratar (sin duda, más que dar en adopción al bebé, en un país que pierde vida por momentos).

Acabo, como jurista, diciendo que considero una contradicción en sus propios términos que exista un derecho a no portar la vida, por parte de aquella que la naturaleza le dota de la capacidad de darla. Igual que si existe un derecho a la vida, su opuesto no puede ser el derecho a matar, sino, más bien el derecho a no darla de manera coaccionada (es decir, el derecho a no concebir por obligación).

Si la mujer y el hombre fueran ingenieros de una fábrica de coches, el embrión fuera un coche, y la gestación la cadena de producción dentro de la fábrica, y vieran un defecto en un coche, o cambiaran de idea por las razones que fueran y prefirieran no producir, lo lógico sería sacar ese coche en el momento que sea, de la cadena de producción. Esta lógica cientificista, economicista y utilitarista se aplica al ser humano al exigir el derecho a abortar. La prueba de la extensión de esta manera de pensar es que todos entienden este ejemplo. La crítica vendrá de comparar a la mujer y al hombre como productores de hombres, pero el que lo ataque, sólo podrá negar la inconveniencia del ejemplo, que sólo es un ejemplo, no así la capacidad de ser madre de la mujer, que es de lo que se trata de demostrar. Ni el hombre ni la mujer son máquinas de fabricar niños, pues verles así sería verles como un medio para un fin, mientras que todo hombre y toda mujer son un fin en sí mismos. Sean padres o no, siendo esto, por tanto, secundario. Si hay amor, querrán hijos. Si hay apegos a las cosas, querrán mejores, casas, coches, viajes, ropa y comida y dirán en el mejor de los casos, que para sus hijos.  

En todo esto, resulta especialmente preocupante que se quiebre la relación de una madre y una hija, si esta sabe que su madre tuvo derecho sobre su real existencia, y que la tuvo sobre una hermana que no llegó a nacer. En todo esto es especialmente preocupante, por ser realidad, y más aun por no haberlo escuchado nunca, que el sistema de consumo masivo en que vivimos, al servicio del capital y no al servicio del hombre, ha quitado al hombre siquiera el derecho de ser proletario, de ser. Proletarios del mundo, ya no lo seremos. Somos los hipotecados del mundo, los pagadores del mundo, sin hijos, pero con el derecho al aborto. Este es el verdaero drama de nuestro tiempo, que se extirpa el deseo de querer niños corriendo por el pasillo y despertándote por las mañanas y sus noches. A cambio, tenemos el derecho a no tenerlos,….¡Pero si el drama es que no los deseamos! Si el comunismo fue justo que naciera, hoy no podría alegar la causa de los hijos, de la prole. Acaso, la causa que se esgrimiría ahora sería la de no poder consumir en igualdad de condiciones.  

Que tengamos ganas de vivir. Quiero para el mundo el derecho a ser nacido, a ser amado, a ser acogido, a ser dependiente y a ser responsable de nuestra libertad. A SER, humano y no cosa, robot o máquina o fábrica.

Como decía el editorial de PáginasDigital recientemente: “El Papa emérito aquel verano de 2011 daba pistas precisas: el cristianismo siempre se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho”. Hablaba no de una razón positivista y funcional (imagen del bunker) sino de una razón “abierta al lenguaje del ser. El entendimiento que descubre las leyes de la naturaleza y que construye la convivencia es el mismo que reconoce al Creador y que se adhiere al Misterio hecho carne”.

Nosotros, seguidores de Jesús, el de Nazaret, Belem, Jerulasem, el judío, el que fue Niño, que murió en la Cruz, que sería hoy como morir en la silla eléctrica, nosotros, seguidores de Jesús, ¿abordamos el aborto desde el derecho al deseo de tener hijos como corresponde a nuestra naturaleza humana y así lo trasmitimos, o desde la ideología del derecho a tenerlos (o no) que se autodetermina esquizofrénicamente de nuestra natural condición de seres vivos, y mortales?

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Tres autores. Tres visiones. La del jurista abierto a la sociedad global, la de la antropóloga, ensimismada por el corazón del hombre; la del buen hombre de paz, ya anciano y, por eso, sabio y aun idealista, que habla de política.
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