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5 DICIEMBRE 2016
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Hombres irreductibles ante los desastres

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 3  118 votos
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«¡Llueve, gobierno ladrón!». Nada mejor que las expresiones populares y proverbios describe mejor, aunque de forma un tanto grosera, una costumbre afianzada con el tiempo en la vida de un pueblo. ¿Cuál, en este caso?

La necesidad, ante las adversidades que escapan a nuestro control, de identificar al culpable para descargar sobre él la responsabilidad (es la solución, tan antigua como el hombre, del chivo expiatorio), pero sobre todo para eliminar la evidencia de que no somos dueños de la vida. Para desactivar las alarmas de nuestra precariedad.

Todos los días, los mass media nos hacen llegar desde un extremo al otro del mundo imágenes dramáticas de inundaciones, huracanes, temporales, tornados, tifones… El parte de guerra de las calamidades naturales parece registrar una preocupante aceleración. Es imposible no quedar consternados ante esta serie de desastres que van sembrando la muerte a su paso. ¿Por qué suceden? ¿Es la venganza de la tierra por la imprudente actitud del hombre hacia ella? ¿El brusco y amargo despertar del hombre posmoderno del delirio de omnipotencia tecnológica al que se había entregado?

Hemos leído y seguimos leyendo sesudas intervenciones de estudiosos y expertos en la materia. Incluso yo en otras ocasiones he escrito sobre esto.

La Iglesia, en sus niveles más autorizados, no deja que falte a este respecto un juicio propio y claro, a veces incluso severo. El Papa Francisco, hablando acerca de la creación y de la custodia del medio ambiente, ha alzado la voz muchas veces contra los ídolos del lucro y del consumo. Y las páginas de la Caritas in veritate de Benedicto XVI dedicadas a estos temas son una mina de indicaciones agudas y pertinentes, aunque también, desafortunadamente, ignoradas aún por la mayoría o injustamente infravaloradas.

Sin embargo, puntualmente, junto a los grandes desastres sucede también un milagro. Pienso en los brotes de vida buena que tenazmente despuntan en medio de la destrucción. Pienso en el ímpetu de solidaridad que siempre se renueva entre la gente, que derriba los muros de individualismo normalmente erigidos por el hombre de nuestro tiempo con una fuerza aún mayor que la de las aguas que arrastran a su paso a los hombres y a sus casas. Es una costumbre que no decae ni en el tiempo ni en el espacio, hasta tal punto ha arraigado en la vida de los hombres y de los pueblos, como signo irreductible de un bien que resiste allí donde parece ejercer su dominio el mal. Yemas de amistad cívica en las ramas aparentemente secas de nuestra convivencia social. Lejos de apagarla, la fe alimenta esta costumbre solidaria. Bastan dos ejemplos, tomados uno de la vida de ayer y otro de la de hoy.

Hace unos días una cadena televisiva repuso la película El retorno de don Camilo, con las inolvidables escenas de las inundaciones de la región del Polesine en 1951. «Las aguas salen tumultuosas del lecho de los ríos y todo lo arrollan –dice don Camilo a su gente–; pero algún día volverán amainadas a su cauce, y el sol brillará de nuevo. Y si por último ustedes hubieran perdido todo, aún serían ricos, pues no habrán perdido la fe».

El cardenal Tagle, visitando a los pueblos de Filipinas afectados por el terrible tifón del pasado mes de noviembre,  afirmó: «Estoy viendo una oleada de amor que se extiende por todas partes. Y donde hay amor, está Dios. Este momento de dolor es también un momento sagrado».

También esta vez quiero proponer algunas hipótesis de trabajo que puedan animar a reflexiones posteriores para profundizar en ello. En primer lugar, un leitmotiv muy querido para la doctrina social de la Iglesia: el hombre es “morador” y no “dueño” de la creación. Frente a la naturaleza y su violencia, no es ni esclavo ni omnipotente. A encontrar el justo equilibrio entre ambas posiciones nos ayuda una afirmación del Papa Francisco en el Angelus del pasado 17 de noviembre: «Ante las calamidades naturales, Jesús nos libera del fatalismo y de falsas visiones apocalípticas». ¿Cómo aprender a convivir con nuestra incómoda y fascinante condición de hombres, es decir, con la paradoja de nuestra pequeñez y de nuestra grandeza?

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