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8 DICIEMBRE 2016
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>Víctor Manuel Tirado, profesor de Filosofía en la Universidad San Dámaso

"No se puede juzgar la altura de los países sólo por su economía"

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¿Cómo queda la filosofía y como quedan las humanidades tras la última reforma educativa?

Mal. Es un proceso aparentemente imparable de eliminación de las humanidades (que no deben confundirse con las ‘ciencias humanas’) de la enseñanza secundaria y del bachillerato. En la LOMCE, tan sólo queda Filosofía como troncal en primero de bachillerato. En secundaria queda “Valores éticos” —cuyo título apunta ya a que no es una disciplina filosófica en sentido plenario, es decir, una disciplina reflexiva y que enseñe a pensar a los alumnos— y, además, como alternativa a la religión, como si las dos disciplinas no fuesen fundamentales para la formación de los jóvenes. La Historia de la filosofía desaparece como troncal en el segundo curso de todos los bachilleratos, quedando como optativa, lo cual no es sino otra terrible vuelta de tuerca más en este loco proceso de pérdida de la reflexión humanística. Acababa de finalizar yo mis estudios de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid (allá por 1986) y ya entonces con aquella reforma educativa de la democracia (de las primeras, la llamada LODE) se cernían oscuros augurios sobre la filosofía en la enseñanza secundaria. Desde aquellos primeros años de mi vida, entregada en gran parte a la filosofía, una y otra vez, con cada nueva reforma surgía en el horizonte político la sombra amenazante de la expulsión (o cuasi-expulsión) de este quehacer esencial para el hombre en esta etapa decisiva de la formación de las personas. En cada ensayo de reforma siempre se ha cernido acechante la amenaza sobre la filosofía y entonces, quienes estamos persuadidos de que esta asignatura —en cualquiera de sus formatos: ético-político, sistemático o histórico— es fundamental para la formación básica de los jóvenes y de los ciudadanos en general, hemos sentido repetidamente la obligación moral de defenderla. Treinta y siete años han pasado desde entonces, y el acecho, como es palpable, no ha cesado, y desgraciadamente avanza.

¿Por qué le parece tan importante la filosofía para formar a los jóvenes? A muchos les parece una pérdida de tiempo.

Una de las tareas de la que más orgulloso estoy y que más me ha enseñado ha sido mi trabajo como docente en la enseñanza secundaria y en el bachillerato durante diecinueve años a la par que en la universidad. Mi experiencia es que, salvo raras excepciones, los alumnos se dan plenamente cuenta de la importancia de la filosofía en su formación, y los que dicen no darse cuenta, cuando te los encuentras años después, ¡ya lo creo que se han dado cuenta! Otra cosa es el deterioro general en el ambiente educativo de los centros, que tiene sin duda que ver con este problema del que estamos hablando. El drama, cuando no tragedia, del hombre moderno —y también del postmoderno— ha sido su progresiva pérdida y desarraigo del extraordinario caudal de sabiduría en el que nace y al que pertenece y del que Husserl ya advertía en el más dramático siglo XX. Las enormes posibilidades técnicas que abría para el hombre moderno la invención del método empírico matemático, iba a la par acompañado de la tentación de reducir toda racionalidad a la racionalidad ‘positiva’. Esto dio lugar a diversas formas de positivismo, desde el de Comte, al de Stuart Mill o el del Círculo de Viena. Hoy día hemos pasado de este positivismo, él mismo, paradójicamente, filosófico, a un positivismo fáctico —algo similar a lo ocurrido con la religión, hemos pasado de un ateísmo militante, a una especie de ateísmo fáctico—. La mentalidad actual ni siquiera se preocupa de defender filosóficamente la ciencia frente a la filosofía, simplemente se encomienda de hecho a la ciencia y trata a toda costa de imponer las opciones de valor subyacentes a este pragmatismo inmanentista (sólo lo concreto apropiable materialmente en la inmediatez del ahora vale). Y, sin embargo, la ciencia (ni la técnica como su prolongación pragmática) no sirve para conocer y comprender lo propiamente humano, la vida del hombre, su sentido y su finalidad en la que se alcanza la felicidad. Lo esencial de la vida humana es su vida de conciencia. La propia ciencia es ella misma una actividad de la conciencia humana, un quehacer espiritual. Es por ello que no es posible conocer ‘científicamente’ la ciencia. No se puede conocer el propio método y esencia de la ciencia con el mismo método científico. No se puede saber qué es la física con la física, del mismo modo que el ojo no puede verse a sí mismo; al contrario el hombre necesita elevarse a la filosofía de la física o filosofía de la ciencia —a la ‘meta física’— para examinar qué es la matemática que ella utiliza, cuáles son las bases de la medición, qué es un concepto, de dónde saca su legitimidad el razonamiento lógico, por qué surge, cuál es su finalidad… En resumidas cuentas, sólo la filosofía es capaz de elevarse a la crítica y a la reflexión, sólo ella —en el plano del saber teórico humano, que es del que aquí hablamos— es capaz de liberar al hombre de una vida automática, ciega, conductista, cósica… Sólo las humanidades (la filosofía, la teología, la historia y las ciencias del espíritu en general) son capaces de posibilitar al hombre el conocimiento de sí mismo. En la enseñanza secundaria y en el bachillerato la filosofía es imprescindible para que los jóvenes accedan a la reflexión sobre lo que ellos mismos son, sobre lo que hacen en el centro educativo, sobre su vida social (afectiva, moral, política, religiosa), así como sobre las posibilidades que su naturaleza consciente y espiritual les abre en su vida. En todas las reformas se comienza grandilocuentemente hablando de estos fines de reflexividad, crítica y autonomía racional…, pero luego lo que se ve de hecho es un servil sometimiento a un vulgar pragmatismo positivista.

¿Por qué las humanidades han ido perdiendo peso? En otros países no es así.

No estoy seguro de que en otros países no sea así. No lo puedo asegurar en este momento, pero salvo Italia, que aún conserva un bachillerato muy potente en humanidades, y Francia que ha conseguido mantener un cierto nivel reflexivo a pesar de, a mi juicio, muchos errores en política educativa, me parece que la gran mayoría de los países occidentales han optado por este pragmatismo positivista del que hablo en la educación, dejando para élites la formación filosófica. Las humanidades han perdido casi todo su peso. Por lo que decía antes, la postmodernidad representa en mi opinión el triunfo de un positivismo fáctico, que se ha hermanado con un nihilismo de cuño hermenéutico, según el cual el hombre no puede conocer nada verdaderamente importante y esto subyace a todas las ideologías actuantes políticamente. En realidad esta idea viene rondando desde hace mucho. Hay una simbiosis entre pragmatismo positivista y nihilismo. Ya Comte decía que la pretensión de conocer algo sobre las cuestiones decisivas que afectan al hombre es una ingenuidad infantil propia de los estados teológico y metafísico de la humanidad, que debían ser definitivamente suplantados por un saber intrascendente —el de las nuevas ciencias empírico-matemáticas, que sólo operan sobre fenómenos, es decir, sobre la percepción externa de objetos corpóreos— pero capaz, eso sí, de suministrar ‘orden’ y ‘confort’. Cada vez que pienso esto, se me ponen los pelos de punta. Aprender a fabricar lavadoras (dígase ordenadores, cohetes…) es lo importante, no indagar quién es el hombre y cuál es la vida buena. Occidente ha ido intentando rellenar el hueco que inexorablemente han ido dejando las humanidades y la religión con otras ciencias que, increíble, banalmente se ha pretendido elevar al estatuto de ‘ciencias primeras’. La sociología, la psicología, y ahora la economía. Hoy parece atribuirse a la economía y a sus gurús la potestad de salvar a la humanidad. En la reforma hay nuevas asignaturas troncales de economía. Pero la economía no es filosofía primera, en todo caso es otra ciencia instrumental más, otro especialismo y particularismo. Nada más. Si he de serle sincero, no creo que Estados Unidos, o Noruega, o Dinamarca o Alemania estén mejor que nosotros. No creo que se pueda juzgar la altura de los países sólo por su economía. Lo siento.

¿Qué consecuencias tiene la pérdida de la estima por la cultura clásica?

En parte depende de lo que se entienda por cultura clásica, pero, en todo caso, nefastas. Seguimos siendo herederos de la ilustración europea, y entonces parece que desde el final del Imperio romano al Renacimiento no pasó nada que merezca la pena conocer o estudiar. Creo que éste es uno de los fraudes más terribles que se han llevado a cabo en la historia. No cabe duda de que Grecia es impresionante. Mi admiración por los griegos es enorme (más que por los romanos en tanto que romanos, la verdad). Pero me parece increíble el ninguneo al que se ha sometido a ese período que va del siglo V al siglo XIV. En definitiva, no se trata sólo de las nefastas consecuencias que conlleva la pérdida de la cultura clásica (yo no me canso de decir a mis alumnos que llevamos el griego filosófico en la sangre: ‘lógica’, ‘psiquismo’, ‘psicología’, ‘pedriatría’, ‘hipotenusa’, ‘paradigma’, ‘entelequia’… hablan griego), sino de la fraudulenta reducción de lo que nos ha engendrado históricamente a sólo dos aspectos de la cultura. ¡Falta lo cristiano! Que es al menos tan importante como lo griego y lo estrictamente romano. Pero, sí, sin interiorizar nuestra herencia del pasado —artística, filosófica, religiosa— no sabemos quiénes somos, y eso, para la juventud, es una terrible debilidad que les hace enormemente frágiles y manipulables por el poder.

¿Cómo podríamos retomar la educación en un pensamiento que no sea solo positivista?

En lo dicho hasta aquí ya se perfila la respuesta: ¡Más humanidades sin complejos! Lo cual no tiene por qué significar menos capacidad científica y, a la postre, tecnológica para poder competir en este mundo economicista y pragmatista. El reto es satisfacer las dos exigencias. Se arguye siempre la falta de horarios para ello, argumento que siempre conduce a atacar a la filosofía o las humanidades, ¡es sorprendente! A nadie se le ocurre que precisamente las humanidades —las verdaderas humanidades— son claves para fomentar la potencialidad racional de los alumnos y así el rendimiento en otras materias. Se nos pone en una perspectiva que nos ciega, que mira sesgadamente y tiende a ver a los alumnos como meros instrumentos de la gran maquinaria económica. Esta perspectiva economicista ha sido común a las grandes ideologías modernas, tanto al marxismo como al capitalismo. La economía, la base material, es evidentemente básica, y debe ser resuelta, pero no es lo decisivo del ser humano. La fuerza del pragmatismo positivista es enorme, pero va en la dirección equivocada. No hay, pues, que resignarse. Se debe invertir la tendencia, con prudencia, pero resueltamente. Es necesario restituir a las humanidades su papel primordial en la educación. Pero, claro, para ello es absolutamente imprescindible hacer ver a la ciudadanía lo errado del camino que estamos siguiendo y no hay que desfallecer en ello.

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