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24 MAYO 2017
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Y sin embargo, el mundo espera

José Luis Restán

Tendríamos que hablar también de la tragedia del Congo, de Darfur, de la gangrena del narcotráfico, de la incertidumbre de quienes han quedado sin empleo víctimas de la crisis económica mundial, o de los jóvenes empapados de nihilismo que se embriagan cada viernes en cualquier ciudad europea. No es un recuento macabro, tan sólo un breve apunte de los dolores de esta hora, quizás no demasiado diferente de otros momentos de la historia.

Podría parecer a la vez minúsculo y pretencioso el gesto con el que un hombre ya viejo, un sabio calzado con las sandalias del pescador de Galilea, abría el sábado la puerta de ese tiempo extraño que los cristianos llamamos adviento. Antes del rezo de las vísperas, seguramente Benedicto XVI había sido informado de esas historias, de esos dolores que podrían abrumar a cualquier hombre consciente que los mire a la cara. "Señor... ven de prisa", ha rezado con el salmo, y el Papa añade: es el grito de una persona que se siente en grave peligro, es el grito de los justos que intentan resistir al mal, y es también el grito de la propia Iglesia que se sabe sometida a múltiples insidias, desde fuera y desde dentro de su propio cuerpo. Sí, ¡Señor, ven de prisa!

Es un grito que nace de las fibras más profundas de lo humano, un grito quizás informe, como el del famoso cuadro de Munch, o más pensado, como el de Kafka en su Diario: "aunque la salvación no llegue, quiero ser digno de ella en cada momento". Un grito que expresa el deseo de felicidad y de sentido del corazón del hombre, de ese corazón al que habría que violentar y engañar para que acepte como respuesta la nada. Al inicio del adviento la Iglesia recoge y abraza este grito que expresa "toda la gravedad de nuestro estado, nuestra extrema necesidad de salvación", y lo eleva a Dios. Pero no a un Dios cualquiera, como tantas veces repite el Papa Benedicto, sino al Dios que se ha hecho carne en Jesús, aquél que ha querido compartir "la angustia humana hasta tocar fondo".      

Curioso Dios éste, cuyo señorío y reinado empezó en una gruta y culminó subiendo a una cruz. Embarazoso Dios, para los que en cada tiempo esperan implantar la justicia con un golpe de fuerza. Pero el hombre de blanco que calza hoy las sandalias de aquel Pedro no tiene otro nombre que pronunciar ni otra sabiduría que exponer ante la vorágine del mundo. Al comenzar el adviento "la Iglesia revive la gracia de esta compasión", de esta venida del Hijo en la carne que ha sembrado una semilla invencible en el surco atribulado de la historia. Porque esa compasión ha echado raíces y se puede hoy ver y tocar. Conociendo la carne humana de la Iglesia como la conocemos, produce escalofrío la invocación final del Papa al comenzar el adviento: "que la Iglesia se convierta en signo e instrumento de esperanza para todos los hombres".

Pues a pesar de nuestras limitaciones y del cinismo de tantos, ahí está: en la fidelidad dolorosa y alegre de tantas familias, en el coraje incomprensible de los mártires, en la caridad que se derrama en los suburbios de Calcuta o de Kampala, en la inusitada capacidad de perdón que restaura las heridas más emponzoñadas, en una razón que no se cierra al Misterio y así construye toda una cultura que revela la dignidad infinita del hombre. Son los frutos tangibles del Señor que viene, que no deja de intervenir tejiendo una red de humanidad diferente, que desde la noche de Belén recorre la historia. Como decía un personaje de Kafka, "el que no hemos visto nunca pero que esperamos con verdadera ansia, aunque razonablemente ha sido considerado inalcanzable, helo aquí, sentado". Y en lo sucesivo no habrá tumulto, ni oscuridad, ni injusticia que lo puedan erradicar. Ése es el fundamento de nuestra humilde esperanza, de nuestra pobre pero invencible esperanza.

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