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4 DICIEMBRE 2016
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Misericordia, aborto y Papa Francisco

Ricardo Benjumea | 0 comentarios valoración: 3  70 votos
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«Estamos viviendo un tiempo de la misericordia», dijo el Papa en un encuentro con los sacerdotes de Roma, poco antes de retirarse para unos Ejercicios Espirituales. No sólo estaba dando la clave para entender su pontificado, a pocos días de cumplirse el primer aniversario. Francisco quería señalar cuáles son las coordenadas de la dirección en la que sopla el Espíritu «desde hace treinta años o más hasta ahora», y hacia dónde soplará todavía seguramente durante unas cuantas décadas y pontificados.

En la calle, decía, «hay mucha gente herida», y «nosotros, los sacerdotes, debemos estar cerca de esta gente», para hacer con ellos una labor de primeros auxilios, «curar las heridas. Cuando uno está herido, necesita en seguida esto, no los análisis, como el nivel de colesterol, el azúcar en sangre…». Curar las heridas que se ven y «también las heridas escondidas, ¿eh?, porque hay gente que se aleja [de la Iglesia] por no dejar ver las heridas escondidas. Y me viene a la mente la costumbre por la ley mosaica, los leprosos en la época de Jesús, que eran siempre alejados. Sientes que se alejan por vergüenza, y se alejan quizá un poco con la cara torcida contra la Iglesia. Pero en fondo, dentro está la herida, quieren una caricia y vosotros, queridos hermanos, os pregunto, ¿conocéis las heridas de vuestros parroquianos? ¿Las intuís, estáis cerca de ellos?».

El mundo, advierte el Papa, reclama ternura, compasión, «especialmente las personas excluidas, los pecadores, los enfermos que nadie cuida...».

No sería difícil encontrar ejemplos para añadir a esta lista de Francisco: las personas sin techo, los ancianos abandonados en un asilo, los adictos a las drogas, los niños a los que no se les permite nacer, las madres de esos niños muertos, los chicos a los que nadie ha enseñado nunca a santiguarse…

La adúltera, la samaritana, Zaqueo, Mateo… fueron transformados por la misericordia. No es que Jesús quitara importancia a sus pecados («No penséis que he venido a abolir la Ley…») pero les mostró que el amor del Padre es mucho mayor que todos sus pecados. Los insultos y el desprecio que, a buen seguro, recibían de los fariseos, sólo servían para encallecer su corazón. Ahora Jesús les había abierto las puertas del perdón, del arrepentimiento y la conversión (ni el frío rigorismo ni el despreocupado laxismo, les dijo el Papa Francisco a los sacerdotes, hacen crecer la santidad; sólo la hace crecer la misericordia, que «se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, enfoca con respeto y con verdad su situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación»).

Los grandes males del mundo reclaman misericordia. Sólo pueden ser vencidos por la misericordia divina, como intuyó Juan Pablo II, testigo directo de los mayores horrores del siglo XX.

Lo mismo vale decir para el aborto. Quizá hace algunos años, servía mostrar imágenes de fetos descuartizados para intentar despertar a una sociedad anestesiada, aburguesada, pero que aún conservaba cierto êthos cristiano, aunque mirara para otro lado para evitar enfrentarse cara a cara con el drama del aborto. Hoy eso ya no funciona. El corazón se ha hecho más duro. La conciencia se ha vuelto insensible. Y las ideologías son capaces de justificar cualquier cosa. De presentar incluso el aborto como un sacrosanto derecho.

Pero «se equivocaría de pleno quien concluyese que la raíz principal del aborto es de tipo ideológico», escribe el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, en su reciente carta pastoral “El descarte del aborto”. «Obviamente –añade–, las ideologías influyen, y mucho; pero es necesario tener en cuenta que detrás de la ideología de género, del feminismo radical, del pansexualismo, etc.; se esconden unas heridas afectivas muy grandes, que son las determinantes en este drama. El problema principal, el problema de fondo, es el vacío existencial al que nos ha conducido el materialismo. Arrastramos un sinfín de heridas afectivas, fruto de la cruda experiencia del egoísmo del prójimo, de la fragilidad del amor humano, de las rupturas familiares, de las depresiones y ansiedades, de la falta de dominio de uno mismo, etc. Estos son los verdaderos problemas de fondo; mientras que por lo general, las ideologías no son sino una huida hacia adelante, en la absurda pretensión de justificar la propia desesperación. Desde esta perspectiva, se entiende perfectamente la insistencia del Papa Francisco en que la denuncia de los males morales por parte de la Iglesia tiene que ir precedida del anuncio del kerigma, es decir, del anuncio de la promesa de felicidad que Dios nos ofrece, así como de una profunda formación».

Dice el Manifiesto Es bueno que tú existas: «Para recuperar la confianza en la vida y, por tanto, la capacidad de acogerla y respetarla desde el mismo instante en que surge, necesitamos encontrar un amor incondicional, el amor de alguien que abrace nuestra vida con todas sus preguntas y dificultades. Como hizo Jesús de Nazaret que supo acompañar la soledad de una madre viuda y devolverle a su hijo muerto con estas palabras: “Mujer, no llores”».

Estos principios son los que, desde hace unos años, está aplicando con gran éxito buena parte del movimiento provida. Caso paradigmático han sido los Estados Unidos, donde se ha pasado de una hegemonía “prochoice” en los años 90 a una mayoría sociológica provida (mayoría precaria, pero estable, según confirma Gallup) en la actualidad. El cambio lo ha liderado la Iglesia católica, implantando pequeños grupos provida en cada parroquia del país, y también con grandes y pequeñas marchas y manifestaciones en contra del aborto, hablando siempre claro en defensa del no nacido. Y –muy importante– siempre con el apoyo explícito y permanente de los obispos al movimiento provida.

Para producir un cambio en las conciencias, como ha ocurrido en Norteamérica, ha sido decisivo hacer ver a la sociedad que el movimiento provida está de parte de la mujer, sobre todo de la embarazada con problemas y de la que quiere reconciliarse consigo tras haber abortado. Juan Pablo II dirigía en la encíclica Evangelium vitae conmovedoras palabras hacia estas últimas: «La Iglesia conoce cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no perdáis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo, que ahora vive en el Señor. Con la ayuda del consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida».

También en España, pese a las caricaturas que puedan presentar algunos, el movimiento provida hace tiempo que trabaja en esa clave. Se trata de salvar vidas de niños, por supuesto, pero sin dejar en un segundo plano la ayuda a la mujer, incluso a la que ha abortado. En el ámbito eclesial, las diócesis madrileñas (Madrid, Getafe y Alcalá de Henares) llevan a cabo un proyecto conjunto para que todas las parroquias tengan su grupo provida, ya sea de oración, de ayuda a las embarazadas con problemas (Proyecto Ángel) o de sanación de las heridas del aborto (Proyecto Raquel).

Es muy importante que la sociedad vea y conozca toda esa labor, aunque –siendo realistas– convendría no esperar demasiado apoyo desde los medios de comunicación. Pero no hay otro camino. Como decía hace unos días el obispo de Alcalá, monseñor Reig Pla, esta labor constante y casi siempre silenciosa junto a la mujer herida o con problemas es el único medio para ir construyendo, poco a poco, una cultura de la vida.

Es tiempo –pedía el Papa a los obispos españoles– de abrir «nuevos caminos al evangelio, que lleguen al corazón de todos».También a esa periferia, a ese oscuro submundo del aborto, donde hace falta curar tantas heridas.

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