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4 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Julián Huete, vicepresidente de la Diputación Provincial de Cuenca

'Una sociedad avanzada no puede dejar sola a la mujer'

José María Gutiérrez Montero | 0 comentarios valoración: 3  142 votos
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Páginas Digital habla con el vicepresidente 2º de la Diputación Provincial de Cuenca y concejal del Ayuntamiento de Cuenca, Julián Huete, a raiz del manifiesto publicado por Comunión y Liberación sobre el proyecto de ley que protegerá al no nacido y la mujer embarazada.

¿Qué le ha parecido el manifiesto de CL sobre el cambio de la regulación del aborto?

Me parece que es pertinente y muy oportuno. Y lo digo no solo porque pueda estar en esencia de acuerdo con su contenido, sino porque de este tipo de “manifestaciones”, que consisten en presentar a libertad del otro la concepción que se tiene sobre las cuestiones fundamentales, como puede ser en este caso la vida,  para establecer un verdadero diálogo, del que está muy necesitada nuestra sociedad plural. Estamos un poco cansados de las reivindicaciones de corte “asamblearia” y de “pancarta”, y hacen falta propuestas que abran el debate de las ideas y de la razón ante las cuestiones importantes. El manifiesto creo que cumple con este objetivo, y descentra el debate de la defensa de la vida y de la dignidad de la mujer de la confrontación entre derechas e izquierdas, creyentes y no creyentes, para centrarlo en lo que es razonable y conveniente para el bien común.

Se habla en nuestra sociedad en este momento de la libertad de la mujer. En el texto se asegura que la libertad tiene que estar vinculada a la realidad, a la realidad del no nacido. ¿Puede ser esa una respuesta para el debate actual?

Desde luego que es una repuesta al debate actual. El Manifiesto de CL tiene la virtualidad de sacar del anonimato, como lo hace el Anteproyecto de Ley para la protección de la vida  del no nacido y de los derechos de la mujer embarazada, a los dos grandes olvidados, sobre todo desde la Ley Orgánica 2/2010, de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, a saber, el no nacido y la mujer ante un embarazo que no esperaba. A partir de aquí, es posible el verdadero debate. Un debate que pone encima de la mesa estos dos factores ineludibles. La protección del no nacido, por un lado, que se sitúa en el ámbito del artículo 15 de la Constitución así como en el artículo 10 que reconoce el valor jurídico de la dignidad de la persona humana como fundamento del orden político y de la paz social, algo que no es novedoso, sino que recoge la tradición filosófica y antropológica de Occidente, y mucho más reciente, la propia doctrina del Tribunal Constitucional según sentencia de 11 de abril de 1985, que no ha sido modificada desde la sentencia de abril de 1985. No se puede partir sin más del prejuicio de dar por hecho que existe un derecho a decidir sobre la vida del no nacido; ningún instrumento de derecho internacional en materia de derechos humanos reconoce el tal derecho al aborto, ni con carácter universal (ONU), ni regional (tratados europeos o latinoamericanos de derechos humanos); así lo ha establecido el Tribunal Europeo de Derechos Humanos respecto a Irlanda, por ejemplo. Y los derechos de la mujer embarazada, como otro factor ineludible a tener en cuenta en el debate; es necesario establecer un marco normativo que acompañe a la mujer y le garantice su estabilidad laboral, que respalde su proyecto de familia, que le permita ser madre sin renunciar a su vida laboral. Una sociedad seria y responsable, verdaderamente progresista, no puede dejar a su suerte a la mujer ante un embarazo que no esperaba, y ofrecerle como única alternativa el aborto.

¿Es apropiado vincular soledad y ausencia de significado al aborto?

Lo que se esconde detrás de la “solución” del aborto, y su defensa incluso como un derecho, y también detrás de otras posturas que, sin mostrarse partidarias de esta “solución”, sí que quieren vaciar de contenido antropológico y filosófico este debate, huyendo del compromiso y la responsabilidad, es en realidad el abandono de la mujer, sola ante el miedo y las dudas de un embarazo no esperado, ante el miedo a un despido, a la incertidumbre económica, a la falta de seguridad afectiva, a la falta de salud y desde ahora obligada también a luchar contra sus propios hijos en una guerra despiadada por la supervivencia. En este sentido, sí que es apropiado vincular soledad y ausencia de significado al aborto. Si no caemos en prejuicios, etiquetas y fanatismos preconcebidos, es evidente cuál es la opción realmente progresista, la que  nos sugiere la recta razón y tiende al bien común: atender precisamente las necesidades de los más débiles. No podemos abandonar a las mujeres a su suerte, de la misma manera que no podemos apartar sin más la mirada de los concebidos y no nacidos, de los discapacitados, de los enfermos o de los ancianos. Eso sería nuestro gran fracaso como sociedad por mucho que lo hagamos bajo el paraguas del consenso, sin ideologías y con la marca 'progreso'.

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