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10 DICIEMBRE 2016
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Un drama nada raro

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El debate continúa. Rajoy, como siempre, no parece tener prisa. Ha dejado para después de las elecciones europeas la decisión sobre qué hace con el cambio de la regulación del aborto. Si el proyecto de ley se aprueba tal y como lo preparó Alberto Ruiz Gallardón, el ministro de Justicia, será la primera vez en Europa que se avanza en la protección del no nacido.

Pero mientras llega la decisión, la discusión pública sobre esta cuestión se ha convertido en un formidable ejemplo, un auténtico caso práctico, que ilustra los diferentes modos de usar la razón. Y la raya que los separa no coincide necesariamente con la que distingue a los abortistas de los antiabortistas.

Una inmensa mayoría de los españoles reconocen que lo que lleva una mujer en su seno es una vida humana. Pero al mismo tiempo muchos afirman que la libertad para autodeterminarse es un principio superior. Estamos ante un uso ideológico de la razón. “En el ejemplo del aborto aparece con nitidez la fisonomía de la libertad humana”, afirma Raztiger en Fe, Verdad y Tolerancia. La libertad individualista de cierta Ilustración ya no reconoce que el ser de la madre se realiza en el ser para el niño.

Son ideológicos los argumentos en pro del aborto. Pero hay un modo de afirmar el valor de la vida que puede también caer en la ideologización, que puede separar de la realidad. La verdad no es un principio abstracto y frío, siempre es diálogo. Lo ha recordado Francisco: “la verdad es una relación. Esto no quiere decir que la verdad es subjetiva y variable, ni mucho menos. Pero sí significa que se nos da siempre y únicamente como un camino y una vida. En otras palabras, la verdad es en definitiva todo uno con el amor, requiere la humildad y la apertura para ser encontrada, acogida y expresada”. Las palabras del Papa implican un determinado uso de la razón que en este caso se traducen en un abrazo al drama del no nacido, de la mujer que aborta porque está sola o simplemente porque ha usado mal su libertad. En España, en la mayoría de los casos, se aborta por razones económicas. Una afirmación “humilde y abierta” supone acogida de todo lo humano que está en juego, también de aquellos que se expresan ideológicamente. La ideología siempre es sostenida por alguien que también es persona. La diferencia entre quien “defiende” la buena causa de la vida de un modo abstracto y de quien se “implica” con la vida es patente. El primero no cambia, el segundo vive una aventura que le transforma.

Por eso es extraño que Juan Manuel de Prada hace unos días, en su columna de ABC, afirmara que “el aborto es un drama raro, raro, raro”. Después de criticar a los que hablan del problema de las mujeres aseguraba que “enmascarar con bellas mentiras idealizadas la cruda realidad es más descansado”. La cruda realidad no está en las manifestaciones pro-abortistas, muy minoritarias, sino en los Centros de Salud, en las casas de acogida, en las obras sociales que con una caridad apasionada acompañan, sostienen y curan las heridas. Eso es lo que permite tener un “corazón inteligente”.

El debate sobre el aborto está poniendo de manifiesto, además, los dos puntos débiles del cristianismo de este tiempo: el olvido del drama humano y la reducción de la fe a valores. Son consecuencia de la secularización que identifica el cristianismo con el mundo (cristianismo anónimo) y provocan que se dé por supuesto la experiencia que permite afirmar la vida en cualquier circunstancia.

El proceso de construcción de ese “cristianismo anónimo” se inició en el siglo XIII pero tuvo su auge en cierta corriente de la Ilustración. Precisamente algunos autores explicaron que la Ilustración, el esclarecimiento, consistía en darse cuenta de que el contenido de la fe es lo que todo hombre lleva dentro. Guardini lo llamó “el doble juego de quien por un lado rechaza la doctrina y el orden cristiano de la vida y por otro lado revindica para sí las consecuencias humanas y culturales de esa misma doctrina”. Cristianismo anónimo fue el de la postguerra mundial que afirmó los valores occidentales prescindiendo de su origen, como el “progresismo” de los años 70 que generó una mala lectura del Concilio. Ya más cerca podemos reconocer sus rasgos en las interpretaciones teocon de la época Bush o en la reducción de cierto liberalismo católico. También hay algunas formas de afirmar el derecho natural que no hacen las cuentas con la necesidad, para lo más cotidiano, de una salvación que venga de fuera.

No es conveniente que los cristianos sean los últimos en darse cuenta de que los valores no se sostienen por sí mismos. Hay que ser conscientes de que “tal vez se detuvo la meritoria máquina de vapor de la Ilustración, y el vapor se escapa al aire” (Szczypiorski).

Al cristianismo de los valores no le interesa el drama humano, ese “material” utilísimo que permite reconocer lo divino en la historia. Desde esta perspectiva, cerrada y autosuficiente, “el corazón que espera/también, hacia la luz y hacia la vida/otro milagro de la primavera” (Machado) no significa nada.

Para abrazar el cristianismo tal y como se presenta, como un acontecimiento, se necesita, como decía Péguy, “de ese algo temporal, de una vida, y de esa fortuna, y de esa gracia que consiste en ser desdichado de cierta manera inexplicable”. La desdicha-dicha de no estar en orden.

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