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8 DICIEMBRE 2016
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Desesperación

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  86 votos
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La presión en Ceuta y Melilla no es nueva. Simplemente ha aumentado. La política de la policía marroquí ha provocado que sean muchos más los que intenten entrar saltando las vallas. Desde hace tiempo ha aumentado el control de las embarcaciones que cruzan el estrecho. El año pasado el 16 por ciento de los inmigrantes ilegales (1.189) que entraron en nuestro país y que fueron identificados lo hicieron a través de las dos Ciudades Autónomas.

Es difícil pensar, por lo que hemos visto en los últimos días, que reforzar las vallas sirva para frenar la llegada de personas que han cruzado kilómetros de desierto para alcanzar lo que consideran el paraíso. Las concertinas nos han enseñado que el daño físico no frena la desesperación. Se trata pues de buscar medios más eficaces que no lesionen derechos fundamentales, que para algo somos europeos.

Ceuta y Melilla son los dos puntos más avanzados de la frontera sur del Viejo Continente y, por eso, la solución pasa por La UE. Pero Bruselas, como siempre, se mueve con demasiada lentitud. Lo que nos convendría, para empezar, sería una ayuda decidida de Frontex, la agencia que da soporte para el control de las fronteras.

Tras la tragedia en Lampedusa, el pasado mes de octubre el Consejo Europeo aplazó tomar una decisión. Encargó a un grupo de trabajo que propusiera medidas para estudiarlas en junio de este año, una vez que se hayan celebrado las elecciones al Parlamento. La agenda política ha dilatado una cuestión esencial.

El grupo de trabajo ha redactado un documento en el que destaca la necesidad de cooperar con los países de origen y de tránsito. Sus propuestas están destinadas, sobre todo, a evitar que los inmigrantes se suban a los barcos que cruzan el estrecho. Podrían ampliarse también a las vallas. La gran diferencia de renta (mayor que la que hay entre Estados Unidos y México), la extensión del yihadismo en el Sahel y la proliferación de Estados fallidos va a seguir ampliando el flujo migratorio.

Las divisiones que existen en el seno de los Estados miembros no pueden seguir siendo un obstáculo para desarrollar una política conjunta. Y luego está la cooperación al desarrollo, claro. De la que hay que reconocer su fracaso. Aumentar, como hizo España en cierto momento, la inversión hasta el 0,7 por ciento no garantiza la eficacia. De hecho, en la época Zapatero se tiró el dinero. La desesperación es una cosa muy seria.

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