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5 DICIEMBRE 2016
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USA y Rusia pueden evitar la nueva Guerra Fría

Paolo Raffone | 0 comentarios valoración: 3  47 votos
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La Unión Europea y Estados Unidos aprueban sanciones (cosméticas) porque es casi obligatorio no aceptar en silencio el estado de la situación en Ucrania y Crimea. Sanciones por las que ningún político con cargo en un gobierno u hombre de negocios influyentes se verá afectado. Y mientras se celebra la farsa sancionadora, la empresa pública rusa Rosneft entra en el capital de Pirelli, y la italiana Saipem prepara la ejecución, junto a la rusa Gazprom, del primer tramo del gaseoducto que unirá a Rusia, vía Crimea, con Europa.

En cuanto a la bolsa y los mercados financieros, no hay reacciones negativas. Los empresarios rusos Alex Knaster y Mikhail Fridman, muy cercano este último a Putin, mantienen su participación en el banco Unicredit. Algo que no ha espantado al fondo norteamericano BlackRock, que ha incrementado su participación en Unicredit, convirtiéndose así en su principal accionista.

Mientras la saga de las sanciones empieza a oler tanto como la representada tras la presunta violación de la integridad territorial de Ucrania, tratemos de entender mejor qué está sucediendo en las relaciones entre EE.UU, la UE y Rusia.

En la crisis de Ucrania se mezclan problemas de autodeterminación y de derechos de las minorías que se acumulan desde la caída imperial en 1918. A la ocupación de la Alemania nazi le siguió la dolorosa pax soviética, que fue sólo latente. Tras la independencia ucraniana en 1991, la irresponsable gestión de las autoridades de la UE, y en particular la de Reino Unido, Polonia y Alemania, liberó instintos primarios, inmorales y socialmente peligrosos que se radicalizaron hasta estallar en la crisis actual.

Desde 1989 hasta el año 2000, Estados Unidos estuvo  muy activo en Rusia y en todo el espacio ex¬-soviético, mientras la Federación Rusa se mantuvo geopolíticamente bastante débil o neutral con respecto a Ucrania (como sucedió en Yugoslavia y en los países que formaron parte del Pacto de Varsovia). Cuando, en el año 2000, Vladimir Putin fue elegido presidente de la Federación Rusa, heredó el país más grande del mundo en unas condiciones económicas y sociales desastrosas, a causa de los errores soviéticos, pero sobre todo de las desconsideradas políticas liberales de privatización durante la presidencia de Boris Yeltsin, instigadas por Occidente (especialmente por EE.UU, Holanda y Reino Unido). Después de menos de un siglo de la reconstrucción post-zarista comenzada en 1917, con Putin Rusia tenía que recuperar, con fatiga y dolor, el orden interno, el equilibrio social, la dignidad nacional y un papel de estabilizador en la región. Algo que fue posible también gracias a los enormes flujos de dinero que le proporcionó el comercio estatal de las materias primas y la energía (gas y petróleo). En Europa, los principales referentes de esta política de renacimiento ruso en el ámbito industrial fueron la Alemania de Schroeder y la Italia de Berlusconi. No hay que olvidar que, al mismo tiempo, en el ámbito financiero, Rusia pudo beneficiarse del efecto palanca que le ofrecían las bolsas de valores por la gestión de los derivados y el trading energético, sobre todo en Reino Unido, Suiza y Austria. Directa o indirectamente, la riqueza de Rusia ha sido un motor económico para todos los países europeos.

A diferencia de ciertos estados europeos, EE.UU, y en consecuencia la UE, siguieron manteniendo una doble posición respecto a Rusia: partenariado estratégico y contención. Durante la era Clinton (1992-2000) dominó la actitud del “vencedor” que se arroga el derecho de dar lecciones sobre economía y democracia, con la intención de “abrir” a Rusia hacia los intereses de las empresas norteamericanas. Una operación que consiguió, puesto que hoy dos gigantes rusos de la energía, Rosneft y Gazprom, cuentan con significativas participaciones de sociedades americanas y europeas. En la era de George W. Bush (2001-2009), empeñado en buscar aliados en la “guerra contra el terrorismo”, las relaciones con Rusia se equilibraron un poco, a pesar del plan de defensa anti-misiles que desde 2003 su administración quiso implantar en Europa oriental.

Todo cambió en 2007, coincidiendo con el crack financiero de los USA. Ese mismo año, la administración norteamericana quiso negociar con Polonia y la República Checa la instalación en su territorio de sistemas anti-misiles teóricamente dirigidos contra Irán y Oriente Medio. En 2008, la presión de EE.UU, de la OTAN y de la UE provocó la reacción rusa que desembocó en la guerra de Georgia.

En septiembre de 2009, la administración Obama declaró la eliminación del plan de defensa anti-misiles en Europa, con palabras y actos conciliadores que sin embargo le obligaron a enfrentarse a los neocon americanos, una sección transversal a republicanos y demócratas, que seguían viendo en Rusia a un enemigo. Con todo ello, las grandes mentes de la política exterior y de seguridad de la UE nunca tomaron posición ni declararon sus intenciones. Sin embargo, un antiguo asesor de la seguridad de Carter y después de Obama, amado por la izquierda socialdemócrata europea, el judío polaco Zbigniew Brzezinski, publicó en 1998 un libro, “The grand chessboard”, donde teorizaba la necesidad de EE.UU de tomar el control de Ucrania. Por tanto, no es casual que otro judío, el húngaro George Soros, a través de sus fundaciones millonarias a favor de la ‘open society’, se encuentre tras muchos de los movimientos “revolucionarios” en Ucrania.

En el otoño de 2013, la crisis ucraniana ya estaba madura y preparada, enmascarada tras las legítimas exigencias de una minoría de querer acceder a los beneficios de libertad y democracia que la UE podría favorecer mediante un acuerdo de asociación (prólogo de un estatuto de miembro efectivo). Sobre los errores de valoración y de gestión por parte de la UE, que actuaba de manera inconsciente según su programa de partenariado “Eastern Neighbourhood”, hay que subrayar que cuando se crean expectativas hay que mantenerlas hasta el final. La UE “dejó preñada a Ucrania, y luego no quiso casarse con ella”, como me comentó en una ocasión un audaz diplomático occidental.

Queda el hecho de que la comunidad internacional desautorizara los acuerdos: Rusia intentó muchas veces evitar la violación de los acuerdos internacionales de 1994 sobre la desnuclearización de Ucrania, que llevaron a su reconocimiento internacional garantizado por EE.UU, Rusia y Reino Unidos, y luego los acuerdos firmados por el presidente electo Viktor Yanukovich el 20 de febrero de 2014 con los ministros de exteriores de Alemania, Polonia y Reino Unido para celebrar elecciones y realizar una reforma constitucional en sentido federal y autónomo. Pero esos acuerdos nunca contaron con el apoyo de los ministros europeos y pocas horas después de la firma un grupo de individuos armados llevaba a cabo un golpe de estado en Kiev, con la intención de abolir incluso el bilingüismo ruso-ucraniano, vigente desde los acuerdos de 1994.

El referéndum que el 16 de marzo registró en Crimea un 96% de votos a favor de la independencia de Ucrania ha sido calificado como “ilegal” e “ilegítimo” por EE.UU y la UE. Aunque el referéndum se desarrolló correctamente según los observadores internacionales, y aunque no se haya decidido anexión alguna a Rusia, algo que habría que decidir si se diera el caso en la Duma, EE.UU y la UE han impuesto sanciones a Rusia porque habría “violado el derecho internacional”. Una posición difícilmente sostenible si miramos lo que Occidente ha hecho con las invasiones militares de guerra en Serbia, Libia, Iraq o Afganistán, por citar sólo algunas. Los principios inviolables de la inviolabilidad de las fronteras, que nacieron con la Paz de Westfalia en 1648 tras la guerra de los 30 años y que se reiteraron en la Carta de la ONU de 1948, perdieron efectividad en la guerra de los USA contra Vietnam a finales de los 60. Ciertamente, estos principios fueron abandonados por quienes hoy los reclaman tras el bombardeo “humanitario” de Serbia en 1999 y todos los sucesivos con motivo de la “guerra contra el terrorismo”.

Según algunos analistas, hemos entrado ya en una nueva Guerra Fría, que esperamos que no se caliente, que durará algunos años y que causará daños considerables en Occidente, especialmente en la UE, pero también en Rusia. Estados Unidos, y quizás China, serían los únicos beneficiarios indirectos.

La retórica de la contraposición es típica en todas las grandes crisis de sistemas, nacionales o internacionales. La lógica de la contraposición entre el bien y el mal supremo tiene un origen antiguo. Su corolario es la necesaria prevalencia del bien sobre el mal, a toda costa. De hecho, desde los orígenes, el poder atacó con fuerza la apostasía, la blasfemia, más tarde la herejía, es decir, cualquier atentado contra el orden constituido que turbase la quietud pública, el honor o la justicia (divina). El Antiguo Testamento concebía la sangre como un signo sagrado de la vida, una enseñanza necesaria en todas las épocas. Sin embargo, en el siglo XIII, en vísperas de la formación de los reinos y de los estados-nación, decía Santo Tomás: “Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito”, pero es laudable imponer una reparación “para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia” (Summa theologiae).

Más allá de la propaganda mediática, el diálogo diplomático entre Rusia y EE.UU afortunadamente parece continuar con llamadas telefónicas entre Lavrov y Kerry. El encuentro de seis horas entre los ministros de exteriores ruso y americano en Londres el pasado 14 de marzo no es ningún fracaso, digan lo que digan los medios. Si leemos con atención las declaraciones, podemos ver que Kerry ha entendido las dificultades de Rusia, que pide “ayuda” a EE.UU para encontrar una solución en la gestión de esas fuerzas “tóxicas” que han tomado el poder en Kiev. A decir verdad, Rusia hizo en el pasado la misma petición a la UE, que fue incapaz de dar pasos útiles. Vista la incapacidad de los servicios europeos dirigidos por Ashton, con Barroso y Van Rompuy, más preocupados por su propia supervivencia tras las elecciones del 25 de mayo que por encontrar una solución razonable para Ucrania, Rusia y EE.UU tratan de encontrar una solución razonable para todos. Eso explicaría la ponderación de las palabras empleadas por los dos diplomáticos y el hecho de que el propio Obama haya entendido que las “sanciones” son un acto obligatorio pero fundamental, aunque por ahora sólo sean una fachada.

Por el momento, la UE sale perdiendo completamente. Hasta Alemania ha mostrado las limitaciones de su fuerza diplomática. Por otra parte, las relaciones entre Rusia y EE.UU son imprescindibles para gestionar la complicada situación en Irán, donde los conservadores radicales están presionando al presidente Rouhani, poniendo en peligro las negociaciones nucleares y los acuerdos sobre Siria y Líbano.

Para confirmar este compromiso americano, si bien bajo presión de los neocon y del lobby personal del premier israelí Netanyahu, hay que destacar la intervención diplomática de EE.UU en Arabia Saudí, que ha llevado a la destitución del incontrolable jefe de los servicios secretos, el príncipe Bandar. Además, los EE.UU están muy preocupados por el dumping de títulos de deuda pública americana que ya ha comenzado por parte de China y que Rusia también está valorando. Por otro lado, más de setecientos mil millones de dólares de deuda rusa están bloqueados en los bancos occidentales. Un default político de esta deuda tendría consecuencias gravísimas en la UE, pero también en los USA, que están haciendo todo lo posible para cerrar un acuerdo de partenariado transatlántico para el comercio y las inversiones.

En conclusión, de momento, podemos decir que la crisis es grave, que durará mucho, tal vez varios años, pero que por ahora no conviene a nadie transformar la situación en una guerra sino fría.

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