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5 DICIEMBRE 2016
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Sólo soy la voz de mi pueblo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  84 votos
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Publicamos el prólogo de José Luis Restán al libro “Sólo soy la voz de mi pueblo”, de Monseñor Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, en la República Centroafricana, editado por PPC.

Conocí cara a cara a Juan José Aguirre hace diez años. Me llamó la atención su aparente fragilidad, su desenvoltura, su voz cálida y suave, su forma de abrir el corazón y la pasión ardiente con la que hablaba de su pueblo, como si le urgiera hacer la maleta para volver cuanto antes bajo aquel sol y aquella lluvia de Centroáfrica. Yo había escrito un artículo al hilo de una de sus vibrantes cartas desde Bangassou, publicadas por la revista Mundo Negro, y él quiso agradecérmelo personalmente. Desde entonces le he entrevistado varias veces en COPE, pero sobre todo, he seguido atentamente las vicisitudes de su historia. Y no tanto por su interés periodístico, que lo tiene y mucho, sino porque a mí, sencillamente, me hace mucho bien.

Siempre digo que no me sorprenden demasiado los latigazos del mal, la fea lista de las mediocridades, traiciones, corrupciones y mentiras que suelen componer el puzzle diario de la información. A mí lo que me sorprende es la fe: que la planta aparentemente tierna y frágil de la fe pueda crecer en medio de un pedregal y bajo la ventisca. Y sin embargo la fe “sucede”, aparece de nuevo y crece como flor de verdadera humanidad. Creo que esa fue la intuición sencilla que nació en mí la primera vez que leí una carta del obispo Aguirre. Por supuesto quedé impresionado por su estilo de vida, por su figura de pastor itinerante de aldea en aldea, cruzando ríos y durmiendo bajo las estrellas; por su capacidad de abrazar la vida dolorosa de sus gentes, por su ímpetu de construcción que te deja boquiabierto y te lleva a sonreír meneando la cabeza.

Y es que este hombre no calcula, ni siquiera cuando ha sufrido un infarto. Solo ama y construye cuanto puede, sin descanso pero también sin asfixia, como sabiendo que a fin de cuentas las cosas grandes están en manos de Otro que nos quiere hasta el fondo, pero que tiene sus planes y no siempre coinciden con los nuestros. También me impresiona su capacidad de asumir riesgos, de plantarse a pecho descubierto frente a la furia del mal, frente la a la violencia y la opresión, sobre todo cuando se trata de proteger y custodiar la vida de sus pobres. Pero vuelvo a donde empezaba: de todo esto lo que más me sorprendió y me sorprende es la fe, porque es la raíz de todo lo demás.

Una vez le entrevisté cuando acababa de regresar de un periplo de más de doscientos kilómetros a través de la foresta para visitar a una parte de su pueblo especialmente probada, y me comentó que le habían ofrecido una escolta militar. Pero había rechazado la oferta porque, me dijo, “no puedo moverme entre mi gente con los soldados si quiero comunicarles a Jesús, un Jesús que aquí, en la cuna, aparece ya crucificado". Inmediatamente recordé otro episodio que me había contado cuando nos vimos en Madrid. Un guerrillero le apuntó a la cabeza porque le impedía entrar a la iglesia en la que estaban refugiadas varias personas. Sintió la muerte aleteando alrededor, pero alguien gritó desde un extremo de la calle: "déjale, es un hombre de Dios". El guerrillero bajó su arma y se alejó. Aguirre es ciertamente un hombre de Dios, tocado por su Presencia, uno a quien el Resucitado comunica una permanente inquietud. Pero no es esa inquietud tan típica de nuestras latitudes secularizadas, esa inquietud que estresa y desazona. La suya es la inquietud del que sabe que nada es suficiente para colmar el corazón, sino Dios; y que cada segundo de la vida cobra color y sabor si está dedicado a comunicar el abrazo que lo hace cercano.

Un obispo debe ser un hombre para los demás, y eso sólo es posible a la larga si ha sido ganado por Cristo, si vive totalmente de la fe, incluso cuando las circunstancias parecen dibujar un prolongado viernes santo. Él entiende a la perfección que ser maestro de la fe es inseparable de ser testigo de la única esperanza que no defrauda, y ambas cosas sólo se realizan a través de un amor cuya sobria narración le deja a uno desconcertado.

Durante la dura etapa en que los bandidos yihadistas de SELEKA invadieron la República Centroafricana entregándose al saqueo, la humillación y la rapiña, Aguirre recorrió incansable sus comunidades para mantener encendida la chispa de la esperanza. Tras conseguir retornar a su diócesis de Bangassou, su primera urgencia fue retomar personalmente la catequesis de confirmación de los jóvenes, “para llevarlos hasta Pentecostés”. Al otro lado del teléfono yo sentía cómo tenía presentes en su cabeza y en su corazón los rostros y las situaciones de sus sacerdotes y religiosas, los que habían permanecido en su puesto y los que se habían visto forzados a pasar la frontera del Congo. Durante esas semanas amargas celebraba la misa en todas las capillas a las que podía llegar a pie (el expolio de los automóviles, bienes de primera necesidad, le provocaba una especial indignación), pero nunca dejaba de pronunciar el juicio de la fe sobre lo que está sucediendo: "están haciendo todo para desanimarnos, pero vamos a echar más carne en el asador, vamos a poner más fuerza, más esperanza, vamos a trabajar más, vamos a reavivar nuestra fe con la fuerza del Espíritu Santo y de la gracia de Dios, y así seremos más fuertes".

El obispo debe caminar al frente de su pueblo no por una cuestión de honor o protocolo sino para abrirle camino, para desbrozar las hierbas salvajes y prevenirle del ataque de las alimañas. Desde luego Aguirre nunca se ha parapetado tras las estructuras, los escalafones ni cualquier otra seguridad por legítima que fuera. Tampoco se ha mantenido cómodamente resguardado tras un discurso correcto y una administración eficiente sino que ha sido siempre un testigo, alguien en que palabra y vida coincidían, uno dispuesto a pagar en primera persona por el propio testimonio que ofrecía.

Pero si, ciertamente, el obispo debe ir delante, también debe caminar “dentro”, en medio de su pueblo, como advertía agudamente el Papa Francisco. Y es algo formidable escuchar a Juan José Aguirre hablar de la fe de su gente, de esa fe que recuerda a las columnas de bronce, que les hace sonreír aun en medio de la desgracia porque saben que la última palabra siempre es de Dios, y que por eso, incluso quienes prueban experiencias de muerte saben que existe una razón más poderosa para vivir.

Pero hay un último aspecto que me parece esencial destacar en Juan José Aguirre, y es la capacidad de perdonar. Durante los terribles meses de 2013, cuando los yihadistas atormentaban a la buena gente de Bangassou, le escuché decir públicamente cosas tremendas de esos miserables, hasta el punto de temer por su seguridad. Quiero decir que su mirada no era en absoluto ingenua o forzadamente dulce. Analizaba y expresaba con precisión de cirujano la maldad que parecía campar a sus anchas en su hermosa tierra, y reclamaba la necesaria y terapéutica intervención de la Comunidad Internacional para proteger a los indefensos y restablecer el mínimo orden y seguridad necesarios para la convivencia. Pero cuando los miembros de SELEKA fueron desarmados y conducidos a recibir su castigo, el obispo los acompañó como escudo protector para que no sufrieran en sus carnes la ira de quienes durante meses fueron sus víctimas, y llegó hasta abrazar a quien había sido el patético jefe de esta banda. A su propia gente no le ha resultado fácil aceptar el gesto de su obispo, pero también en esto, Aguirre sabía que debía caminar delante.

Y vuelvo donde empezaba. Nada de esto puede explicarse sin la raíz de la fe. Una fe que él expresaba de un modo conmovedor en la Navidad de 2004, cuando describía a su gente como un gran Belén viviente en el que él mismo se situaba al fondo, “pastor entre los pastores, sin báculo y sin anillo, tierra entre la tierra, bombilla con poca luz para mantener el misterio, acercándome hacia el Niño para pedirle al oído por todos los que están y los que faltan, y susurrándole: gracias por haber venido”. También yo te doy las gracias, Juan José: gracias por hacer presente a ese Niño (en su cuna, su cruz y su resurrección) de modo tan vivo, en medio de todos nosotros.  

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