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4 DICIEMBRE 2016
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El "pacto" necesario para frenar a Putin

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  45 votos
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Evidentemente, nada ha atemorizado de las blandas y confusas reacciones de la Unión Europea y Estados Unidos a Putin, que ha firmado solemnemente en Moscú la anexión de Crimea a Rusia.

Desde el punto de vista formal, en cambio, no se trata de una anexión sino más bien de la respuesta positiva de Rusia a una petición expresada mediante referéndum popular por la gran mayoría de los habitantes de la península. Desde el punto de vista sustancia, no cambia mucho porque el gobierno de la Ucrania independiente nunca frenó realmente la soberanía de ese territorio, de pronto sujeto a un amplio protectorado ruso en virtud de un pacto inmediatamente sellado entre Kiev y Moscú.

Pero sin embargo, debido a la clamorosa solemnidad del gesto celebrado en Moscú, lo que antes era una situación consolidada de hecho podría transformarse en una onda sísmica capaz de desestabilizar las relaciones internacionales a escala intercontinental, si no planetaria. De ahí la urgencia de hacer todo lo posible para impedir que eso pueda suceder.

En 1954, todavía en tiempos de la Unión Soviética, Kruschev pasó a Crimea de la jurisdicción de República Socialista Soviética Rusa a la de República Socialista Soviética Ucrania, en una época en que las fronteras entre ambas repúblicas eran más administrativas que políticas. Desaparecida la Unión Soviética, el problema se planteó rápidamente, porque Crimea era rusa desde que el imperio zarista se la había quitado a los tártaros, y porque su puerto de Sebastopol era la única gran base posible para la flota militar rusa del Mar Negro. Para no ceder Crimea, Ucrania confirmó la concesión de la base naval de Sebastopol a Moscú, pero evidentemente una situación así no podía durar hasta el infinito.

Por tanto, no faltan buenas razones, llamémoslas “locales”, para el paso de Crimea a Rusia, como tampoco faltan buenas razones “locales” para otra crisis análoga que puede estar a punto de estallar: la de la franja de territorio moldavo al otro lado del río Dniester, habitado mayoritariamente por rusos, y parte ya de facto de Rusia. Sin embargo, en el momento en que salimos del ámbito local y regional para entrar en el escenario mundial, este tipo de cuestiones se hacen cada vez más peligrosas y menos gobernables.

Sin volver en detalle sobre cosas ya mencionadas, me limitaré aquí a confirmar que la Unión Europea tendría cartas que jugar, si no se viera arrastrada por Alemania, y mucho menos por Estados Unidos y Gran Bretaña. La primera, como la historia se ha encargado de insistir en enseñarnos, cuando se pone a hacer de protagonista en la Europa centro-oriental se convierte en una amenaza no sólo para los demás sino también para sí mismas. Los segundos nunca han tenido, ni lo tienen ahora, un interés real por la estabilidad en esa zona. Su sueño es que pase a ser lo más “balcánica” posible.

No hay un solo caso en la historia europea en que las sanciones hayan funcionado. Además, en una situación de interdependencia económica como esta, se corre el riesgo de ahogar el nacimiento del frágil proceso de salida de la crisis económica internacional del que empiezan a percibirse algunos primeros signos.

Hay que garantizar a Rusia que el proceso de ampliación de las fronteras de la OTAN y de la Unión Europea hacia el este ya ha terminado, y que por tanto ni Ucrania ni Bielorrusia serán nunca invitadas a formar parte de ellas. En cambio, a Ucrania y a Bielorrusia, Moscú deberá permitirles, también por su propio interés, que pueda convertirse positivamente en países-bisagra entre la economía de la UE por un lado y, por otro, no sólo la de Rusia sino también la de todos esos países de Asia central que también mantienen con Rusia consolidados vínculos históricos, culturales y económicos.

Estos podrían ser los términos de un pacto euro-ruso lo suficientemente sólido y conveniente para justificar la composición de las dificultades inmediatas y las fricciones durante un breve periodo. Pero sigo creyendo que dentro de la Unión Europea los precursores naturales de una política así son Italia y Polonia.

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