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27 MAYO 2017
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Suárez, el hombre que entendió a la gente

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Es necesario “elevar a categoría de normal lo que a nivel de la calle es simplemente normal”. Esa fue la frase con la que Adolfo Suárez se dio a conocer a la opinión pública. Una frase que bien puede considerarse el lema de su actividad política. La pronunció en el debate parlamentario del 9 de junio de 1976 en el que defendió el proyecto de Ley de Asociaciones Políticas. Torcuato Fernández Miranda y don Juan Carlos lo eligen para suceder a Arias Navarro como presidente del Gobierno.

La elección de Suárez de entre los jóvenes ministros reformistas tiene una fácil explicación. Era joven y tenía una gran habilidad política. Meses antes había conseguido un éxito espectacular, impensable en una figura mayor y más destacada, había vencido nada menos que al marqués de Villaverde, yerno de Franco, en una elección para cubrir un puesto del Consejo Nacional.

Suárez tenía una gran capacidad para saber cómo vibraba la gente. Se presenta modesto (“Yo soy un hombre normal y tengo muchas lagunas”, dirá el primer día que le entrevistan). Hasta el 79 da muestras de una gran capacidad de oír, de aceptar consejos y plegarse a las circunstancias que imponía un país joven y ansioso de libertad.

Tenía gran capacidad de comunicación. Hasta que no se convocan las primeras elecciones no representaba opciones de partido. Se presenta como “gestor legítimo para establecer un juego político abierto a todos”. Así actuaría hasta alcanzar, como “meta última, que los gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles”.

Tierno Galván, el que fuera alcalde de Madrid y líder socialista, decía de él que estaba “muy bien informado de las dificultades políticas y sabía responder a ellas”. Carecía de la sobrecarga de ideología que caracterizaba a la mayor parte de la oposición.

El primer problema grave que se encontró Suárez fue el de la composición de su Gobierno. De entre sus muchos allegados sólo pudo contar con Fernando Abril Martorrell, otro de los hombres claves de la transición. La labor de Suárez hubiera sido impensable sin su apoyo. Muchos de los ministros del primer equipo de Suárez proceden del grupo Tácito. La media de edad es de tan solo 44 años, algo impensable en el franquismo.

Suárez establece enseguida contacto con la oposición. Quiere integrar a la izquierda en la transformación de España. Tras la aprobación de la Ley de Reforma Política el presidente del Gobierno no sólo ejecuta ya el programa diseñado por el Rey y por Torcuato Fernández de Miranda. Las reuniones con la oposición se hacen públicas, si bien los contactos que mantiene con el PCE son indirectos.

Suárez, que no había formado partido, desembarca en la Unión de Centro Democrático (UCD) en marzo de 1977 para presentarse a las elecciones de junio. Tras su segunda victoria en 1979 las relaciones con la UCD, que nunca fue un partido sino una coalición, se enrarecen progresivamente hasta que el presidente queda aislado. Van perdiendo también su capacidad de entender a la gente.

España hizo con Suárez el gran cambio

Hasta no hace muchos años una inmensa mayoría de los españoles se sentían muy orgullosos de cómo había vuelto la democracia a nuestro país. Había y hay motivos para sentir ese orgullo. La transición de un régimen autoritario a un sistema de libertades plenas, que culminó con la aprobación de la Constitución del 78, es uno de los momentos más afortunados de nuestra historia. Podemos seguir mirando esa transición como un referente de nuestro pasado más reciente y también como un momento que nos puede ayudar a construir el presente y el futuro. En ella hay elementos muy útiles para re-aprender y salvaguardar esa estima por la identidad del otro en la que se basa la democracia. Estima que una experiencia religiosa auténtica favorece y fomenta.

Tras la Guerra de la Independencia (1808) frente a la invasión francesa se produce una fractura entre los españoles que dura casi 150 años. Hay una tendencia a que las diferencias ideológicas predominen sobre el deseo de construir juntos, sobre las evidencias más elementales de la vida, las que unen a los hombres, las que le permiten a un pueblo reconocerse en una tradición y un proyecto comunes.

A partir de los años 30 del pasado siglo la fractura se agranda. El régimen parlamentario de la II República (1931-1936) se ve colonizado por un proceso revolucionario y es incapaz de garantizar los derechos y libertades fundamentales. La posterior Guerra Civil (1936-1939), cruentísima, da paso a la dictadura de Franco (1939-1975). Tras una dura represión inicial el régimen evoluciona hacia un sistema autoritario sin libertades.

Y entonces surgió lo nuevo. La historia siempre es el fruto de un encuentro de libertades. A pesar de lo que había ocurrido en el pasado, en los años 70, los españoles nos reconocimos en los que nos unía. Superamos viejas diferencias y, de un modo pacífico, construimos un modelo de convivencia que cerraba un largo período de incomprensiones. La Constitución del 78 fue la expresión jurídico-política del reconocimiento que se había producido desde tiempo atrás. Para hacer posible el cambio fueron decisivos muchos factores. Dentro del propio régimen franquista hubo quien propició ese cambio, fue decisiva la apuesta de la izquierda por la reconciliación, como también fue determinante el tipo de educación que proporcionó la Iglesia y la recepción del Concilio Vaticano II. El verdadero protagonista fue el pueblo, un pueblo que quería dar a sus hijos un futuro mejor.

No es extraño que los pueblos, en ocasiones, acumulen durante generaciones el odio. Lo que ha sucedido en Europa durante los últimos siglos nos ha mostrado cómo el mal puede alcanzar en ocasiones dimensiones históricas y formar una cadena que, lejos que disolverse, con el paso del tiempo crece. Podría haber sido así en España. Pero como explica monseñor Fernando Sebastián, en la época de la transición se creó un clima de perdón que superaba viejos resentimientos y sin el que no hubiera sido posible una operación política tan complicada como la que permitió que nos dotáramos de un sistema democrático. La vida como problema político era el título de un libro de un disidente checo, Belohradsky, publicado a mediados de los 80. La vida de los españoles, antes de que se encontraran fórmulas políticas, había resuelto un problema político, había decidido apostar por el perdón. Así como Europa, tras la II Guerra Mundial supo encontrar los caminos de la reconciliación, a España le sucedió lo mismo a partir de finales de los 50.

La unidad de aquellos años, basada en un perdón mutuo que se expresaba de muchas maneras, tiene mucho que enseñarnos en el presente. No habría habido perdón sin una concepción de la justicia que sólo es posible cuando, de algún modo, se tiene una percepción religiosa de la realidad. Una percepción religiosa de la realidad es la que tiene en cuenta todos sus factores. Es la perspectiva de un más allá la que permite que la exigencia de justicia no se frustre, no se quede permanentemente insatisfecha y se aferre histéricamente a soluciones penúltimas que engendran más violencia. La apertura a un tipo de justicia que no consiste sólo en saldar las cuentas es la que permitió a los españoles pasar página y volver a reencontrase.

La justicia, que siempre es necesaria, no es suficiente fundamento de la democracia. No basta que a cada a cada uno se le dé lo suyo, como decía la antigua sentencia latina. La unidad que sustenta la democracia requiere de algo más. Tampoco es suficiente la ideología común. No se mantiene la convivencia únicamente reforzando un conjunto de valores comunes. En realidad la democracia, no sólo como expresión institucional, sino como forma de vida del pueblo, es posible cuando se fundamenta en la afirmación del otro, y esa afirmación del otro alcanza su culmen en la caridad, como dice Luigi Giussani.

Texto extraído del catálogo de la Exposición "La transición española, la fuerza de la reconciliación"

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