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10 DICIEMBRE 2016
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Con Suárez empezó el futuro (por llegar)

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La muerte de Adolfo Suárez, el primer presidente de la democracia (1976-1981), ha puesto a España frente a su mejor pasado y a su futuro. Por unos instantes el fragor de la polarización, que parece insuperable desde hace una generación, se ha visto atravesado por las fotos en blanco y negro de un político joven, a menudo sonriente, que aparece junto a viejos franquistas, antiguos comunistas, muchos de ellos protagonistas de la Guerra Civil.

Mientras las televisiones emiten largos programas especiales, los jóvenes de la casa preguntan quién era ese político al que se le rinden tantos honores y los mayores recuerdan anécdotas de un tiempo duro, lleno de incertidumbre, de dificultades económicas y de mucha violencia terrorista pero en el que el cinismo no era la última palabra. ¿El ideal es sólo para los funerales?

Suárez y su tarea son más actuales ahora que nunca. Igual que Italia estuvo atrapada durante décadas en la dialéctica fascismo-antifascismo (Del Noce), España ha caído en la trampa del franquismo-antifranquismo, un abuso de la memoria (Todorov) que envenena la convivencia. El juego es endiablado. Los jóvenes de izquierda que quieren insultar a alguien le llaman “fascista” (como hacían los revolucionarios de los años 30 del pasado siglo) y los de la derecha vuelven a llamar “rojos” (como hacían los franquistas) a sus adversarios. Sigue habiendo “intelectuales” de ambos bandos: unos reclaman una República que se convirtió en el reino del desorden y de la vulneración de los derechos más fundamentales y otros quieren recuperar la positividad de una dictadura que se asentó sobre una represión brutal, decenas de miles de muertes y el resentimiento.

“Yo soy un hombre normal, que tiene muchas lagunas”. Con esta frase se definía a sí mismo Suárez. No era una persona de grandes lecturas ni tenía a sus espaldas un complicado aparato de pensamiento. Su ascenso político se debió a la habilidad, la simpatía y la suerte. Pero tuvo realismo y sentido del bien común, las dos grandes virtudes necesarias para liderar la transición. Él fue uno de los artífices de la “excepcionalidad” española: casi nunca se consigue pasar de una dictadura a la democracia de una forma pacífica. La receta tuvo diversos ingredientes utilizados en justa medida.

El realismo le hizo entender a Suárez que no convenía una ruptura institucional. Promovió la “genialidad” de hacer un cambio de la ley a la ley. Y consiguió que las Cortes franquistas aceptaran una reforma política que suponía su extinción. Al tiempo, tuvo la inteligencia de entender que los comunistas no eran una amenaza sino unos posibles aliados. No era fácil tener esa claridad a mediados de los años 70, cuando el anticomunismo parecía una regla de oro. El PCE, de hecho, se convirtió en una “pinza” esencial para conseguir que los socialistas aceptaran la monarquía y los Pactos de la Moncloa (la reforma económica que acompañó al cambio político). También para que el nuevo Estado se definiera aconfesional pero dispuesto a colaborar con la Iglesia católica.

El proceso impulsado por Suárez tuvo como eslabón decisivo una amnistía que también reclamaban los comunistas. Ahora Naciones Unidas la cuestiona. En realidad la amnistía fue la expresión de lo que estaba en el ánimo de los españoles: la memoria viva de los horrores de la Guerra hacía que la inmensa mayoría buscara la reconciliación. Esa fue la gran sabiduría de Suárez, saber que los que bebían en la tradición católica y en la tradición de izquierdas querían superar el pasado. Esa fue su fuerza: tener detrás un pueblo que reconocía al otro como un bien. Su obra quedó en cierto modo culminada con la Constitución del 78, que a pesar de sus defectos ha sido la que más estabilidad ha proporcionado en toda la historia de España.

El pasado viernes, cuando el hijo de Adolfo Suárez anunció que su padre estaba a punto de morir, añadió: “esta en las manos de Dios”. Esa frase es sin duda una de las últimas contribuciones de la familia Suárez en un país en el que la fe, por fuerza, a menudo se privatiza. Parece exigirlo el peso de la historia. El primer presidente de la democracia permitió que ese peso no fuera sofocante. Descanse en paz.

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