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5 DICIEMBRE 2016
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>A propósito de un infanticidio

La secreta fecundidad del sacrificio

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 3  127 votos
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Las terribles tragedias que se consuman entre las paredes domésticas, por desgracia tan frecuentes que suelen compartir espacio en las crónicas, nos dejan mudos y desarmados frente a lo que la tradición cristiana siempre ha llamado el mysterium iniquitatis.

Lo impensable e inimaginable, lo indecible, sucede.

A pesar de todos los intentos de exorcizarlo, el inmenso, horrible abismo (citando un famoso verso de Leopardi) del mal parece aniquilarnos.

En la prensa de estos días se multiplican los análisis, normalmente lúcidos y equilibrados, de los “expertos” para remontarse a las causas –tanto las inmediatas y desencadenantes del suceso como las más remotas y profundas– de actos tan graves. Pero no hay explicación que convenzan en último término o que puedan colmar la vorágine de ese “¿por qué?” que se abre paso en nuestro corazón. Por otra parte, sabemos bien, por haberlo tocado con nuestras manos en otras ocasiones también dolorosas y dramáticas, que la com-pasión, cuando se queda en el nivel emotivo y no llega al del juicio y al paciente trabajo educativo, está destinada a apagarse rápidamente, reabsorbida por el individualismo dominante. No conseguimos desactivar la potencia del mal, pero al mismo tiempo tampoco podemos permanecer ajenos. Quisiera partir de aquí para ofrecer algunas pistas  para la reflexión.

Ante todo, más allá de todos los discursos sobre su evolución y sin querer minimizar los daños provocados por las separaciones entre esposos y las heridas causadas a los hijos, sale poderosamente a la palestra la experiencia elemental de la familia.

Esta, en virtud de las dos diferencias inscritas en su ADN (entre hombre y mujer y entre padres e hijos), sigue siendo el seno ideal para generar, cuidar y criar a la persona. En ella  el carácter relacional del yo emerge con toda su fuerza y con todo su potencial de gratuidad. A pesar de las persistentes dificultades y de los martilleantes mensajes en su contra, los jóvenes –los datos estadísticos lo confirman constantemente– siguen tenazmente situando a la familia en cabeza de su escala de valores.

Pero nuestro mundo de adultos, ¿cómo responde a esta confiada expectativa suya?

¿Qué imagen de amor les transmitimos? ¿Qué muestran al respecto los medios de comunicación y las redes sociales? ¿La perspectiva de un amor objetivo y efectivo que, sin ignorar la pasión, no tiene miedo a medirse con el sacrificio y con el deber porque los reconoce como camino hacia su cumplimiento; o la de un amor puramente subjetivo y afectivo, expuesto a la precariedad y a la ambivalencia de los sentimientos, y por tanto constitutivamente frágil y potencialmente destructivo? ¿Cómo educar, y educarnos, en relaciones de amor sólidas y maduras, capaces de dejar al otro ser él mismo, sin encerrarlo en la jaula de nuestra pura pasión, con todas sus frustraciones?

Cuando se producen terribles sucesos de violencia, la familia aparece más indefensa y descuidada que nunca, abandonada a su propio sufrimiento y soledad.

¿Cuál es la vía de salida? Una vez más, la propuesta de una fuerte y sólida amistad cívica, en tensión hacia la vida buena y la edificación del bien común, que reconozca en la familia una realidad originaria y fundamental que promover a toda costa, también con políticas familiares adecuadas.

Hace unos días se produjo en Italia el asesinato de tres niñas por su madre. Al suceso se le ha llamado la “tragedia de Lecco”. Desde las primeras horas después de la tragedia de Lecco, la ciudad se encontró unida «sin palabras de rencor, venganza o simplificación», como constató el alcalde. La noche anterior a que los cuerpos de las niñas asesinadas fueran repatriados a Albania, en la Misa de sufragio, en la que participó una gran multitud de personas, también estuvieron presentes sus familiares directos, de religión musulmana.

Bajo la bóveda de la gran Basílica resonaron las palabras del padre, en una conmovedora carta de despedida a sus hijas. Palabras de fe cierta en la vida más allá de la muerte, de humilde petición de perdón, no de venganza ante el incomprensible acto de su mujer, de gratitud a la Iglesia por ese gesto de oración. Al principio de la misa, el sacerdote celebrante se dirigió así a los familiares: «Estamos aquí con un pleno respeto a vuestra fe y a vuestra tradición religiosa, pero nosotros no tenemos nada más valioso que deciros y daros que Cristo, y Cristo crucificado».

Estos no son hechos interreligiosos reservados a los creyentes. Hablan a todos. En ellos la pietas, que reconoce la dependencia original del hombre de Alguien más grande, revela a los hombres su fraternidad constitutiva.

Por eso, misteriosa pero realmente, hasta la prueba más trágica y dolorosa puede transformarse en ocasión de esperanza y de vida. El sacrificio –y mucho más el sacrificio inocente– siempre tiene una secreta, indestructible fecundidad.

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