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24 SEPTIEMBRE 2018
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>La experiencia ucraniana, en EncuentroMadrid

Hombres que esperan contra toda esperanza

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Julio de 1976, España. El rey Juan Carlos I encarga la formación de su segundo gobierno a Adolfo Suárez. La opinión pública apenas sabía nada de este joven político, pero su pasado al servicio de Franco hacía desconfiar a los que esperaban un giro radical que alejara al país de la herencia de una dictadura que ya había tenido una vida demasiado larga; al igual que su carácter abierto y su espíritu contemporáneo, hacían desconfiar a los que querían permanecer fieles a la deriva franquista. Suárez era, en definitiva, tan desconocido como temido. Sin embargo, todos los malos augurios resultaron falsos y los buenos (para quienes los tuvieran) se quedaron cortos. Adolfo Suárez demostró una talla humana y política que nadie se había imaginado y ya en los primeros años de su gobierno consiguió dar forma a una esperanza que parecía tan imposible como deseada: la reconciliación de lo que casi dos siglos de ideologías cada vez más extremas habían dado en llamar “las dos Españas”.

No es que el recuerdo del recientemente desaparecido presidente (fallecido el pasado 24 de marzo) nos haga divagar en la utopía de una Arcadia política. Aquellos primeros tiempos fueron tiempos difíciles, en los que los deseos –justos– de cambio se confundían a menudo con la reacción violenta de grupos extremistas y terroristas que, amantes del reino dividido, como “hijos de la mentira”, seguían lanzándose disparos desde las dos orillas del río. ¿Qué es lo que permitió, entonces, que se obrara el milagro? La fuerza de unos hombres que creyeron que aún se podía confiar en el corazón de los hombres, en sus deseos de bien, de justicia, de verdad. Consciente de que un hombre solo no crea la sociedad, Suárez supo buscar la compañía de quienes tenían su mismo horizonte y esperaban, como él, un “mañana abierto al infinito” (como rezaba un verso de Machado que él mismo citaba), sin importarle que en su gabinete se dieran cita políticos de las más diversas procedencias; convencido de que “los otros” no eran una amenaza, sino posibles aliados del bien común, legalizó los partidos políticos que se habían prohibido durante el régimen y preparó al país para sus primeras elecciones libres (1977); sabedor de que no hay paz sin perdón, decretó la amnistía de los presos políticos y de guerra y permitió el regreso de los exiliados; fiel al consejo evangélico de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” reelaboró la ley de libertad religiosa, desligando a la Iglesia del gobierno y permitiéndola así gozar de su identidad propia; y finalmente, como incansable trabajador, creó un clima de confianza y convivencia que posibilitó –a través de las mutuas cesiones de la izquierda y la derecha– la elaboración y aprobación de la Constitución de 1978, aún vigente en España, y que contó con el grado más alto de consenso en la historia del país.

Febrero de 2014, Ucrania. Unos días después de la huida del presidente Yanukovich, de su destitución por parte del parlamento y de la convocatoria de elecciones para mayo, en Kiev se inaugura el “Fórum europeo”, cuyo objetivo es el de «estructurar, a largo plazo y a través del conocimiento, el apoyo de la sociedad civil europea, particularmente los intelectuales y los militantes de los derechos humanos, al compromiso de la sociedad civil ucraniana para la democracia». Sus fundadores y portadores institucionales son la Universidad Nacional de Kiev-Mohyla, la revista La Règle Du Jeu y el Movimiento Antirracista Europeo (EGAM). El fórum cuenta con una plataforma interactiva en la que se dan cita intelectuales ucranianos y europeos entablando un diálogo constructivo, basado en el intercambio mutuo de experiencia y conocimientos. Y, por otro lado, con un programa de conferencias que acogerá en Kiev a una serie de personalidades europeas del mundo de la política, la cultura, el arte y la acción social.

A nadie se le escapa que estos son tiempos difíciles para Ucrania. Los nuevos “hijos de la mentira” siguen blandiendo sus armas –lingüísticas, propagandísticas y de fuego– desde las dos orillas del río (Moscú y Kiev) y se empeñan en sembrar la desesperanza en un futuro tan incierto como su presente. Pero en medio de la división, del miedo y la desconfianza, hay un grupo de hombres que aún creen en el corazón de los hombres y que luchando, incansables, contra las aguas de este desbocado río, intentan dar cauce a los deseos de justicia, de verdad y de bien que anidan en el corazón de su pueblo. Un pueblo que, a despecho de las “consecuencias históricas”, tiene hundidas sus raíces en algo más grande que la política, la ideología o la mera buena voluntad. Hombres vivos que, convencidos de que “los otros” no son una amenaza, sino una necesidad para el bien común, les dan voz y espacio, para “escucharlo todo y quedarse con lo bueno”; sabedores de que no hay paz sin perdón, no condenan a sus enemigos, sino que piden su libertad (como nos muestra el testimonio de Michail Gavriljuk, que ha renunciado a cualquier pretensión judicial contra el hombre que le apaleó, le desnudó y le denigró el pasado mes de febrero); fieles al consejo evangélico “la verdad os hará libres”, se presentan ante el mundo con todo lo que son, sin querer esconder ni aparentar nada (como atestigua el reciente viaje del profesor Konstantin Sigov a París, donde se ha entrevistado con el presidente Hollande y ha llevado con él a dos de las voluntarias del Maidán, Lisa y Lessia, demostrando así la falsedad de quienes piensan que el Maidán estaba liderado por un grupo de fascistas).

En nuestro mundo racionalista y contemporáneo, enfermo de desánimo y escepticismo (sin negar, por supuesto que, como toda enfermedad, también esta tiene sus causas reales) y en el que ya muy poca gente cree que la política debe buscar el bien del pueblo, hay aún hombres, trabajadores infatigables, que esperan contra toda esperanza.

Abril de 2014. El profesor Konstantin Sigov –uno de los fundadores del Fórum Europeo– viajará a Madrid, donde hablará de su amada Ucrania, donde se encontrará con gente del mundo de la cultura, la política y la prensa, a quienes contará esta iniciativa y a quienes, seguramente, se ganará para su causa. La casualidad – ¿o habría que decir mejor el Destino?– lleva al profesor de Kiev a Madrid justo en este momento en que la sociedad ucraniana se ha rebelado contra la deriva dictatorial de un gobierno degradado y quiere renacer en la esperanza del cambio y la sociedad española recuerda conmovida la figura del hombre que hizo posible el milagroso cambio pacífico de la dictadura a la democracia. Una coincidencia que, quizá, no sea del todo gratuita y que, para quien no cierre los ojos a la realidad, será sin duda el signo de que aún hoy existe gente con el valor necesario para mantener la esperanza de los hombres.

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