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9 DICIEMBRE 2016

El poder y la gloria (G. Greene)

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El padre José recorre caminos sin saber muy bien a dónde ir, sin recordar muy bien por qué razón no huyó cuando pudo huir. Los sacerdotes habían sido expulsados de México y los que durante un tiempo se mantuvieron de incógnito, finalmente se marcharon por miedo a la persecución. Y él, atormentado por sus pecados, lucha por no perder la fe que poco a poco se le había ido escapando de entre las manos, cuando todo estaba en orden, gestionaba su parroquia y sus feligreses cumplían devotamente lo que él les mandaba.  

Tú no te acuerdas del tiempo en que aquí había iglesia. Yo fui un mal católico, pero la religión significaba... Bueno, significaba música, luces, un sitio donde sentarse lejos de este calor...  

El padre José vive literalmente desarraigado, sin patria que le pueda dar alguna clase de cobijo. Era un mal sacerdote, lo sabía: un pater-whiskey, mote puesto a los de su clase; pero el chorreo de sus culpas caía fuera de la vista y del entendimiento, en algún lugar donde las acumulaba en secreto: el vertedero de sus caídas. Pero las viejas costumbres han dado paso a la verdad de las cosas: ya no cumple ningún papel y quiere saldar sus cuentas, quiere comprender qué cartas le quedan. Todos se han marchado y él se ha quedado, luchando consigo mismo, huyendo a duras penas, encontrando a pobres hombres que todavía echan de menos al Dios prohibido.  

El cordón umbilical que le une a la vida, fragilísimo, es quizás la memoria de su propia vocación, la débil conciencia de que un día fue llamado para evitar que la desesperación carcomiera el corazón de los hombres, y el suyo propio. No le sostiene su propia fuerza, ni su valentía, ni una gran fe. Un hilo le mantiene unido a esa tierra miserable: el pensamiento de que si él también se va, Dios se convertiría en un extraño para esa gente, en un recuerdo que difícilmente volvería.  

Pero yo no soy un santo -arguyó él. No soy siquiera un hombre valiente. En cambio, no importa gran cosa que yo sea un cobarde..., y todo lo demás. A pesar de ello, puedo depositar a Dios en la boca del hombre y puedo darle el perdón de Dios. Y esto sucedería igual aunque todos los curas fuesen como yo.  

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