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3 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista al poeta José Mateos

'Entiendo lo religioso como una relación con un misterio que nos traspasa y supera'

Pablo Luque Pinilla
© José del Río Mons

¿Puedes concretarnos brevemente en qué consiste el «dogmatismo de un gusto restringido» que mencionas en La Razón y otras dudas?

No recuerdo bien el pasaje al que te refieres. Desde que se publicó no he vuelto a leer ese libro. Supongo que cuando defiendo en La Razón y otras dudas el «dogmatismo de un gusto restringido» es porque creo que, en cuestiones de gusto, tener un criterio sólido, unas convicciones firmes y excluyentes, e incluso un tanto irracionales, es de lo más necesario y fecundo. Hablo, claro, desde el punto de vista del creador, no desde el punto de vista del público o del crítico. El público y el crítico, por el contrario, deberían acercarse siempre a una obra de una manera abierta y receptiva, sin prejuicios. El creador, que es alguien que dedica su vida a buscar obsesivamente algo entrevisto, entreoído en la sombra, se ve obligado, de algún modo, a delimitar sus intereses, a fijar su atención en una serie de obras que le conducen por esa oscuridad. Esta actitud le hace ver con una enorme lucidez a ciertos autores, a ciertas obras,  pero le impide apreciar y valorar otras que quedan fuera de su radio de acción. No estoy seguro, pero quizás me refería a eso. 

¿Crees que el riesgo estético tiene que ver más con el riesgo sobre las cuestiones humanas en relación con la contemporaneidad en la que se inscribe el autor, y sus encrucijadas, que con la evolución formal que acontece de forma natural, conforme va cambiando el momento histórico y su lenguaje? Este riesgo, ¿no deberían afectar de forma simultánea e indisociable a res y verba, forma y contenido?

Me parece que el riesgo estético en sí mismo no vale nada. Ese es uno de los malentendidos que sostienen la gran mentira del arte y de la literatura contemporáneas, que en su mayoría es juego, escándalo y danza histérica alrededor de la nada. El único riesgo estético que me interesa es el que va más allá de lo meramente estético, de lo puramente artístico y literario, y se traduce en una verdad de orden espiritual. En no sumarse al mal y a la mentira cuando el mal y la mentira reparten beneficios, en desoír a las sirenas de la satisfacción y en ser fiel a la tarea para la que uno fue llamado. En eso consiste el verdadero riesgo.

¿Consideras que el debate sobre el exceso o la falta de riesgo formal en la poesía española actual es un debate que da la impresión de reaparecer cuando ya lo creíamos superado o, por el contrario, es una cuestión insuficientemente abordada por poetas y lectores?

Verás, es que hablar  de eso que tú llamas «cuestiones formales», así, aisladas de todo lo demás, a mí me parece que es hablar de nada.  Es como aquel ganadero vanguardista que se arruinó queriendo criar toros de lidia que tuvieran los ojos verdes. A todo el mundo esa locura tonta le parece hoy originalísima y digna de admiración. Y no entiendo por qué. Lo importante para un ganadero de toros de lidia es que los toros embistan ¿no?  Pues igual. Lo importante de un poema es que emocione y nos sitúe más allá las apariencias. La manera de conseguirlo dependerá de muchas cosas. Nos guste o no, un buen poema siempre echa raíces en una tradición porque necesita de esa tradición común para que las palabras puedan decir más de lo que dicen. Y más que actualizarla, se sostiene en esa tradición para saltar hacia regiones donde ya el poema  ha de ir sólo. Sin Virgilio, Dante no hubiera podido llegar a donde llegó, pero pasado un punto, y aunque Dante no lo quiera,  tiene que ir solo. Y no hablo de «cuestiones formales». Hablo de algo que es más importante, de algo que afecta a las cuestiones formales pero que va más allá de ellas.

¿Crees que Internet está consagrando a gran velocidad el lenguaje audiovisual también como contexto de la creación y la comunicación poética, que hasta ahora se restringía sobre todo al ámbito de la letra impresa? Aclaramos que no nos referimos sólo a cuestiones de difusión y distribución de textos.

Internet ha ampliado la oferta de información y la información misma. Eso es evidente.  Ahora, yo creo que  eso no es ni bueno ni malo: porque la misma información que a uno le sirve para comprender mejor el mundo, a otro le puede servir para confundirse y estropearse. Respecto a la poesía, no veo que Internet traiga nada nuevo  La poesía nunca ha estado restringida a la letra impresa y se ha colado siempre por todas partes, por las letras de las canciones, por la pintura conceptual, por los grafittis, etc. Aunque me parece que hoy por hoy su elemento más propicio sigue siendo el libro. La letra impresa tiene todavía para un occidental una importancia capital y un halo de autoridad, de liberación, de revelación del que difícilmente podemos prescindir. No olvidemos que en realidad nuestra civilización se ha levantado sobre unos cuantos libros.  No creo que Internet pueda cambiar eso. Y no creo que en lo que se refiere a la poesía, a la palabra escrita, la influencia de Internet o de cualquier otro adelanto técnico, pueda afectar a lo sustancial.   

Parece que la poesía vuelve a la plaza pública y se aprecia un cansancio de la poesía restringida al ámbito de lo privado. El fenómeno de los recitales y las performances prolifera. Además, éstos a menudo se graban y se cuelgan en ese gran ágora virtual que es la Red.  ¿Te interesa esta transformación?

Sí, claro, me interesa mucho como observador De todos modos no hay que olvidar que la poesía, tal como la entendemos hoy, es un encuentro que sucede, como todo lo que verdaderamente importa en esta vida, en lo más recóndito e intransferible de cada uno: en la intimidad, aunque esa intimidad esté rodeada de gente en un bar o en un salón de actos. Cuando un poema no va dirigido al hombre solo, sino al  público, se convierte en un arma cargada de lugares comunes, en un agente que busca, al igual que muchos espectáculos de hoy,  implantar en todo el mundo la unanimidad colectiva, ese ídolo social cuya adoración  tantas guerras y masacres ha costado. 

En el mundo en el que prevalece la incapacidad del individuo para experimentar la unidad personal y, aún más, con su entorno ¿puede la poesía todavía cumplir alguna función social?

Es posible que, como dicen algunos, la poesía no tenga fuerza  para cambiar el mundo, pero sigue siendo capaz de cambiar a una persona por dentro, y eso -creo yo- es suficiente. Por otra parte, hay que recordar que a la poesía, desde la antigüedad, se le ha reconocido el don de la profecía.  Las grandes catástrofes siempre han estado precedidas por el canto de los poetas que las sufrían interiormente, anticipándose a ellas. Hoy, los mejores poetas actuales están emitiendo suficientes señales alarmantes. Creo que si se les escuchara mejor, podríamos evitar algunos descalabros.  

¿Y qué futuro le espera entonces a la poesía?

En un mundo donde no hay tiempo para escuchar al otro, para pensar por sí mismo ¿qué es lo que leerá la gente? Pues lo que ya vemos: libros tranquilizadores y de basura precocinada. Actualmente la ley del mercado ha mandado a la poesía -y a la buena literatura- a las catacumbas. Sólo algunas librerías y algunas editoriales resisten la avalancha de chucherías culturales con que las multinacionales de la edición nos inundan. Pero no hay que olvidar que en tiempos de decadencia y miseria, la salvación ha salido siempre de las catacumbas, de los que resisten ocultos bajo tierra.

Dejemos las cuestiones de carácter general, y hablemos de ti y de tu escritura en particular. Hemos podido saber que de niño quisiste ser torero y toreaste a tu primera vaquilla a los nueve años; que probaste a ser futbolista; que fuiste actor de cine en la adolescencia; y vagabundo por dos meses en tu juventud, cumpliendo así un sueño de la infancia. ¿Tan inquieto ha sido José Mateos? ¿Cómo es que al final te decantaste por estudiar filosofía pura y hacerte escritor?

De niño -y no tan niño-toreé y actué en alguna película porque mi familia estaba vinculada, de alguna manera, al mundo de los toros y al del cine. Mi padre era proyectista y filmaba documentales que obtuvieron algunos premios. Mi tío fue durante años apoderado de Antonio Ordóñez y a veces íbamos a Valcargao, la finca de Ordóñez donde está enterrado Orson Wells, a torear vaquillas.   Después jugué en la liga española pero en un equipo de tercera regional. Y poco antes de alcanzar la mayoría de edad me fui de casa y viajé por toda España haciendo autostop y colándome en trenes. Fue una época peligrosa y turbulenta en la que conocí a mucha gente pintoresca. Aprendí mucho de algunas personas que se quedaron en la cuneta de la vida. Al cabo de unos años me instalé en Sevilla para matricularme en Filosofía Pura pensando que quizás esa carrera sería la adecuada para encontrar algunas respuestas a ciertas preguntas que me obsesionaban. Creí que allí me enseñarían a pensar mejor. Pero pronto me di cuenta de mi ingenuidad. Por lo general, las facultades de filosofía sólo sirven para fabricar profesores de filosofía que a su vez glosan a otros profesores de filosofía.  

Una de las cosas que más nos han impactado en tu poesía es cómo tratas la figura del padre. En las «Notas y agradecimientos» de Canciones hemos encontrado este párrafo esclarecedor: «A veces he imaginado que, en la tierra invertida que es la muerte, quizás los muertos tienen -no sé en dónde- un lugar al que van de vez en cuando para dejar algunas flores ante las lápidas de los vivos. Y quizás algunas de  estas canciones son en lo que se han convertido esos crisantemos, padre, que hace tiempo allí me dejaste.» ¿Qué lugar ocupa esta figura en tu poesía?

Responderte a esa pregunta me obligaría a entrar en confesiones muy personales que no creo que interesen ahora. De todos modos, se pueden rastrear a lo largo de mi obra. La muerte de mi padre supuso uno de los acontecimientos fundamentales en mi vida. Esa muerte abrió en mí una herida incurable pero, al mismo tiempo, también me abrió las puertas a una realidad mucho más compleja, profunda e intensa.
 Creo que en  mi poesía el padre es el instigador de ciertas preguntas trascendentales, la figura que me vincula con la muerte y con todos sus misterios.

También entrevemos que en tu obra el deseo de salvación personal confiado a la escritura se convierte, generalmente, en doloroso escepticismo. Sin embargo has entregado gran parte de tu vida a la poesía. ¿De dónde surge entonces tanto entusiasmo?

No es escepticismo, no soy un escéptico. Lo que tú llamas «doloroso escepticismo» es sólo la constatación de una realidad. La poesía, al menos tal como yo la concibo, nace de un sentimiento de carencia, de pérdida, que es consustancial al ser humano. La poesía sólo se hace presente cuando esa carencia, esa sed de algo que no está, nos conmueve por dentro hasta romper en palabras. El milagro de la poesía consiste precisamente en que esas palabras transformen de pronto esa carencia en una especie de plenitud. 
Yo creo que comencé a escribir cuando sentí por primera vez que siempre -no sólo cuando estaba triste, sino también cuando me sentía bien, incluso cuando era feliz-,  siempre, siempre había algo que me faltaba, no sé qué. Desde entonces estoy buscando eso que siempre falta y mi manera de buscarlo es escribiendo.

En tus poemas la muerte y Dios, sobre todo desde Canciones, aparecen con frecuencia. ¿Es José Mateos un poeta religioso o lo religioso es lo específico de José Mateos, y por eso le interesa? Hablamos de lo religioso en el sentido del lugar común de las preguntas estructurales y aspiraciones más específicas de lo humano, de su misterio y su destino, de la naturaleza humana en definitiva.

Aunque ya hay algunas alusiones en libros anteriores, creo que es antes de Canciones, a partir de Soliloquios y divinanzas, cuando mi obra se escora hacia lo religioso, entendiendo lo religioso tal como tú dices, como algo previo a cualquier iglesia o credo, como  la relación con un misterio que nos traspasa y nos supera. El mismo título de ese libro ya es una declaración de principios. Cuando escribí ese libro, entre 1996 y 1997, que un poeta hablara de Dios o de la inspiración, etc, era como volver a los tiempos del Concilio de Trento o a los más cercanos de la revista Espadaña u otras por el estilo.  Yo ya sabía que escribir sobre esos asuntos  en un país como España donde los críticos, los escritores e intelectuales en general sienten una evidente alergia a lo sagrado era condenarse a ser malinterpretado y etiquetado. Y así fue. Pero para mí obviar esos asuntos, ya no era posible. Después, las cosas han cambiado algo y hasta los defensores del nihilismo vital se sienten en la obligación de decir algo sobre el tema. 

En tu último libro publicado, el ya aludido La Razón y otras dudas, creas una serie de personajes y hasta una especie de Academia platónica. ¿Habrá una segunda parte? ¿Quiero decir que si vas a continuar dando a la imprenta otras vivencias de esa Escuela Popular de Docta Ignorancia y del maestro Espectro y compañía?

Eso nunca se sabe. Tolo lo que  escribo, lo escribo a tientas.  Lo que es seguro es que este libro es un libro inacabado, como tu pregunta insinúa. Todos mis libros lo son.  Lo que yo escribo son preguntas sin contestar. Es el lector el que tiene que darle conclusión a mis libros, leyéndolos y buscando dentro de sí mismo sus propias respuestas.

¿Qué pueden esperar los lectores del poeta José Mateos de estos textos de ensayo?

El pensamiento poético no tiene nada que ver con el pensamiento filosófico y confundirlos es el error de mucha poesía enfática y coñazo que se escribe hoy. A mí me ha obsesionado siempre la existencia del mal, de la injusticia, lo inevitable de la muerte, las preguntas sobre Dios... De esos asuntos se ocupan mis poemas desde una perspectiva «poética»: tanteando y cantando; y mis libros de ensayos desde una perspectiva «filosófica»: tanteando y razonando.

¿Y qué pinta José Mateos entre tanta escritura?

Pintar es para mí una manera de acariciar algo que me gusta, una manera de agradecerle al mundo su belleza. Me resulta mucho más placentero que escribir. Supongo que es porque no tengo ninguna ambición en ese terreno. No me lo tomo muy en serio. Lo que suelo pintar son, sobre todo, paisajes, esos paisajes por los que paseo una y otra vez, con mucha frecuencia, y forman ya parte de mi geografía simbólica: el faro de Trafalgar y sus alrededores, las salinas con sus casas desvencijadas y solitarias, el mar...

FOTO © José del Río Mons

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