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10 DICIEMBRE 2016
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No hay política sin padre

Cecilia Ricci | 0 comentarios valoración: 3  91 votos
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Tras el desinterés generalizado ante las próximas elecciones europeas del 25 de mayo se esconde, aunque no demasiado oculto, el fantasma de la antipolítica, que está creciendo peligrosamente en los últimos años, con la complicidad del colapso de la economía, las cortinas de humo sobre los engaños de las altas finanzas y la crisis de los partidos políticos marcados por la creciente corrupción. La desconfianza en el papel de las instituciones así como en el poder constructivo del diálogo se están convirtiendo en fenómenos transnacionales.

En el fondo, con el teatro representado por Beppe Grillo en Italia hace un par de meses, durante la retransmisión de las consultas de Renzi, se difunde la misma trivialización del lenguaje que caracterizó el tono intimidatorio y racista de la política de Le Pen, o el violento ataque verbal y físico recibido por algunos estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid durante el reparto del documento «Es bueno que tú existas» apoyando el proyecto de ley del ministro Gallardón en defensa del nasciturus y la mujer embarazada.

Con pleno respeto a una lógica de oposición, lo que se está afirmando es una idea de política como choque total capaz de arraigarse en el tiempo de la post-utopía ante las ruinas de los ideales (primero los del 68 y luego los del neocapitalismo liberal) por parte de quienes primero fueron “serviles” y luego “traicionados”.

Pero tras la costra de la política lo que está en acto es lo que Pasolini definía como “mutación antropológica”, cuyo sentido ha sido objeto de investigación por Massimo Recalcati en su libro El complejo de Telémaco. Padres e hijos después del ocaso del padre. Como explica el psicoanalista lacaniano, una relación equilibrada entre las generaciones y una vida comunitaria orientada a realizar los intereses de la colectividad prevén la aceptación de la “Ley de la Palabra”, o bien el encuentro con la experiencia del límite que produce la tentación de vivir la propia existencia bajo la aparente libertad del goce inmediato. Hasta tal punto la Ley de la Palabra es lo que permite humanizar la vida que “nos abre a su dimensión finita, dependiente y lesa”.

Cuando, de un modo totalmente razonable, dejamos de secundar los caprichos infantiles y narcisistas que alimentan en una espiral infinita nuestro individualismo desenfrenado, lo hacemos porque sabemos por experiencia que la vida es sensata, o mejor dicho más humana, cuando se convierte en un fatigoso ejercicio de traducción que exige la “mediación de Otro”. “Sin la presencia del Otro la vida humana muere, se marchita, pierde el sentimiento mismo de la vida, se apaga”, porque la existencia se ve nuevamente negada en el individualismo libertario y narcisista que celebra el culto del yo y su principio de autodeterminación. Es el tiempo de la pasoliniana mutación antropológica que intuye el dogma de la “libertad privada de responsabilidad”. “El fantasma de la libertad rechaza, además de la experiencia del límite, la descendencia, la experiencia misma de la filiación, niega nuestro ser hijos”.

La dictadura de la libertad hipermoderna, del goce inmediato, sin límites, olvida que la verdadera libertad nace siempre del diálogo con alguien y por tanto es siempre “dependiente”, siempre “secunda” una presencia. De George Steiner a Flannery O’Connor la libertad se entiende como respuesta a la irrupción de una Presencia y se mide sobre la base de nuestra hospitalidad para acoger la entrada del Otro en el gran arte (Steiner) o de la Gracia en nuestras vidas desvencijadas (O’Connor). Se trata por tanto de elegir –como decía el arzobispo Angelo Scola en el acto central de EncuentroMadrid– entre concebirse como el resultado del propio experimento (el yo narcisista separado de cualquier vínculo que no sea el sometimiento al propio interés) o aceptar ser un yo-en-relación.

Por eso recuperar la confianza en la mediación de las instituciones, en el papel del debate político, en el valor positivo de la confrontación que exige siempre narrarse y escuchar, requiere satisfacer la necesidad de un testimonio. Como recuerda Recalcati, en la época de la reducción a cero de cualquier ideal se hace cada vez más viva la exigencia de padres-testigos. “El padre que hoy es invocado no puede ser ya el padre que tiene la última palabra sobre la vida y la muerte, sobre el bien y el mal, sino solo un padre radicalmente humanizado, vulnerable, incapaz de decir cuál es el sentido último de la vida, pero capaz de mostrar, mediante el testimonio de su propia vida, que la vida puede tener un sentido”.

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