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7 DICIEMBRE 2016
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Soledad

Miguel de Haro Serrano | 0 comentarios valoración: 3  86 votos
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¿Cómo sale el hombre de la soledad? Mi humana vida –diría Ortega (1883-1955) en la introducción a El hombre y la gente– es por esencia soledad. Mi dolor de muelas solo a mí me puede doler. ¿Cómo sale el hombre de su soledad? El hombre en su realidad radical –insiste Ortega– está solo con las cosas, y como entre otras cosas están los otros seres humanos, está solo con ellos. La soledad es siempre soledad de alguien, es decir, que es un quedarse solo y un echar de menos. Martin Buber remacha estas ideas cuando afirma que “en el hielo de la soledad es cuando el hombre, implacablemente, se siente como problema, se hace cuestión de sí mismo”.

Ortega para explicar mejor este sentido de la soledad pone como ejemplo a Nuestra Señora de la Soledad, que es la Virgen que se queda sola de Jesús, que lo han matado, y en su soledad medita sobre la más dolorida palabra de Cristo: Eli, Eli / lama sabacthani – Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquisti me? – “Dios mío, Dios mío / ¿por qué me has abandonado? / ¿Por qué me has dejado solo de ti?”. Ortega comenta estas palabras como “la expresión que más profundamente declara la voluntad de Dios de hacerse hombre –de aceptar lo más radicalmente humano que es su radical soledad. Al lado de esto, la lanzada del centurión Longinos no tiene tanta significación… No, no: Cristo fue hombre, sobre todo y ante todo, porque Dios le dejó solo (sabacthani)… Tenemos que vivir nuestro radical vivir solos, y que solo en nuestra soledad somos nuestra verdad”.

¿Cómo sale el hombre de su soledad? Ortega responde: “Desde ese fondo de soledad radical que es nuestra vida, emergemos constantemente en un ansia, no menos radical, de compañía; quisiéramos hallar aquel cuya vida se fundiese íntegramente, una y otra vez, en un intento de interpenetración, de des-soledadizarnos, asomándonos al otro ser humano, deseando darle nuestra vida y recibir la suya; …para ello hacemos los más varios intentos; uno es la amistad, pero el supremo entre ellos es lo que llamamos amor”. El hombre sale de su soledad cuando aparece el otro. Para un cristiano, el primer Otro es Cristo. Más aún si es Sábado Santo.

Joseph Ratzinger, el Papa dimisionario Benedicto XVI, en la segunda parte de su obra Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (2011), describe la soledad de Cristo en su pasión y muerte en varios escenarios. El primero de ellos, en Getsemaní, en la ladera del Monte de los Olivos, al que Ratzinger califica de “un dramático punto culminante del misterio de nuestro Redentor, en donde ha experimentado toda la tribulación de ser hombre. Aquí se estremeció ante la muerte inminente. Aquí le besó el traidor. Aquí todos los discípulos lo abandonaron”. El Señor dice a sus discípulos: “me muero de tristeza; quedaos aquí y velad conmigo”. La somnolencia, la apatía, la indiferencia fue la respuesta. Jesús oró: “¡Abbá! (Padre): Tú que lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres”. Ratzinger interpreta las dos partes de la oración como un enfrentamiento entre dos voluntades: “una es la voluntad natural del hombre Jesús, que se resiste ante el aspecto monstruoso y destructivo de aquello a lo que se enfrenta; la otra es la voluntad del Hijo, que se abandona totalmente a la voluntad del Padre”. “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

Soledad de Jesús en todos los actos del proceso. Ante el Sanedrín, cuando el sumo sacerdote le pregunta: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?” y Jesús responde: “Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,62). Jesús es declarado culpable de blasfemia. Sobre la soledad, la traición de Pedro. Soledad de Jesús en el Pretorio, ante Pilato, quien le pregunta: “Conque ¿tú eres rey?”, a lo que le responde: “Tú lo dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18,37). Antes de condenarle a muerte, Pilato lo humilla, lo maltrata con crueldad y hace mofa de él, lo compara con un malhechor, lo manda azotar con brutalidad y lo corona de espinas. El hazmerreír, el chivo expiatorio. Ecce homo.

La suprema soledad de Cristo está en la cruz, en donde sufre y muere. Es una soledad fructífera para la humanidad. Perdona con piedad (Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen). Infunde esperanza sin límites (Hoy estarás conmigo en el paraíso, nos dice a todos en la persona del buen ladrón). Implora al Padre con el grito de desgarro del salmo 22,2: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?, a sabiendas de que sería atendido como señala el salmo 120 (A Yahvé, en mi angustia / grité y me respondió). En su último mandato, convierte a su madre, la Madre de Dios, en madre de todos y cada uno de los hombres (Mujer, aquí tienes a tu hijo; hijo, aquí tienes a tu madre). Jesús sintió sed. Tengo sed, dijo. Con esta ansia de mí, y de ti, quiere cambiar nuestro corazón ruin en fuente de amor de Dios. Con esta necesidad, con esta sed por los demás, llegó a la hora nona y murió en la cruz dirigiéndose al Padre: En tus manos entrego mi espíritu. “Desde la cruz, nos dice Ratzinger, el Señor reúne a los hombres para la nueva comunidad de la Iglesia universal. Mediante el Hijo que sufre reconocen al Dios verdadero”.

Ahora celebramos su Resurrección. Qué alivio, Señor. ¡Aleluya!

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