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8 DICIEMBRE 2016
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Esperando a Narendra Modi

Ricardo Benjumea | 0 comentarios valoración: 3  108 votos
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El gran espectáculo de las elecciones en India se acerca a su final. Entre el 7 de abril y el 12 de mayo, han sido convocados a las urnas 815 millones de ciudadanos electores, lo que equivale a la suma de habitantes de la UE y Estados Unidos.

La India, más que un país, es un continente, en el que existen diferencias culturales tan grandes entre unas y otras regiones como los que pueda haber entre Grecia y Dinamarca. El tamaño del país y el sistema electoral –sistema mayoritario, parecido al británico, en el que se elige a cada representante en circunscripciones de aproximadamente 1,5 millones de habitantes– hacen que sea muy difícil dar con las claves justas para interpretar un proceso electoral nacional. Se trata más bien de una suma de múltiples elecciones locales, donde deciden los asuntos vecinales (y cada vez más, las fuerzas políticas locales). Tras conocerse los resultados, entra en juego la aritmética parlamentaria, y comienza un período de negociaciones que puede deparar sorpresas.

O así es como eran las cosas hasta ahora… Esta vez, muchas cosas son distintas. Algunas encuestas pronostican que el partido nacionalista hindú BJP podrá formar gobierno con sus aliados de la Alianza Nacional Democrática, sin necesidad de buscar más socios. Esto sería ya una novedad. Se espera, en todo caso, una gran victoria del BJP, tras diez años de gobiernos de la Alianza Progresista Unida, con el Partido del Congreso al frente, la formación laica y de centroizquierda de los Nehru-Gandhi, hegemónica desde la independencia.

También son distintas estas elecciones por la polarización en torno a la figura de Narendra Modi. Unos le presentan como el hombre fuerte capaz de llevar a cabo las reformas económicas que necesita el país (la burocracia es una pesada losa que frena el gran potencial de su población), y otros le ven como un peligroso nacionalista, un aspirante a dictador, sobre quien pesa la permanente sospecha sobre su responsabilidad en la matanza de un millar de musulmanes en 2002. Modi fue investigado y absuelto, pero no así alguno de sus colaboradores.

Son éstas unas elecciones distintas, porque marcan un cambio de era en la India, con importantes implicaciones para el conjunto de Asia (o si se quiere decir de este otro modo, para todo el planeta). Modi representa una nueva conciencia nacional india, desde luego con raíces religiosas, hinduistas. Pero paradójicamente su ascenso es ahora posible gracias a que el sistema de castas se ha debilitado considerablemente en las últimas décadas. En ese ambiente donde todo estaba marcado por el nacimiento en una determinada casta, el liderazgo correspondió al Partido del Congreso, formación de brahmanes que instauró lo que, según algunos críticos –sobre todo los de corte marxista–, debe calificarse como sistema confesional encubierto. Las castas superiores controlaban –controlan– la economía y la política, con poderosas redes clientelares para mantener apaciguados a los estamentos inferiores. Pese a las reformas liberales emprendidas en los años 90, la economía india sigue fuertemente subsidiada, y es víctima también de la enorme voracidad por parte de sus políticos y funcionarios. En 2010, el Gobierno invirtió unos treinta mil millones de dólares en programas contra la pobreza, pero según el Banco Mundial, el 59% de esa cantidad acabó en bolsillos indebidos. Y la brecha entre ricos y pobres vuelve a aumentar en los últimos años, y a un ritmo intolerable, privando al Partido del Congreso de su gran argumento electoral.

La gente busca un gobernante íntegro, y Modi da ese perfil. Además, la política ya no está tan marcada por la división de castas, con sus infinitas subdivisiones locales, que se traducían en pactos políticos incomprensibles para cualquier observador no absolutamente familiarizado con la realidad cultural y socio-religiosa de cada lugar. Éste es un dato importante. El nuevo nacionalismo del BJP hace bandera del hinduismo, pero ha arraigado en un contexto por así decir (exagerando) “post hinduista”, en el que hinduistas de distintas castas pueden reconocerse como parte de una misma realidad y, sobre todo, ponen cuestiones como el crecimiento económico por encima de los debates socio-religiosos que acaparaban el debate político.

Pero si el hinduismo religioso se ha caracterizado históricamente por su tolerante aceptación del otro, no puede decirse lo mismo de algunas manifestaciones del hinduismo político, sobre todo cuando se trata de la minoría musulmana, en torno al 15% de la población de la India. También los cristianos han empezado a experimentar problemas en estos últimos tiempos. Salvo excepciones, el BJP no es un partido exaltado, pero tampoco se ha preocupado por distanciarse de esos grupos radicales.

Por ello no sorprende que el ascenso de Modi provoque recelo en las cancillerías occidentales. ¿Qué pasará por ejemplo cuando llegue –y llegará– una crisis con el vecino Pakistán, potencia nuclear igual que la India? El primer pinistro Manmohan Singh (artífice como ministro de Economía de las reformas de los 90, pero de quien se dice que no ha podido gobernar, porque no se lo ha permitido la líder de su partido, Sonia Gandhi) firmó en 2008 un importante acuerdo nuclear con EE.UU., que dio a la India acceso a la tecnología norteamericana, a pesar de su negativa a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear. George W. Bush y después Obama han visto en este país un contrapeso democrático a China, pero quizá EE.UU. empiece ahora a replantearse algunas cosas.

Nueve de cada diez indios ven a su país como gran potencia, o creen que lo será muy pronto, según una encuesta del Pew Research Center. En los periódicos, abundan los análisis sobre las amenazas para la seguridad nacional provenientes de China y Pakistán. Y lo último que desea el mundo es un primer ministro que azuce esas bajas pasiones nacionalistas.

Segunda paradoja: Modi sería un líder nacional fuerte, pero su ascenso es consecuencia de un proceso de descentralización y del debilitamiento del poder de Dehli. En un momento en que el crecimiento del PIB ha bajado de los dos dígitos a apenas el 5% (insuficiente para dar una salida digna a sus jóvenes –aproximadamente la mitad de los 1.200 millones de indios tiene menos de 26 años–), las miradas de todo el país se han fijado en una serie de resolutivos líderes regionales, alejados de la imagen del político profesional, a quienes, con más o menos fundamento, se considera artífices de impresionantes éxitos económicos. Entre ellos están el gobernador de Orissa o el de Madhya Pradesh. Narendra Modi, que ha dado el salto a la política nacional desde el estado de Gujarat, es el más conocido y carismático de esos nuevos líderes.

Frente a él, pocas o nulas opciones electorales tiene Rahul Gandhi, cuyo mayor mérito es quizá ser hijo de su madre, Sonia. Los ciudadanos de la India no quieren a un heredero, sino a un líder capaz que sepa cómo resolver problemas. La pregunta es si se han fijado en el hombre adecuado, o en uno que les creará problemas todavía mayores.

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