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9 DICIEMBRE 2016
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¿Por qué García Márquez era tan amado?

Dante José Liano | 0 comentarios valoración: 3  128 votos
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Gabriel García Márquez se convirtió en inmortal hace algunos años, antes aún de atravesar la última puerta de una casa llena de habitaciones varías, tal vez llena de espejos y fantasmas, como un nuevo José Arcadio Buendía perdido en el laberinto de la vejez. Tal vez recorriendo ese laberinto lineal se haya encontrado con Aureliano, Úrsula, Amaranta, Prudencio Aguilar, y  habrá recordado aquella tarde de hace tantos años en que su abuelo le llevó a conocer el hielo.

Su abuelo, Nicolás Márquez, le abrió las puertas de la literatura bajo la forma del vocabulario de la lengua castellana, los infinitos relatos de la Guerra de los Mil Días, su predilección por el cine y por la racionalidad. El pequeño Gabriel estaba muy mimado por su abuela, Tranquilina, que juraba haber visto las ánimas de los muertos, tenía premoniciones y creía en lo sobrenatural. De la combinación de estas dos poderosas improntas nacería su amor por la literatura y la desbordante imaginación del escritor colombiano.

García Márquez conoció dos etapas muy claras: antes y después de la fama. La primera fue una vida dura, a veces de privaciones, como el momento en que tuvo que vender la nevera de su apartamento mexicano para poder terminar Cien años de soledad. Después, la abundancia, el carisma, el prestigio, hasta ser el único escritor del mundo con tratamientos de jefe de estado. El colombiano era una especie de zíngaro. Como cuando paseaba por el severo mundo de Bogotá vestido al estilo caribeño, con camisas brillantes y chanclas, entre los burócratas de la capital, o cuando recibió el Premio Nobel ataviado con el "liqui-liqui", un traje blanco autóctono.

Todo debido a su incontenible vocación literaria. Una apuesta sobre todo consigo mismo. Su ambición era la de ser el mejor escritor del mundo. Hasta 1962 se ejercitó en el realismo, con estilo faulkneriano. Luego pasó a ser decididamente hemingwayano. El libro de las hojas muertas es de la etapa de Faulkner. El coronel no tiene quien le escriba, de la de Hemingway. Los críticos europeos insisten en señalar las influencias del Viejo Continente. Quizás por su evidencia no indican la más clara: Cervantes. A un lector hispano, la figura del coronel Aureliano Buendía, que lucha en 32 guerras civiles y las pierde todas, evoca inmediatamente la del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

A su descubrimiento de Kafka se unirá la revelación de Juan Rulfo, el clásico autor mexicano. No hay un gran autor hispanoamericano que no figure en el árbol genealógico de García Márquez, desde Rubén Darío, pasando por Miguel Ángel Asturias (sin su literatura, la de García Márquez no habría existido), hasta el antitético Borges, del que toma muchos de sus rasgos estilísticos.

En 1962, en Ciudad de México, descubre su voz definitiva. Algunos cuentos de Los funerales de la Mamá Grande empiezan a esbozar lo que será el gran relato homónimo. La hipérbole, los párrafos entrelazados como una columna salomónica, lógicos, barrocos, perfectos, la sentencia fatal, la exclamación definitiva, el adjetivo preciso o insólito, el oxímoron, la plena felicidad de contenido y de fondo. De nuevo, la lengua española en su máximo esplendor.

La expresión más completa del descubrimiento será Cien años de soledad, pero la experimentación continúa con El otoño del patriarca, donde los capítulos se suceden sin puntuación y se consolidan las obsesiones recurrentes del escritor, concentradas en una sola: la construcción de un mundo total y autosuficiente. Luego, el riesgo del melodrama con El amor en los tiempos del cólera, más que una novela un tratado sobre el amor y su desesperación; el tema del destino y el tiempo en Crónica de una muerte anunciada; la doliente investigación de El general en su laberinto.

La gran pregunta no es por qué Gabriel García Márquez era un gran escritor. Eso lo sabemos todos. La pregunta es por qué era tan amado. Muy probablemente, lamentamos la pérdida del gran escritor colombiano sencillamente porque en toda su obra se celebraba el gran evento de la vida. La vida tal como nos es dada, con todas sus contradicciones, miserias, debilidades. Y con sus momentos felices y exaltantes. Gabriel García Márquez interrogaba a la vida con el mismo estupor que un niño que va descubriendo el mundo. Con una potente pasión por indagar, a través de las historias, qué somos, dónde nos lleva nuestro espíritu. Es decir, con la potente pasión de la literatura.

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