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8 DICIEMBRE 2016
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Un debate entre la demagogia y la sensatez

José Manuel de Torres | 0 comentarios valoración: 3  111 votos
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El terrible asesinato de la presidenta de la Diputación Provincial de León, Isabel Carrasco, ha alterado el devenir de una campaña de las elecciones europeas que transcurre entre el desinterés mayoritario ciudadano y la obligada atención de los medios de comunicación. De hecho, la gran mayoría de los partidos políticos españoles, exceptuando BNG y Bildu, decidieron suspender sus respectivas campañas en señal de duelo ante el asesinato de la política del Partido Popular. Lo cual es un gesto de humanidad que ensalza a (la mayoría de) la clase política.

De hecho, el debate público entre los candidatos de PP, Miguel Arias Cañete, y PSOE, Elena Valenciano, retrasado dos días, finalmente tuvo lugar la noche del jueves día 15. Sin embargo, esta reanudación de la campaña electoral no parece que vaya a conseguir despertar un gran entusiasmo entre los electores, al menos entre esa mayoría que las encuestas señalan como proclives a quedarse en casa el próximo 25 de mayo.

Y es una pena esta indiferencia general, pues hay que recordar que los 54 eurodiputados que nos representarán a todos los españoles (entre los 751 que conformarán el próximo Parlamento Europeo) decidirán muchos de los asuntos que conformarán nuestra vida cotidiana los próximos años en multitud de cuestiones, empezando porque el Parlamento aprobará por primera vez la elección del Presidente de la Comisión Europea.

El debate entre Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano, aunque no ha sido el máximo exponente del arte de la Retórica y de la Dialéctica, sí ha servido para fijar algunas posiciones de los dos máximos partidos, para insistir en muchos de los tópicos favorables o contrarios de cada cual, para demonizar al adversario y a sus políticas y para terminar de convencer falsamente a la ciudadanía española de que la política nacional es el eje sobre el que giran los asuntos europeos, cuando seguramente empieza a ser ya al contrario.

En todo caso, el debate también ha servido para constatar los escasos recursos doctrinales de una candidata socialista dispuesta a utilizar la demagogia con descaro, pero eso sí, con buenos trucos efectistas como una medida sonrisa y una puesta en escena cuidada y pretenciosamente moderna. Y también ha servido para demostrar que la televisión es un medio que puede distorsionar un mensaje serio, sensato y coherente hasta hacerlo aburrido si no se acierta en el tono, la imagen no acompaña y no se sabe mirar a la cámara.

Así, el discurso de la candidata socialista, más sosegada esta vez que en sus mítines, ha vuelto a la cantinela de la derecha malvada para, en clave más nacional que europea, repasar todos los lugares comunes de una izquierda rancia llena de fantasías animadas de ayer y hoy: los caminos equivocados de una derecha europea (que vela por los ricos y desprotege a los pobres) y los imaginarios recortes a los derechos (de los trabajadores, a la libertad de decisión de la mujer, a los pensionistas, en educación y sanidad). Pero su mejor hallazgo ha sido el de unas soluciones que siempre pasan por el dinero (sin plantearse nunca cómo se obtiene): más dinero para los países del Sur, para los parados, para los jóvenes, para la educación, para la sanidad, para la investigación, para las infraestructuras, para la mujer, para la emigración. En definitiva, un discurso efectista en el que prevalece la exigencia de derechos pero no asoma por ningún lado la contrabalanza de las obligaciones. Y mucho menos, claro está, la cuestión clave de la corrupción.

Por su parte, el candidato popular se ha esforzado en mantener un tono europeísta y serio en su discurso, sustentado en el trabajo y en el conocimiento de los temas nacionales y europeos tras su ejecutoria como ministro en dos Gobiernos de España y su dilatada experiencia como eurodiputado. En su caso, y aunque ha intentado en repetidas ocasiones centrar su mensaje en cuestiones referidas a Europa, finalmente se ha visto obligado a entrar en el debate en clave nacional que su oponente le tendía como trampa. Pero si algo ha demostrado Arias Cañete en sus intervención es que es un político que se sabe de memoria y con datos la asignatura, que ha bregado antes con ella, que le importa más el fondo que las formas, que quiere ser eurodiputado para ayudar a mejorar España y para defender lo mejor posible nuestros intereses. Pero también ha demostrado que además se sabe los números de la política nacional y que no está dispuesto a admitir engaños ni cifras falsas, ni mucho menos a dejar de rebatir la demagogia recordando de dónde proceden los males de la economía española (de los dislates de la etapa de gobierno de Zapatero), cuáles son los resultados de las políticas de los gobiernos del Partido Popular o de sostener con orgullo que es el Gobierno de Mariano Rajoy el que ha conseguido poner fin al hasta ahora creciente número de parados y atisbar una recuperación económica con un crecimiento que dobla ya la media de los países europeos. Aunque hay que reconocer en su debe que ha mostrado un menor conocimiento de algunas claves del medio televisivo.

Como conclusión, el debate ha aportado poco más de lo que ya sabíamos de cada uno de los líderes y de sus propuestas políticas. Esperemos, por el bien de la propia ciudadanía, que la campaña electoral remonte el vuelo y se empiece de verdad a hablar en términos reales de las políticas europeas y de las cuestiones que a todos puedan interesarnos y afectarnos, en vez de asistir por enésima vez a enfrentamientos de política nacional que no generan demasiada expectación. Porque si el espejo en el que nos miramos ha sido este debate, aburrido por el formato, por la repetición de ideas y por la falta de novedades argumentales, el horizonte de la campaña electoral no parece muy halagüeño.

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