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9 DICIEMBRE 2016
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Vaclav Havel, Ucrania y los hombres

Marta Dell`Asta | 0 comentarios valoración: 3  87 votos
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“En la época de la globalización, ¿qué peligros pueden ser realmente pequeños?”, se preguntaba en 2009 el ex disidente Vaclav Havel, no para alimentar el miedo genérico que atenaza al hombre postmoderno sino para confirmar una verdad de la que él ya estaba seguro, es decir, la combinación entre el crecimiento de los medios destructivos y la disminución de la autoconciencia humana hace incierta cualquier paz, cualquier estabilidad puramente “horizontal”, mientras que una conciencia potente de la propia dignidad, de la propia libertad y de la propia responsabilidad hacen posible la victoria de la auténtica paz, eso que Havel llamaba "la vida en la verdad".

Eso es lo que estamos viendo ahora en Europa. Al terminar la guerra de los Balcanes, a nuestro continente parecía haber regresado una sólida bonanza, la Unión Europea ya podía ocuparse de cuestiones económicas, de cuotas femeninas o de ecología sin necesidad de poner en entredicho los más altos ideales de libertad. Era la administración ordinaria de un gran ideal ya arcaico, casi “el fin de la historia”. Y de pronto llega Ucrania: se nos había olvidado que por los altos ideales, aunque solo los ideales de la democracia europea pudieran ser todavía actuales, se puede incluso morir.

¿Qué hacía tan aguda la observación de Havel entonces y qué la hace increíblemente actual hoy? Sencillamente su experiencia como disidente, es decir, la experiencia de un ciudadano sin poder, sin instrumentos ni influencia, la experiencia del hombre particular que, empezando por el cambio de sí, había generado el famoso aleteo de una mariposa que dio lugar a un potente huracán, en este caso histórico. Y no se trata de edificantes mitologías: el hecho de que las acciones de hombres particulares puedan cambiar el mundo lo testimonia una experiencia histórica concreta, no un impulso emotivo ni una construcción intelectual, sino una experiencia concreta. También entonces, como hoy con Ucrania, había quien acreditaba una concepción del mundo y de la historia muy distinta, donde la libertad y la responsabilidad del individuo desaparecen, absorbidas, ridiculizadas por la  “gran política”, por la cuestión energética, por la potencia de las grandes formaciones nacionales o las tramas entre los que entonces se llamaban “bloques”. ¿Qué podía hacer el individuo? Nada, se pensaba: lo único que podía hacer era adaptarse a esta lógica, funcionar como una tecla de un piano bajo los impulsos de los señores de la música. ¿Y qué sucedió entonces para que el poder de los sin poder trastornara esta lógica?

Es una pregunta que hoy regresa con gran actualidad, más inquietante aún porque la globalización ha avanzado mucho, y cada vez se hace más real lo que observaba Havel: “que cualquier conflicto regional un poco más serio se puede transformar en un conflicto de alcance mundial”. Pero nuestra ceguera, nuestra cínica incredulidad ante el papel del hombre en la historia, siguen siendo exactamente las mismas que entonces. Una ceguera típicamente ideológica que Havel definía como la “soberbia” y “arrogante convicción de saberlo todo”.

Pero esa arrogante convicción tiene un corolario tremendo y suicida, el mismo corolario que tenía entonces: quien cree haber comprendido la historia se suele sentir autorizado, si las cosas no funcionan como deben, para intervenir “incluso con violencia”, como observaba Havel recordando el comunismo y los gulag. La situación internacional ha cambiado, el comunismo y los gulag, al menos en Europa, ya no existen, pero la convicción de los poderosos de poder guiar la historia a pesar de la libertad y de la dignidad de las personas sigue siendo la misma: el Maidán sigue siendo incomprensible y peligroso para los que tratan de convertirlo en una parte de su política, tanto para los que temen que pueda comprometer su política como para los que no consiguen concebir a la persona más que como un individuo aislado sin más consistencia que sus ideas, sus sentimientos y el arbitrio de su voluntad, los que no consiguen concebir a la persona más que como una rueda que debe seguir mecánicamente las leyes del mecanismo del que forma parte. El Maidán sigue siendo incomprensible y peligroso tanto para Occidente como para Oriente, allí donde la única grandeza es la de la nada, allí donde la única grandeza corre el riesgo de convertirse en un imperio que restaura un pasado inquietante.

En cambio, el Maidán, al menos para los que no consiguen explicarlo todo según esta lógica común de dos caras, ha sido, exactamente igual que fue para Havel, el descubrimiento y el salir a la luz del deseo del hombre de estar definido por algo más grande que los sentimientos inmediatos (hoy el arbitrio, entonces el miedo), la conciencia de que el hombre no está definido por su pequeñez, por su miseria y pobreza, sino por el respiro infinito de su corazón, eso que hace unos días una pensadora rusa definía así: “Creo que el corazón está vivo solo cuando se estremece de estupor, de alegría o de dolor. Pero cuando se petrifica por el miedo, cuando vacila por un sentimiento de ofensa, de desconfianza, y se repliega sobre sí mismo, entonces deja de estar vivo, se convierte en una piedra, una carga, una jaula de sí mismo. Las puertas del infierno están cerradas por dentro. Pero basta ver cómo se abre paso en medio del asfalto un narciso ‘no previsto’ en ese lugar, o algo que siendo ‘intempestivo’ allí donde está nos anuncia lo que está más allá, e inmediatamente el corazón retoma la vida. Sale de sí mismo, florece, derriba las barreras, recuerda con alegría que no tiene igual, pues es heredero del Reino, y que la tarea de su vida es estar atento a no centrarse en sí mismo, dejando escapar aunque solo sea un signo que nos recuerde, con todas nuestras rarezas, que somos hijos de un rey”.

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