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3 DICIEMBRE 2016
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Un voto entre la movilización y la fragmentación

José Manuel de Torres | 0 comentarios valoración: 3  119 votos
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El hecho de que el PSOE y Elena Valenciano hayan logrado implicar al propio candidato socialdemócrata a la presidencia de la Comisión Europea, Martin Schulz, y a otros dirigentes europeos en su falsa y demagógica campaña contra el supuesto machismo de Cañete y Rajoy rebasa, en mi opinión, toda la estulticia política que un ciudadano informado puede llegar a soportar, y más en unas elecciones europeas donde tantas otras cuestiones clave están en juego. Y eso que era difícil superarse.

Si hasta el momento, uno había logrado aguantar con resignación desvaríos tales como escuchar decir a los dirigentes socialistas que el PP quería recortar las libertades de las mujeres españolas y cercenar su “derecho a decidir” abortar, esto es, a decidir acabar con la vida de un inocente no nacido, ahora resulta que un comentario desafortunado de Arias Cañete, del cual se ha disculpado tardíamente, se ha convertido en el leitmotiv de la campaña de un PSOE que cree haber encontrado el filón para remontar unas elecciones que tenía muy cuesta arriba.

Crasa equivocación, pues si su intención era movilizar a su electorado tradicional no es seguro que lo haya conseguido, o que incluso lo haya logrado pero en sentido inverso, pues una parte del simpatizante popular, dispuesta como estaba a castigar al Gobierno con su indiferencia por sus incumplimientos electorales y su timorato ejercicio de la mayoría absoluta, pudiera incluso despertar de su letargo espoleada por las ocurrencias de Valenciano y mostrarse ahora más propicia a acudir a las urnas el próximo domingo y a ejercer el voto.

El repaso de estos últimos días de campaña electoral confirma que Europa y los temas europeos han seguido siendo los grandes ausentes en el argumentario político, y que el interés de los españoles por los comicios no se ha incrementado demasiado. Al punto de que algunos medios de comunicación han preferido permanecer más atentos a las anécdotas, descalificaciones y salidas de tono que a la sana confrontación de ideas entre los candidatos al Parlamento europeo. Ejemplo distinto ha sido el debate a seis bandas del pasado martes (que reunió a representantes del PP, PSOE, la Izquierda Plural, UpyD, Coalición por Europa y l'Esquerra pel Dret de Decidir), que resultó mucho más dinámico, didáctico y útil que el anterior para contrastar las distintas propuestas y alternativas sobre Europa, y que sin embargo concitó un triste interés marginal en la audiencia: apenas un 4,2%, esto es, algo más de 800.000 espectadores de media.

Las últimas encuestas, permitidas sólo hasta el pasado martes, corroboran una doble tendencia. Por un lado, una preocupante desafección de la ciudadanía hacia la política que, como ha reconocido el candidato popular, bien pudiera traducirse en una abstención cercana al 60%, lo que marcará irremediablemente las elecciones y significará un descenso notable del apoyo conjunto a los dos grandes partidos nacionales. Ello aumentará la fragmentación del voto y beneficiará a las pequeñas formaciones y coaliciones políticas que sean capaces de activar todo su electorado en la circunscripción única nacional.

Esta fragmentación, atenuada en todo caso por el hecho de que los 54 eurodiputados españoles se eligen bajo la fórmula de la ley D'Hont, que sobrevalora a los partidos más votados, parece que perjudicaría más al Partido Socialista que al Partido Popular, aunque ambos se enfrentan a la novedad de competir con nuevos partidos que, como Podemos o Vox, aspiran sin tapujos a morderles el voto respectivo por la izquierda y por la derecha. De ahí la alocada estrategia socialista de intentar agrupar todo el voto anti-PP, o el llamamiento desesperado de los populares a favor del voto útil y de no disgregar el voto. Sin olvidarnos tampoco de la creciente bolsa de voto desencantado que en el espacio político que media entre el PP y el PSOE aspiran a recoger partidos como UPyD y Ciudadanos.

Como igualmente hay que señalar el razonable resultado que las encuestas han adjudicado a las diferentes y variopintas coaliciones nacionalistas, ecologistas, progresistas, de izquierda radical o directamente independentistas (Coalición por Europa, Primavera Europea, la Izquierda Plural, Los Pueblos Deciden o l'Esquerra pel Dret de Decidir) si éstas logran movilizar a todo su electorado habitual en unos casos, o incrementarlo al albur de los diversos procesos soberanistas por ellos promovidos, en los otros.

En fin, en estas elecciones está en juego bastante más de lo que una mayoría de españoles piensa y de lo que los candidatos han logrado transmitir. Están en juego las reglas por las que Europa se va a regir, sus reglamentos, sus directivas y toda la legislación europea que nos afectará los próximos cinco años. Están en juego el reparto de mayorías en el Parlamento europeo y el nombramiento de Jean-Claude Juncker (PPE) o de Martin Schulz (PES) como presidente de la Comisión Europea, pero también el modelo de Europa que los ciudadanos queremos seguir teniendo: la Europa de los Estados o la Europa de los pueblos, la Europa del equilibrio presupuestario o la Europa del gasto atrabiliario, la Europa de la libertad o la Europa del igualitarismo, la Europa de los valores humanistas cristianos o la Europa buenista y anómica, la Europa abierta o la Europa cerrada a la natalidad, la inmigración y el comercio. Están en juego la unión bancaria y la armonización fiscal, pero también la defensa de nuestra economía, nuestra agricultura, nuestra industria y nuestra pesca.

En conclusión, aunque pudieran ser hasta cierto punto comprensibles la apatía y el desinterés social por estas elecciones, e incluso descontando el voto de castigo que ciertos sectores quieren darle a nuestra clase política, todos deberíamos ser conscientes de los peligros de una escasa participación. Con nuestro voto en Europa se decide nuestro destino como españoles y como europeos, pero también nuestra libertad como nación y como proyecto compartido de futuro dentro de la Unión.

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